<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697</id><updated>2012-01-15T23:22:08.657+01:00</updated><title type='text'>LOS DíAS NO VOLVERÁN</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>54</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-4675669910417634136</id><published>2011-11-07T17:33:00.014+01:00</published><updated>2011-11-11T23:29:27.242+01:00</updated><title type='text'>El Coro de la Universidad</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-bhf3-uPj6sQ/TrgfEEf6RRI/AAAAAAAAAVk/ejJHs_d4730/s1600/167664_1774508928679_1417988862_1965320_4974507_n.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 213px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-bhf3-uPj6sQ/TrgfEEf6RRI/AAAAAAAAAVk/ejJHs_d4730/s320/167664_1774508928679_1417988862_1965320_4974507_n.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5672317885460661522" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;En agosto de 1995, en medio del calor sofocante de La Habana, y en vez de estar en la playa o tomando jugo de guayaba con mi familia, interrumpí las vacaciones y regresé a la beca de F y 3ra. Después de un mes de cerrada, las cucarachas eran las dueñas y señoras de la residencia, y el estado general del edificio era deplorable. Acampamos como pudimos y donde pudimos. Aún así, había una causa mayor para regresar a la Habana antes de tiempo: el coro de la Universidad recién formado. Éramos los sustitutos, el relevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El coro anterior se había quedado casi íntegro en un viaje a Venezuela y, por un tiempo, en los actos del Aula Magna, se escuchó el himno nacional grabado a falta de cantantes. Pero en septiembre de 1995, la Universidad abriría el Curso por todo lo alto para celebrar los cincuenta años de que Castro hubiese matriculado en la Facultad de Derecho. Había que formar un Coro con la urgencia de las &lt;span style="font-style:italic;"&gt;batallas&lt;/span&gt; revolucionarias, para que al Comandante no echara en falta a los cantantes y saliera el tema de la huída masiva. Se formó el corre-corre, las pruebas vocales en todas las facultades, los ensayos. En junio nos vimos las caras por primera vez e intentamos acoplar en conjunto un “la” desafinado. Había mucho por hacer para que el 4 de septiembre pudiésemos cantar el Himno Nacional y el “Gaudeamus” sin que se cayese ninguno de los lagrimones de las lámparas del Aula Magna. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ensayos iniciales eran interminables; la profesora solía señalar al que desafinaba y lo ponía a repetir el fragmento en latín, mientras el resto trataba de aguntar la risa por solidaridad. Descubrimos las vocecillas ocultas de algún tenor ligero que ni por asomo aparentaba tener semejantes agudos, o el vozarrón de alguna contralto tras un cuerpecito aniñado... Aprendimos a escucharnos, a chillar en las vocalizaciones, a empastar... En aquellos meses nos quedábamos sin comer muchas tardes porque no alcanzábamos a regresar a tiempo a la beca y apenas pudimos estudiar para los exámenes finales, pero seguíamos reuniéndonos simplemente por hacer algo diferente, por enredarnos en una nueva ilusión que quién sabe a dónde nos llevaría. Enseguida nos hicimos amigos, compañeros de penurias y cantos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día de la apertura del curso, nos colocamos en el ápside del Aula Magna y desde aquel puesto privilegiado de atalaya hicimos nuestra primera –y creo recordar que "lamentable"- actuación. Aunque el acto estaba programado para las ocho, nos encerraron en aquel sitio desde media tarde por cuestiones de seguridad y matamos las horas ensayando y cantando guarachas. A las ocho, estábamos roncos, sudados y hambrientos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que Fidel no dijo ni &lt;span style="font-style:italic;"&gt;mu &lt;/span&gt;de nosotros -en aquel momento esperábamos las palabras mágicas que nos abrirían las puertas de algún intercambio, pero el ansiado viaje no llegaría hasta cinco años después, cuando un gran número de integrantes iniciales del Coro pudo salir y quedarse fuera de Cuba. Eso sí, Castro se quejó al inicio del acto del calor “olímpico” que había -eso dijo, aunque ignoro qué tendría que ver el calor con las olimpiadas- e hizo la primera broma: “En 35 años de Revolución no consiguieron ni para ventiladores, ni para aire acondicionado, ni para nada. No sé si es falta de arquitectos o falta de recursos, si es que la arquitectura no lo permite; pero algo tienen que inventar ustedes, porque sí es verdad que la atmósfera se está calentando...” Y venga risas y aplausos del sudoroso auditorio, incluyéndonos a nosotros mismos que estábamos a punto de una catarsis colectiva, como un coro griego de la Orestíada.&lt;br /&gt;Aquellas palabras no las recuerdo, por supuesto -mi memoria no es tan perversa y masoquista; las he buscado en las versiones taquigráficas publicadas en internet. Lo que sí no olvido es que dejé de oír la desganada voz -él y yo casi a punto de una hipoglucemia-, y de que me arrepentí profundamente de estar allí, formando parte de aquel tinglado, por amor al arte. &lt;br /&gt;Tampoco olvidaré la decepción de una soprano que tenía a mi lado (y que también fue mi decepción, sólo que yo me la callé) cuando entró el casi Coma-andante. Me dijo algo así como que era un viejito de cara rosada a punto de caérsele la baba...  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco tiempo de cantar en actos oficiales y de sacrificar horas de descanso en los ensayos, muchos de los que comenzamos en aquel junio del 95, desertamos. Los más perseverantes pudieron variar poco a poco el repertorio y la calidad de los auditorios, hasta que finalmente lograron escabullirse de las ataduras escolásticas. Vía UNEAC -y con todas las asistencias espirituales posibles-, tramaron un viaje a España, digamos que &lt;span style="font-style:italic;"&gt;por la izquierda&lt;/span&gt; del Rectorado y se quedaron en masa. Supongo que después de esta huída colectiva se debe haber oído por un tiempo, en el Aula Magna habanera, el Himno Nacional grabado a falta de cantantes. Y es probable que también, al cabo de un tiempo y por cualquier batallita de última hora, hubieran buscado por todas las facultades los sustitutos del viejo coro, el relevo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-4675669910417634136?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/4675669910417634136/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/11/el-coro-de-la-universidad.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4675669910417634136'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4675669910417634136'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/11/el-coro-de-la-universidad.html' title='El Coro de la Universidad'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-bhf3-uPj6sQ/TrgfEEf6RRI/AAAAAAAAAVk/ejJHs_d4730/s72-c/167664_1774508928679_1417988862_1965320_4974507_n.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-7536894361159287012</id><published>2011-06-05T15:41:00.015+02:00</published><updated>2011-06-21T23:45:01.563+02:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-9QARNuEILK0/TeuXVreNQyI/AAAAAAAAATo/E3zWNnxDLJs/s1600/IMAG0210.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 299px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-9QARNuEILK0/TeuXVreNQyI/AAAAAAAAATo/E3zWNnxDLJs/s400/IMAG0210.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5614747759149925154" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con los párpados hinchados -no por juergas nocturnas sino por un “levantón” de madrugada y tras pasar algunas horas en un autobús-, llegábamos los lunes a la Universidad (la Facultad de Letras) los de Matanzas y Pinar del Río. Éramos estudiantes afortunados que podíamos ir casi todos los fines de semana a casa por la cercanía de nuestras provincias. Nos acomodábamos en las escaleras de la entrada y Melibea -una diosa tutelar, majestuosa y ensimismada como todos los gatos- se acurrucaba a nuestro lado. Eran las siete de la mañana. A veces había frío. Sacábamos los apuntes y dábamos un repaso al temario del examen; poníamos las últimas tildes a un trabajo final. &lt;br /&gt;Poco a poco iban llegando los estudiantes habaneros desde diferentes lugares de la ciudad; como nosotros, venían también agotados, sudorosos, con arrugas en las faldas o en las camisas después de haber lidiado con autobuses repletos para poder llegar a tiempo. A primera hora de la mañana, La Habana era una red llena de peces coleteando, casi sin aire. La ciudad tropical -palmeras, fachadas coloniales, sandalias de cuero- levantaba el tórax para inspirar a sus habitantes y escupirlos en un soplo violento hacia todas las esquinas. Después, se quedaba sin aliento... Todo lo demás, eran postales para turistas; fotografías que nunca podríamos tomar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentadas desde tan temprano en las escaleras, mis coterráneas y yo nos entreteníamos clasificando a los que llegaban: “aquella tiene cara de Yumisleidis”; “ése parece un espadachín”. Nos cebábamos con los fingidores, con los que disimulaban sus gestos cuando, instantánea o imperceptiblemente, se sentían escrutados: con las de rímel y toga, tacón y pose existencial (las facultades de Letras abundan en estos especímenes simuladores: es una de tantas alternativas para sobrevivir al elitismo seudointelectual). Y así desfilaban ante nuestros ojos la “mística calienta bobos”, la “gorruda artística”, “la polícroma”, el “guajiro onírico”... Con certeza, otros se burlaban de nosotras y nos ponían apodos crueles: ley de la jungla universitaria.&lt;br /&gt;Los profesores iban llegando también como podían: en el Lada destartalado, heráldica de un compromiso -o de un oportunismo- pasado, posiblemente tan chatarrero y abollado en el presente como el propio carro.  O a pie, con los huesos cervicales crujiéndoles por el peso de los libros. O no llegaban. &lt;br /&gt;En el límite de su impotencia, una profesora anuncia que no habrá clases hasta próximo aviso: se le había acabado la cuota de la bodega apenas empezar el mes y no pensaba regresar al trabajo hasta la reposición de los "mandados", a inicios del mes entrante. El alarde de revuelta fue zanjado en la mesa de dirección, pero su "boconería" me sacudió por aquel entonces. &lt;br /&gt;Después supimos que había empezado a frecuentar el “hospital de día” como tantos otros colegas: se puso de moda entre los profes, para decirlo festivamente. Ignoro qué hacían allí, pero muchos pasaban algunas temporadas en el conjuro colectivo de sus frustraciones, quizás haciendo manualidades tejidas con las neurosis producidas por una profesión de escasa recompensa económica, en un país donde la investigación literaria debía sortear -como el &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Diccionario de la Literatura Cubana&lt;/span&gt;- ciertas letras, autores, temas, escuelas o corrientes de pensamiento, prácticas, estilos y revistas internacionales. Las manualidades irían, seguramente, a un círculo infantil del municipio para compensar la culpa por la improductividad filológica, tantas veces recordada a la hora de movilizaciones y compromisos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como elefantes amaestrados, entrábamos lentamente a la facultad una vez abiertas sus puertas. El sopor del lunes se sentía en cada paso, en el énfasis ojiabierto por atender y tomar notas a pesar del sonsonete adormecedor de la literatura española medieval. La propia profesora se dormía -a su edad podía lidiar con Berceo pero no con la humedad y el calor insular- y la clase toda era un cabeceo acompasado, una corriente de energía anémica, descolorida. &lt;br /&gt;Poco a poco la semana cogía su ritmo; la risa y las caminatas por G, Línea o Malecón rompían la ataraxia del hambre. El amor, el sexo, los conciertos en vivo; Alicia simulando bailar un &lt;span style="font-style:italic;"&gt;pas de deux&lt;/span&gt; (movía las manos mientras el bailarín la sostenía y trasladaba como una marioneta con hilos vergonzosamente visibles); el estrés por almacenar agua; las colas en el comedor de la Universidad (el Machado) o en el de la beca, en el cine o frente al teatro sin entradas, nos obligaban a vivir en el hueso y a seguir un ritmo apresurado -de carrera- como el impulso de una desembocadura (a dónde desembocábamos, nadie sabía), o como si estuviésemos cantando el final de un aria, la nota más arriesgada, y ya fuera imposible detenerse o desafinar al cierre del espectáculo. Y si desafinábamos siempre habría un artilugio en la tramoya para escapar: un pan que aparecía a última hora, unos paqueticos de té usados tres veces antes de tirar, un poco de azúcar prieta que pedíamos prestado y unos amigos congregados para terminar el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final de los cinco años de la Universidad había recorrido unos 69 600 km (unos 400 viajes de la Habana a Pinar), algo así como una vuelta y media a la Tierra por el ecuador. Melibea, la gata tutelar, desapareció un día (por el año 1995) y todos deseamos que hubiese muerto de vejez y no en el patio de algún vecino, sacrificada para el almuerzo. Alicia anunció retiro a los 75 años y fui a verla bailar por última vez: el ballet se llamaba "Farfalla", coreografiado por ella misma a la medida de sus limitaciones. Movió sus manos como una mariposa tristemente alfileteada por un coleccionista -apenas se movía del sitio. Esa tarde de domingo (julio del 95) fue también una de las últimas que caminé por la Habana con mi hermano, con el sosiego de quien no puede presentir las líneas de fuga, los finales. Poco después él dejaría la isla para no regresar en unos 10 años, solo de visita y cuando ya sería imposible el reencuentro: yo tampoco vivía allí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-7536894361159287012?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/7536894361159287012/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/06/con-los-parpados-hinchados-no-por.html#comment-form' title='15 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7536894361159287012'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7536894361159287012'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/06/con-los-parpados-hinchados-no-por.html' title=''/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-9QARNuEILK0/TeuXVreNQyI/AAAAAAAAATo/E3zWNnxDLJs/s72-c/IMAG0210.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-2573752418142991820</id><published>2011-05-08T13:30:00.007+02:00</published><updated>2011-05-11T10:57:10.250+02:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/-Vo9Huu-SRfo/TcZ-8-BL7vI/AAAAAAAAATc/EshkEU0KhoI/s1600/Colch%25C3%25B3n%2BSimmons%2B1960%2BI%2Bcopia.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 384px; height: 400px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-Vo9Huu-SRfo/TcZ-8-BL7vI/AAAAAAAAATc/EshkEU0KhoI/s400/Colch%25C3%25B3n%2BSimmons%2B1960%2BI%2Bcopia.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5604306372214386418" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace unos meses un amigo me envió desde Cuba una extraña foto por correo electrónico. Había tenido que reparar el colchón que yo le había vendido antes de salir de Cuba, y tras separar la guata y el relleno, encontró un papel anudado a uno de sus muelles. No dudó en fotografiarlo y enviármelo. En el deshecho papel verde reconocí la letra de mi padre y esa obsesión meticulosa de evocar a su familia y de dejar una huella apenas visible... También el nombre de la casa “Simmons”, una huella borrada del recuerdo de la Isla. &lt;br /&gt;Llamé rápidamente a Cuba para atar cabos y reconstruir la historia. En ese colchón había pasado mi adolescencia, pero antes de ocuparlo y quizás antes de yo nacer, ya estaba en mi casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo en 1959 mi tía había empezado su vida laboral pegando sellos tras una ventanilla de la Oficina de Correos. Tenía unos diecinueve años y con sus primeros salarios compró un juego de cuarto de cedro con dos camas individuales para ella y mi madre, ambas solteras. Aún la ciudad estaba llena de comercios y negocios privados que en cuestión de meses serían sustituidos por improductivos  servicios y por tiendas de venta asignada, tras la nacionalización. Trato de seguir atentamente el relato de mi madre que se pierde a cada momento en encrucijadas que intentan recomponer su ciudad natal, recuperar las sensaciones: “El Correo estaba al lado de “Trueba y Camoira” -una “torrefactoría” en donde te molían el café en el momento y cuando lo tostaban, el olor llegaba hasta la casa, era buenísimo...”,  y su hilo de voz se pierde en el énfasis del superlativo... Escuchando esa breve digresión no puedo dejar de pensar en el desagradable sabor del café mezclado con chícharos que ha tenido que soportar durante medio siglo, tan diferente a ese "Café Pinar" evocado.&lt;br /&gt;"Y frente a este negocio -continúa mi madre- estaba la mueblería Capó, donde compramos casi todos los muebles que tenemos actualmente" y pasa a enumerarme los inmortales sillones de caoba, los escaparates y camas hercúleas o el eterno juego de sala que componen el mobiliario de mi casa, jamás renovado en 50 años. Pausa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después que las hermanas se casaran, llevaron las dos camas gemelas para la casa de la playa, y en el 66, tras el nacimiento de mi hermano, y previendo que ese año no regresarían de vacaciones a la playa, las recogieron junto con otras pocas pertenencias. De esta forma, se salvaron de milagro de la expropiación. A los pocos meses, la casa fue "intervenida" y cedida a una familia con todo lo que había dentro y sin previo aviso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos años después las dos camitas provocaron serias broncas entre los cuatro adolescentes que vivían en mi casa. Se las rifaban mi hermano y mi primo, o mis dos primas (todos con edades y urgencias similares y ansiosos por tener una habitación propia para llenar de afiches con cantantes de moda). Yo, por ese entonces, estaba en una cuna -acababa de nacer- y tuve que dormir en ella hasta los nueve, algo que arruinó la intimidad de mis padres y, seguramente, mi psicología. Ya se sabe, en una casa de familia numerosa es difícil encontrar acomodo para todos. Sin tambor de hojalata, pero todavía en una cuna, luchaba por crecer sin salirme de la horma.   &lt;br /&gt;Era una sólida cuna de madera y poco a poco se fue transformando, adquiriendo aspecto de cama, pero seguía teniendo los barrotes frontales –por los que ya casi se me salían los pies-, y el colchón de las meadas infantiles seguía siendo el mismo. Tanto apego a una misma forma, al hueco en el que encajaba el hombro cada noche, hacía que apenas me diera cuenta de que los años pasaban y que crecer era, también, mudar de cama, de habitación, de costumbres. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo en el año en que di el “estirón”, 1984, murió mi abuelo, y con nueve cumplidos pasé a dormir en su sitio, al lado de mi abuela. Tuve que adaptar mi cuerpo a los nuevos huecos de un colchón de cuarenta años (adquirido cuando se casaron los abuelos) y a los punzantes muelles rotos bajo mi espalda. Si no hubiese ocurrido esta eventualidad no sé dónde mis padres habrían encontrado una cama con un colchón para mí, bienes por entonces asignados con un cupón especial -como el ventilador, el televisor o un coche- a aquellos trabajadores que salieran ilesos (moral y físicamente) de las temibles asambleas generales.  &lt;br /&gt;La cuna pasó a otros niños de la familia, y gracias a su amplitud hasta sirvió para dar cobijo a un par de mellizos que tuvieron que compartir el colchón como antes el útero materno. Después de casi cuarenta años de uso (y cuatro generaciones de meadas) se vendió a un joven matrimonio, con colchón incluido, para que un bebé rozagante heredara los mismos ácaros y las mismas desviaciones de la columna de sus sucesores. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue justo antes de casarme, en 1999, que mi padre decidió arreglar todos los colchones de la casa, incluyendo el que me habrían de ceder por el matrimonio. Hacía años que habíamos aprendido a esquivar los desniveles, fosos y ondulaciones de siempre, pero  aquel verano los muelles habían empezado a saltar en medio de la noche, como si se tratase de una huelga general, y ya era el momento de las reparaciones generales. A su vez, nos habían advertido que no cayéramos en la trampa de cambiar "dos viejos por uno nuevo", propuesta que hacían a toda voz algunos vendedores en aquellos años. (Una amiga ya lo había hecho y aunque al principio parecía cómodo, poco después empezó a tener una desesperante picazón por todo el cuerpo. Al rajar el colchón descubrió que lo que había bajo la delgada capa de espuma era paja de arroz con todo tipo de trapos, cáscaras y semillas.)&lt;br /&gt; Las dos camitas se convirtieron en una: se sacrificó la gemela para obtener guata y muelles suficientes para arreglar el resto; una cirugía complicada de trasplante visceral a la que estamos adaptados los cubanos, siempre pendientes, por ejemplo, de las piezas de repuesto que nos permitirían alargar la vida útil de un &lt;span style="font-style:italic;"&gt;frankenstein&lt;/span&gt; compuesto de cinco electrodomésticos en desuso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi madre sacó su máquina de coser &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Singer&lt;/span&gt; e improvisó forros con retazos de pantalones viejos. El taller de reparación se instaló en el portal de la casa, y mi abuela, con un alzhéimer avanzado por entonces, aplaudía al ver las pelusas de su colchón matrimonial esparcidas con el viento. Fue este colchón el que heredé tras casarme, junto con el juego de cuarto de caoba que apenas cabía en el cuarto del solar habanero en donde viviría por aquellos años.&lt;br /&gt;La camita sobreviviente, una de aquellas que comprara mi tía en 1960, y arreglada en el taller casero 39 años después, fue vendida a ese amigo que hace unos meses tuvo que volverla a abrir, y casi difunta, remover nuevamente sus vísceras, trasplantar sus muelles partidos para alargar una vida que parece eterna. Dentro, amarrado a un muelle, la huella apenas visible de sus orígenes y de su llegada a mi casa: “Simmons”, 23 de noviembre de 1960.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-2573752418142991820?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/2573752418142991820/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/05/hace-unos-meses-un-amigo-me-envio-desde.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/2573752418142991820'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/2573752418142991820'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/05/hace-unos-meses-un-amigo-me-envio-desde.html' title=''/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-Vo9Huu-SRfo/TcZ-8-BL7vI/AAAAAAAAATc/EshkEU0KhoI/s72-c/Colch%25C3%25B3n%2BSimmons%2B1960%2BI%2Bcopia.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5641463332588248893</id><published>2011-03-28T12:32:00.009+02:00</published><updated>2011-04-26T12:13:01.571+02:00</updated><title type='text'>Gato por liebre</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/-cUIsB4lccL0/TZBs5rbeQEI/AAAAAAAAATU/3kAT40LdOZ4/s1600/fabelo-roberto-1950-cuba-homenaje-a-balthus-1957693-500-500-1957693.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 400px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-cUIsB4lccL0/TZBs5rbeQEI/AAAAAAAAATU/3kAT40LdOZ4/s400/fabelo-roberto-1950-cuba-homenaje-a-balthus-1957693-500-500-1957693.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5589086875733082178" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Imagen: "Homenaje a Balthus", Roberto Fabelo)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un viaje en “camello” del Vedado a Alta Habana −en una de aquellas migraciones impuestas por la beca a causa de la escasez de agua−, una señora delgadísima, de unos 50 años, se desmayó a mi lado. Recuerdo que al caer casi me arrastra consigo. Cuando se recuperó levemente, le ofrecí un poco de azúcar que solía llevar conmigo para casos similares. En ese fugaz intervalo tuve tiempo de ver la blanca y lisa palma de su mano, casi sin huellas digitales, pero surcada por unas profundas líneas. Casi habría podido inventarle un pasado a la desconocida, y probablemente, y con más acierto, un futuro. Al cabo de unos minutos en aquella mole cerrada, otra persona cayó al suelo, quizás por las mismas razones que la primera −había mucho calor; era un día de primavera de 1995 y la comida escaseaba. Aquellos desmayos desencadenaron una catarsis colectiva dentro del “camello”; se convirtieron en la excusa para gritar los problemas más graves de aquel momento: el hambre, la falta de recursos de todo tipo, el hacinamiento en los transportes públicos... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de ser la próxima en desmayarme, me bajé a mitad del trayecto y en aquel punto intermedio entre la beca y la casa de mi hermano no supe qué hacer, en dónde exiliarme. Aquel día terminé, casi de noche, en mi casa. De botella en botella  llegar a Pinar del Río y allí, junto a un plato de comida (después de haber disfrutado de una prolongada ducha),  maldije la simplicidad  de nuestras urgencias y la imposibilidad de satisfacerlas. Ya para entonces me había convertido en una especialista en huidas. Cualquier cosa podía ser un antídoto contra el malestar cotidiano; con solo girar la cabeza al otro lado dejaba de mirar el edificio derrumbado, la basura acumulada, el perro callejero invadido por la sarna o la persona que se cayese en plena acera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un año antes había empezado yo también a tener unos desmayos que escogían los momentos más inoportunos para aparecer y dejarme inconsciente. Me pusieron electrodos en la cabeza y no detectaron nada preocupante. Hipoglucemia, concluyeron. Una palabra sofisticada para enmascarar la falta de alimentación, sumada a un estrés prolongado. A partir de aquel día tuve fobia a quedar inconsciente en medio de una turba de gente y me pertrechaba de pequeños paqueticos de azúcar o algún caramelo. Gracias a un certificado que me hizo un médico del Instituto de Endocrinología, pude evadir por unos años las concentraciones, los desfiles, los actos de repudio. Sencillamente no iba y no se me ocurría justificarme, pero si alguien se atrevía a señalármelo, ahí tendría la causa escrita en un papel institucional: hipoglucemia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los desmayos fueron espaciándose cada vez más, pero siempre quedó el miedo a caerme en plena calle. Cuando estaba algunas horas bajo el sol o un tiempo prolongado sin ingerir alimento, empezaba con la cantinela de las “fatigas”. Otra de mis compañeras de beca, en cambio, padecía de “temblores” y nos los mostraba, sosteniendo una mano en el aire. Formábamos un trío equilibrado: ella con temblores, yo con fatigas y la tercera pata de la mesa, la amiga camagüeyana que iba cada seis meses a su casa, ni se quejaba. Era nuestro sostén. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la única visita que hice a la CUJAE (el “campus” de las facultades de Ingeniería e Informática), motivada por una invitación que prometía convertirse en “cita”, volví a desmayarme. Había estado cogiendo “botella” media tarde para llegar al otro extremo de La Habana y cuando finalmente llegué, me desplomé. “¡Comida, tú lo que tienes es falta de comida!”, sentenció un compañero de  piso de mi amigo al que fulminé con la mirada por su indiscreción. De inmediato se pusieron a ajetrear alrededor de una cocinita eléctrica que tenían instalada clandestinamente en el cuarto -de aquellas hechas con una base de barro y una frágil resistencia que se partía y volvíamos a empatar una y otra vez. Preparaban un arroz con pollo y los olores hicieron que pasase de la fatiga al desespero. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saboreé la carne, chupé los huesos, y casi al terminar pregunté qué era lo que había comido exactamente pues, aunque parecía “gallina vieja”, aquellos huesos no eran de pollo. “Tú come y no preguntes”, me dijo por lo bajo mi amigo y alguno soltó una sonrisita cómplice. Aquí hay “gato encerrado”, se me ocurrió decir y una explosión de burlas se desencadenó: ¡así que gato encerrado...! Fui al baño a escupir el pedazo que aún tenía en la boca, y aunque intenté vomitar para teatralizar mi rechazo, no pude. El cuerpo había asimilado el alimento y se negaba a devolverlo. Ciertos tabúes alimenticios eran leyes demasiado incorporadas como para saltárselas sin que implicaran un coste emocional añadido. Pero ante el hambre, los escrúpulos solían dejarse a un lado. A veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me contaron que llevaban vigilando al gato hacía muchos días; era de los últimos que quedaban por aquella zona.  “¡Los pobres, como la cosa siga así van a entrar en período de extinción!”. Pregunté si habían comido algún otro animal doméstico -temía, sobre todo, por los perros del vecindario-, pero me tranquilizaron: sólo unas palomas de un tejado cercano a la Universidad. “Lamentablemente -agregaron- no eran rabiches”, sino unas palomas blancas bien cuidadas y con un anillo localizador en las patas. “Nos dio lástima matarlas, pero no quedó otra”. Varias veces, de niña, tuve que lanzar palomas al compás de alguna música energizante o cuando concluyera el discurso de algún dirigente partidista. Eran menudas, casi tímidas. Pero eso había sido en otro tiempo. En el Período Especial en Tiempos de Paz aquellas palomas degolladas y cocinadas habrían podido ser un buen símbolo de aquel momento de colapso general.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que leía los carteles en las cafeterías o carnicerías estatales, donde se anunciaba con perífrasis o fórmulas indeterminadas la procedencia improcedente de los productos en venta, como las “hamburguesas de ave” (de “ave...rigua”, como se decía en un chiste de entonces) o la “pasta de oca” (ocasionalmente vomitiva, siempre intragable) o el “picadillo extendido” (que, como el universo, no sabíamos hacia dónde se extendía), recordaba la vez que me pasaron “gato por liebre”, o más exactamente, “gato por pollo”. ¿Quién sabe lo que nos estaríamos comiendo entonces?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5641463332588248893?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5641463332588248893/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/03/gato-por-liebre.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5641463332588248893'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5641463332588248893'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/03/gato-por-liebre.html' title='Gato por liebre'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-cUIsB4lccL0/TZBs5rbeQEI/AAAAAAAAATU/3kAT40LdOZ4/s72-c/fabelo-roberto-1950-cuba-homenaje-a-balthus-1957693-500-500-1957693.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-677238397311897958</id><published>2011-03-19T00:52:00.015+01:00</published><updated>2011-03-28T14:54:34.062+02:00</updated><title type='text'>Enchilado de langosta</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/-QnBnEimmBBc/TYPz3-YebZI/AAAAAAAAAS8/CzFkVDaEGsw/s1600/Unknown.jpeg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 275px; height: 183px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-QnBnEimmBBc/TYPz3-YebZI/AAAAAAAAAS8/CzFkVDaEGsw/s320/Unknown.jpeg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5585576105833557394" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de unos años viviendo becada en La Habana y en medio del “Período Especial"  tuve que comenzar a buscar vías alternativas para mi subsistencia. Por aquel entonces, más de medio país se afanaba en comercializar en el mercado negro y a una ínfima parte, o le llegaban los insumos por otras vías -porque estuviese vinculada directa o indirectamente al poder o al turismo-, o sufría el desabastecimiento de la bodega. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron los años de las transformaciones, de los cambios radicales en la apariencia de los cubanos: los gordos del barrio adelgazaron de golpe y apenas tuvieron tiempo para reacomodar el cuerpo y los pantalones (algunos los ajustaban con unas sogas que funcionaban como cintos improvisados). Los delgados de siempre enseñamos nuestras caras huesudas, nuestros pómulos más pronunciados que nunca. Recuerdo que una amiga bromeaba diciendo que su mandíbula llegaría a atrofiarse de no usarla y masticaba el aire para ejercitarla. Muchos envejecieron prematuramente y algunos tics nerviosos empezaron a delatar los comienzos de un deterioro que podía terminar en demencia o en suicidio. A veces la barba disimulaba la delgadez. A veces, todo lo contrario. Pero la barba era un &lt;span style="font-style:italic;"&gt;look&lt;/span&gt; impuesto a falta de cuchillas de afeitar. Un colega barbudo cruzó un día un parque lleno de adolescentes y uno de ellos exclamó: “mira, si se parece a Carlos Marx”, a lo que otro apuntó: “no, está muy flaco para ser Carlos Marx, en todo caso sería Federico Engels.” (Los referentes de mi generación eran asombrosos. Ahora lo compararían con cualquier cantante o actor de moda). El país se convirtió en un pueblo de hombres y mujeres quijotescos; seguíamos con nuestras cuotas diarias de sacrificio y revolución y con la cuota de la bodega reducida al mínimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien me ha contado recientemente que en aquella época su madre solía machacar unos filetes imaginarios -y haciendo bastante ruido- para que en el barrio creyeran que comerían carne ese día. Según su madre, los vecinos hacían lo mismo, pues a pesar de ser unos médicos de prestigio que por lo general podían conseguir un "extra" gracias a los regalos de los pacientes, difícilmente tendrían carne tan a menudo. Y cada vez que los oía machacar bistecs, allá iba ella también a buscar el mazo y a aporrear la madera, para no ser menos. Vivíamos del cuento, del aire y de la dignidad, y como del aire no se puede vivir por mucho tiempo, los cuentos se multiplicaron y la dignidad comenzó a resquebrajarse. El cambalache, la estafa, y el mercado negro crecieron a ritmos acelerados. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las colas de langosta eran unos de esos manjares inalcanzables antes y después del Período Especial, no sólo porque se vendían exclusivamente en el mercado negro sino, sobre todo, por los riesgos que implicaba su comercio y por el elevado precio que podían llegar a tener. La compra-venta de langostas era casi tan penalizada como la de carne de vaca, pues todo el marisco que se pescase en aguas tropicales parecía poco para satisfacer al mercado japonés, dispuesto a pagar -según se decía- hasta por los carapachos, usados como materia prima para hacer pinturas. (Esto recuerdo haberlo oído en varias ocasiones, aunque no sé si saldría de nuestra imaginación).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de esos fines de semana que pasaba en Pinar, un pescador del Puerto de la Coloma tocó en mi casa para proponernos colas de langosta. Le compramos a pesar del miedo que acompañaba esta acción y con todo el sigilo reglamentario. Ya yo estudiaba en La Habana y se me ocurrió que podría revender las colas que se salvasen del enchilado de langosta que ese mediodía prepararía mi madre. "Enchilado" era una de esas palabras que yo saboreaba en la boca antes de comerme lo que ella significaba. La palabra por sí sola prometía algo sofisticado, bien distinto al soso menú diario: más allá de una salsa agridulce exquisita, se trataba, sobre todo, de una elaboración tradicional que revivía la cocina cubana. En tales ocasiones el almuerzo era de lujo, comida de turistas adinerados, de japoneses que ya no comerían aquellas langostas en su casa nipona, o de altos dirigentes. Las habladurías populares sostenían que Fidel adoraba aquel marisco; en realidad, cualquier cosa que nos era imposible comer, siempre la poníamos en boca -literalmente- del Presidente. Al caer la noche, acompañaba a mi padre a botar los cuescos chupados y rechupados. Los envolvíamos en varias hojas de periódicos y nos íbamos a un monte bastante lejano de la casa para despistar a los chismosos y a los guardianes del CDR. Allí tirábamos el paquete como si tratáramos de deshacernos de un cadáver que ya comenzara a apestar o como si hiciéramos una ofrenda al dios de las comidas imposibles.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes de madrugada viajé a La Habana con varias colas de langosta congeladas. La policía solía revisar los ómnibus, alumbrar la cara de los posibles traficantes con un linterna amenazadora y meter las manos en cuanto bolso o maleta les pareciese sospechoso. Según la "vox pópuli", mientras más paquetes de carne, mariscos o viandas fueran requisados más posibilidades de repartir el botín antes de llegar a la estación, sobre todo si aparecía algún equipaje sin un dueño a quien tomar declaraciones. Cuando uno de los policías preguntaba: “¿de quién es este maletín?, no se oía ni una mosca en el autobús. Cualquier gesto indiscreto podría involucrarte y, cuanto menos, perderías el viaje. De todas formas, raras veces revisaban a los estudiantes, así que pasé los controles con serenidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en La Habana empecé a recorrer las “paladares” del Vedado. En la primera, la mujer con la que hablé me dijo rotundamente que NO, que ellos no ofrecían productos ilegales en su menú, y me alargó la carta con desprecio para que lo comprobara. Con vocecita cómplice le insinué que todo el mundo sabía que en las paladares se vendían mariscos “por debajo del tapete” y que, por supuesto, no aparecían en el menú. Me amenazó con la policía. En la segunda me preguntaron si yo venía de parte de Papito. Dudé. El “sí” era la respuesta equivocada. Me echaron de allí diciéndome que Papito era un estafador y un carero (y que le dijera bien claro que no volviera por allí). En la tercera,  ya a media mañana y con las colas casi descongeladas, cambié de estrategia. Decidí sentarme a merendar aunque tuviese que sacrificar el CUC de la semana en un refresco. Mientras la camarera me lo servía, le solté la oferta de las langostas, ya a dos por una. Me miró con ira y me dijo, casi gritándome, que los dejáramos tranquilos, que estaban cansados de la vigilancia. ¡Ah, y ni te pienses que no te voy a cobrar el refresco!, remató. Por más que le expliqué que yo no era de la Seguridad del Estado no hubo manera de convencerla; aunque evidentemente yo no tenía cara de “segurosa”, mucho menos de vendedora de langosta. No podía creer lo que me estaba pasando. Había pensado que en La Habana me quitarían las langostas de las manos y que incluso, me encargarían más. Pero la intriga con la que yo proponía el producto o mi voz indecisa y temblorosa, levantaba sospechas. Por lo que pude inferir, los negocios particulares estaban siendo asediados por inspectores que cobrarían muy caro su silencio si detectaban alguna irregularidad. Después de medio día zapateando el vedado las langostas empezaron a apestar y en ese estado, ya nadie se atrevería a comprarlas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa tarde un olor penetrante invadió F y 3ra. Mientras subía las escaleras a oscuras -había bajado al comedor con las tarjetas de mis compañeros de piso y varios tupperware (en Cuba, pozuelos) para recoger el arroz blanco de la comida- alguien comentó: “¡parece que en algún piso están cocinando marisco!”, y otra voz de más arriba se burló: “¡¿marisco en F y 3ra?!”&lt;br /&gt;Esa noche los habitantes del piso 12 saboreamos un exquisito enchilado de langosta como si estuviésemos comiendo en una costosa "paladar" habanera. Después, tiramos los cuescos sin envolver a la montaña de basura que se acumulaba en la esquina de la beca. Nunca darían con la identidad de la traficante.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-677238397311897958?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/677238397311897958/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/03/enchilado-de-langosta.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/677238397311897958'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/677238397311897958'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/03/enchilado-de-langosta.html' title='Enchilado de langosta'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-QnBnEimmBBc/TYPz3-YebZI/AAAAAAAAAS8/CzFkVDaEGsw/s72-c/Unknown.jpeg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-7673399573086746200</id><published>2011-02-20T11:46:00.009+01:00</published><updated>2011-02-24T21:47:55.721+01:00</updated><title type='text'>En la beca de F y 3ra (2da parte)</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TTMF5OjbcLI/AAAAAAAAASw/FfWks21MWqw/s1600/imagesCADH2GD8.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 167px; height: 256px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TTMF5OjbcLI/AAAAAAAAASw/FfWks21MWqw/s320/imagesCADH2GD8.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5562796445450072242" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;(Foto tomada del blog &lt;a href="http://efeytercera.blogspot.com/"&gt;F y 3ra&lt;/a&gt;)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos saben de sobra a qué me refiero cuando digo &lt;span style="font-style:italic;"&gt;beca de F y 3ra&lt;/span&gt; o &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Fy 3ra&lt;/span&gt; a secas. A otros, aún cuando hayan intentado comprender la compleja realidad cubana, se les escapa el sentido. Beca, según la RAE, es una “Subvención para realizar estudios o investigaciones”; algo a lo que aspiran la mayoría de los jóvenes europeos si desean continuar haciendo estudios de post-licenciatura (máster, doctorados). En definitiva, dinero para vivir, para desplazarse, para solventar los problemas de alquiler y alimentación, etc.&lt;br /&gt;En Cuba, no se le llama beca al estipendio que se recibe (al salario de 15 pesos mensuales que nos daban no recuerdo si se le llamaba con algún nombre especial), sino a las edificaciones en las que se vive mientras se estudia, en algunos casos desde la primaria hasta la universidad. Mi hermano, por ejemplo, salió por la puerta de mi casa vestido de azul con pañoleta roja a los 12 años -yo tenía en ese entonces unos 3- y nunca más conviví con él salvo los fines de semana y los meses de vacaciones. Era como un visitante de domingo o un hermanastro que, después de un pleito por su custodia compartida, al fin le permitiesen estar en casa sólo ciertos días planificados. Y la calidad de esas edificaciones dependía de muchísimos factores, desde la prioridad que se le diese a la escuela como logro de la revolución, su ubicación geográfica o la edad de las estructuras, a veces envejecidas rápidamente (a los dos años de su construcción o restauración) ya sea por la ínfima calidad de los materiales, porque éstos hubiesen sido “extendidos” para la venta ilegal del sobrante o porque, en definitiva, no hay construcción que aguante el paso de miles de estudiantes en etapas adolescentes...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien diga que la emigración ha roto la familia cubana sólo afirma una verdad a medias: esa hipotética familia estaba rota de antemano. Crecimos con la imposición de dejar precozmente la casa y con la idea de que sólo quien lograse cortar amarras sin que le doliese demasiado garantizaba el éxito preconcebido para el estudiante en Cuba: un largo camino de beca en beca. En cierta medida, nos adiestraron al exilio sin proponérselo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, cuando los que no hayan vivido en Cuba lean &lt;span style="font-style:italic;"&gt;beca de F y 3ra&lt;/span&gt; sabrán que me refiero al lugar donde tuve que pagar, con dosis obligatorias de inhospitalidad, el privilegio de no tener que abonar mis estudios universitarios en la capital. Los sufragaba, en cambio, con el alto precio de vivir en un espacio que rozaba los límites de lo inhabitable y lo salubre (eso sin insistir demasiado en que los límites psicológicos, habían sido sobrepasados sin dudas). &lt;br /&gt;F y 3ra: el sitio sitiado donde desaprendí el placer de la domesticidad y me nació un asilvestrado instinto de conservación ya ensayado en las becas anteriores; una dirección cualquiera en la Habana; para muchos, LA dirección. Allí, los que debimos posponer nuestras sencillas evidencias de bienestar (como esa perfección del huevo frito, tan simple y tan difícil de conseguir, con los bordes tostados y la yema blanda en su centro) y convertirlas en promesas de fin de semana o fin de año, evocadas como un pensamiento obsesivo en el autobús que nos llevaba de camino a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esa esquina tuve que vivir durante cinco años junto a otros cuerpos que, como yo, bajaban y subían las escaleras a oscuras contando los siete escalones de cada intervalo; desfilaban con sus bandejas metálicas a la espera de que les fueran servidas las porciones de alimentos; cargaban el agua en cubos e iban desparramándola escaleras abajo hasta llegar a los pisos de destino, ya fuese el doce, el dieciocho, o el veinticuatro, para después allí, ahorrarla al máximo en imprescindibles funciones de aseo y consumo; y dormían o hacían el amor en silencio, mientras el resto de los compañeros del cuarto fingían, condescendientes, que roncaban y hasta se quedaban dormidos arrullados por el ritmo de las parejas que poco a poco iban postergando la timidez ante la imposibilidad de tener un espacio privado. F y 3ra: un “gran hermano” sin cámaras ni lujos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cierta ocasión, vino la prima de Camagüey de una de mis compañeras de cuarto, para  pasar unos días en la Habana. La primera noche nos despertó en medio de la madrugada con un verdadero ataque de histeria al oír unos gritos ahogados con una almohada y unos golpes acompasados contra la pared del cuarto colindante. La prima imaginó el set de una violación en toda regla, y temía que el ejecutor continuase su jornada en nuestro cuarto. Tardamos un buen rato en calmarla y hacerle entender que así podían ser, a veces, las noches en la beca. Creo que al otro día retornó a su provincia con la certeza de no regresar nunca más a aquel “antro” lujurioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los años cometíamos la misma inocentada. Llegábamos a finales de agosto, recogíamos los colchones que habíamos guardado bajo llave en una habitación y adecentábamos el piso. El segundo año pusimos una cortina en el baño, bombillos en todos los &lt;span style="font-style:italic;"&gt;sockets&lt;/span&gt; y por supuesto, una cerradura en la puerta de entrada principal y otra en la puerta del cuarto (unos &lt;span style="font-style:italic;"&gt;yales&lt;/span&gt; antiguos reparados por mi padre). Quizás también colgamos algún cuadrito hecho con postales o con afiches de la feria del libro. Buscamos un sofá abandonado por algún piso y casi logramos reproducir el salón de una casa. En una patada, rompieron las cerraduras; en dos vueltas por el piso robaron la cortina, los bombillos y todo lo que hallaron útil, y en tres, nos dejaron aquello exactamente como lo habíamos recibido al llegar: casi vacío. Así que vivíamos prácticamente a oscuras; teníamos por cerradura un clavo torcido de tal forma que al girarlo sostuviera la puerta y se nos quitaron los deseos de poner cuadritos en las paredes.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien se parase en la intersección de esas dos calles podía recibir una lluvia blanquecina en su cabeza, o podía ver estallada, frente a sus pies, una bolsa de excrementos o de simple basura. Podía ver caer desde simples cáscaras de naranja hasta una silla y, en el peor de los casos, no ver nada, sólo sentir el golpe en su propia cabeza. Cuando sucedía esto último, solíamos correr a los balcones para presenciar el espectáculo del transeúnte histérico lanzando improperios al edificio. &lt;br /&gt;Los que no teníamos tiempo para contemplar los veinticuatro pisos de la residencia desde la acera, vivíamos como si nadie necesitara pasar por allí o como si ninguna comunidad colindara con el edificio al que creíamos situado en otro mundo, especie de realidad paralela, en el que las personas podían asearse en el balcón y lanzar sus escupitajos con pasta dental a las aceras. En realidad creo que con aquellos actos “incivilizados” hacíamos evidentes las reglas del juego en el que vivíamos, en un lugar donde era imposible asearse asiduamente, comer con agrado o dormir con placidez. Nuestra desidia hablaba por nosotros mejor que cualquier acto de protesta; era la forma en que hacíamos transparente nuestra vida cotidiana en aquel solar vertical y ruidoso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podían pasar semanas, meses, sin que pudiésemos acercarnos a los baños de los dormitorios desde que se habían tupido un día y fuera imposible desatascarlos, o sin tener agua en el grifo para lavarnos la cara al despertar. Si el olor se hacía insoportable, siempre nos quedaba el balcón para airearnos gratamente mientras nos lavábamos la boca. Casi todas las tardes subía, lenta y resignadamente, 168 escalones hasta llegar al piso 12 con un cubo de agua para el aseo y con otro que servía de contenedor para transportar pomos  -botellas- de t&lt;span style="font-style:italic;"&gt;u kola&lt;/span&gt; llenos de agua. (Alguien nos enseñó que si poníamos dentro del cubo seis pomos de 1 litro y medio, transportábamos más agua y teníamos menos probabilidades de derramarla que si llenábamos directamente el cubo). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días que milagrosamente funcionaba el viejo elevador, las colas eran interminables: el recibidor se llenaba de agua y nuestros pasos poco a poco se hacían más pegajosos hasta formar el “patiñero”. Los más listos subían algunos pisos para coger el elevador desde allí, mientras en el primero esperaban los que, de tan cargados, apenas podían moverse y solo les quedaba maldecir cada vez que se abrían las puertas del Otis y comprobaban que no podrían montarse tampoco esta vez. En otras ocasiones el agua escaseaba hasta en el grifo del primer piso y la avería podía durar semanas enteras. Eran los días del éxodo: planificábamos las migraciones y, si teníamos suerte, matábamos dos pájaros de un tiro: nos duchábamos y cenábamos comida casera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tarde, tocaba visitar a las primas lejanas de una compañera de piso -que vivían, para su desgracia, cerca de la beca; otra, lo intentábamos con algún colega habanero. Y agotadas las posibilidades, debía visitar a la familia, aunque para llegar hiciese falta emplear unas horas en el viaje y otras tantas en rodeos familiares (cuentos y más cuentos), antes de pasar a satisfacer las urgencias más elementales.&lt;br /&gt;Cada vez que iba a la casa de mi profesor de solfeo (a partir del tercer año estuve en el coro de la Universidad y decidí pagar treinta pesos semanales para suplir mi ignorancia con las partituras), me las arreglaba para escapar al váter y allí, en la tranquilidad de un baño de hogar, aquietaba la lujuria de oír el agua correr y verla escurrirse milagrosamente por el desagüe. Regresaba después a la clase, al cabo de los veinte minutos, feliz y sin una gota de vergüenza. En ese intervalo, mis compañeras de solfeo tenían que enfrentar la intranquilidad del profesor que seguramente pensaba que yo andaría vagando en puntillas de pie por su casa con afán de desvalijársela. Así, cada miércoles, como si la visita al baño viniese incluida en la tarifa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi bolso era una casa exprés (o un agujero negro si intentaba encontrar algo con prisa). Dentro podía haber desde un cepillo de dientes, ropa interior, una toalla y un pulóver, por si tocaba exiliarse sin previo aviso, (incluso, por si a última hora decidía torcer rumbo y escaparme vía autopista a Pinar del Río) hasta el pan del desayuno, guardado con previsión para el momento más agudo del día, todo conviviendo en perfecto acople de batiburrillo con los libros, las agendas, los carnés de la biblioteca, los bolis… Y con esa mochila a cuestas andaba todo el día, todos los días del curso, almacenando cosas útiles, incrementando hasta el límite su posibilidad de resistencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanta escasez de limpieza; tanta insuficiencia de lejía y desinfectantes, de agua potable lustrando las losas de los pisos, cuartos y baños, provocaba que los ácaros se multiplicaran en nuestra piel, las bacterias en los estómagos y que el cráneo se viera invadido, de vez en cuando, por minúsculos insectos a los que no les habíamos dado permiso de entrada. En tercer año fui un complejo sistema ecológico de una biodiversidad sorprendente, y mi larguísimo pelo tuvo que verse disminuido a un pelado de escasos milímetros para controlar la plaga.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos años solía ser más poderoso el espíritu de subsistencia y esa dignidad que nos libraba de la indiferencia y del despojo cada vez que nos recomponíamos con nuestro mejor aspecto para introducirnos en la vida de la ciudad, tan caótica y desvencijada como la beca de F y 3ra, pero cuyo deterioro apenas veíamos, casi siempre circunscritos a los beneficios del Vedado −a los conciertos, la cinemateca, exposiciones, o un atardecer en el malecón… &lt;br /&gt;En esa beca conocí a mi actual pareja, compañero de piso durante muchos años. Pero antes, tuvo que pasar la dura prueba de auxiliarnos cada vez que, de noche, necesitábamos una “representación masculina” para ir a las zonas más oscuras del piso -las duchas-; o trasladar los cubos de un lugar a otro, o matar una cucaracha, u oír pacientemente nuestros comentarios infinitos. Compartimos el té con azúcar y los “polvorones” camagüeyanos (que la madre de mi amiga Natasha nos mandaba en unas cajas como de mudanza y que nos duraban eternamente), la música de la radio (“Buenas noches, ciudad” de Carlos Figueroa), libros y más libros y varios festivales de cine. Al final, como me lo ha recordado hace poco una de aquellas amigas de entonces, haber vivido en la beca y no haberse dejado la felicidad en el intento, valió la pena: nos hizo inmunes no solo a los bichos sino, sobre todo, a las trampas del pesimismo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-7673399573086746200?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/7673399573086746200/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/02/en-la-beca-de-f-y-3ra.html#comment-form' title='26 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7673399573086746200'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7673399573086746200'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/02/en-la-beca-de-f-y-3ra.html' title='En la beca de F y 3ra (2da parte)'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TTMF5OjbcLI/AAAAAAAAASw/FfWks21MWqw/s72-c/imagesCADH2GD8.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>26</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-4323819259521678512</id><published>2011-01-16T15:49:00.007+01:00</published><updated>2011-02-20T12:07:56.626+01:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TTMF5OjbcLI/AAAAAAAAASw/FfWks21MWqw/s1600/imagesCADH2GD8.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 167px; height: 256px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TTMF5OjbcLI/AAAAAAAAASw/FfWks21MWqw/s320/imagesCADH2GD8.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5562796445450072242" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;(Foto tomada del blog &lt;a href="http://efeytercera.blogspot.com/"&gt;F y 3ra&lt;/a&gt;)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;F y 3ra. (Primera parte)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de vivir casi un año en casa de los tíos, un día hice la maleta y decidí renunciar. Rajarme. Pero antes de regresar definitivamente a Pinar del Río me quedé en la residencia de F y 3ra con unas compañeras de aula. El olor enrarecido de los pisos, el olor de los colchones, de las taquillas, el olor de los baños, de la comida y hasta del agua, supuestamente insípida e inodora, me dejó inhabilitada para tomar cualquier decisión. En aquellos días, el único pensamiento que ocupaba mi mente era aprender las técnicas −ya aprendidas por mis amigas− que harían más vivible mi vida transitoria en la residencia estudiantil: las técnicas para desplazar mentalmente el olor, anular el sonido, dejar de mirar la suciedad y cerrar el paladar para que, sin apenas llegar a sentir el sinsabor del sinsentido, la comida pasara como por un embudo de la boca al estómago. Esos días de tránsito se volvieron semanas y el instinto de sobrevivir fue más poderoso que el de renunciar. Y me quedé a vivir allí. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ninguna de mis compañeras de cuarto podía explicarse aquella reacción semejante a la felicidad cuando, asomada al balcón de la beca −a expensas de que me cayera una saliva  en la cabeza−, les explicaba que me sentía a gusto. En realidad estaba allí "por gusto": innecesariamente, pues podía vivir mucho más cómoda en la casa de mi familia, pero justamente por no tratarse de una obligación, sino más bien de una elección, estaba a gusto. (Realmente lo que evidenciaba era mi necesidad desequilibrada de sentir el agua al cuello para solo entonces comenzar a nadar. Resistir sería la palabra exacta, y en el proceso de resistir, olvidar poco a poco que se resistía).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentía −y quizás exageradamente− el placer de la sobrevida; ese que seguramente sienten los que, después de una catástrofe, amanecen en la ruina pero con el insensato encanto de poder registrarla, de dar testimonio. Entre tanta energía empleada para subsistir −y empleada sobre todo para disimular e incluso disfrutar la subsistencia, de tal modo que no se percibiera como tal, pues de lo contrario la estancia obligatoria en la beca podía convertirse en un suplicio inaguantable− apenas tenía tiempo para el lamento o la autocompasión. De lo que se trataba en aquellos días era de anular casi todo acto volitivo −dependía de agentes externos que me situaban, emplazaban y movían como una ficha de ajedrez−; casi toda autorreflexividad −difícilmente podría ensimismarme viviendo en aquella maldita circunstancia de gente por todas partes− y casi todo acto sensitivo −como explicaba, trataba de no sentir la fría y pegajosa textura del pasamanos de las escaleras, de no oler el saco donde había sido envasado el arroz que me estaba llevando a la boca, de no oír el banquete de las cucarachas en la taquilla donde se guardaba el pan tostado. O para ser más exacta, de sentir todas estas percepciones no como algo preconcebido −y que, entonces, me darían una infinita repugnancia− sino como algo que habría que empezar a bautizar con nuevos códigos y palabras. Una especie de oficio adánico en un mundo distópico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la beca debía, ante todo, desaprender para luego aprender. Des−aprehender (y soltar la mayor cantidad de amarras que tuviese) para luego aprehender. En ello radicaba la sobrevida (es decir, mantenerse a flote) en aquel estado de excepción en el que vivíamos desmintiendo casi todos los nombres que antes le habíamos dado a la seguridad, al placer, al bienestar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que por aquellos años apenas me miraba al espejo; era algo innecesario, una acción que aportaba poco. (Aunque en realidad sí que nos mirábamos de cuerpo entero en el cristal sucio y reflectante de la puerta del balcón. Aquella superficie era incapaz de reproducir detalles, sino más bien una presencia que identificábamos con nuestra imagen). Apenas teníamos tiempo para aquel acto de vanidad. Nos levantábamos y después de agenciarnos unas gotas de agua en un tanque herrumbroso y vestirnos con urgencia, corríamos escaleras abajo, primero doce y después dieciocho pisos, para alcanzar el lujoso desayuno −y lo digo sin ironía: en mi caso, era la única comida “tragable” del día: un pan viejo que ultra−tostaban para que no notásemos su vejez y un yogurt pastoso y ultra−ácido, pero que tomaba convencida de su poder alimenticio: mientras más ácido estuviese más creía en su “autenticidad” láctea. Y después nos lanzábamos a la calle a coger una “botella” que nos ahorrara el camino a la facultad o nos íbamos casi corriendo, después de convencernos que cada vez era más difícil atrapar un "chance". Y una vez allí, y frente a frente a los espejos del baño de la Escuela de Letras, me permitía unos instantes de soledad con mi imagen, breves instantes, no nos engañemos: el olor del amoníaco y del azufre no se soportan por mucho tiempo. Muchas veces sentía que si me miraba demasiado al espejo podía "corromperme", pero sobre todo temía que este acto tan simple me llevara a la idea de renunciar, a hacer las maletas y regresar a casa, donde me quedaría para siempre mirándome al espejo, inútil y embrutecida. (Vivía convencida de que había cierta relación entre la pulcritud física y la inteligencia. Con este axioma machista justificaba mi desaliñada apariencia de estudiante becada: no tenía otra opción.) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los espejos, repito, eran innecesarios; nos restaban un tiempo de oro que debíamos emplear en labores de subsistencia: buscar y cargar agua desde el comedor a los pisos donde viviésemos; hacer interminables colas ya sea para almorzar y comer, para coger el elevador si algún técnico milagroso lo había puesto a funcionar, o para comprar algunas croquetas en el "Recodo" -una cafetería que casi podría haberse llamado rescoldo, ceniza residual de un fuego extinguido hacía muchos años. O para salir a buscar un sitio donde ducharse, en caso de que ese día no hubiese agua en la beca. Después de tantos ajetreos, de tantas precariedades poco a poco solventadas −o insolventables− a pocos nos quedaban deseos de organizar el cabello, de maquillarnos para la cabriola de la escasez. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que esta simple idea de que no teníamos tiempo para contemplarnos en el espejo sería fundamental para entender cómo anulábamos poco a poco nuestra subjetividad, nuestra conciencia de individualidad (tan falsa como necesaria). Por el contrario, cada vez más nos percibíamos como un conglomerado −los estudiantes de F y 3ra; los chicos de la beca−, una gran masa que retumbaba del primero al último piso: si antes lo que nos confirmaba en la igualdad era el uniforme azul con las perfectas medias hasta la rodilla, ahora, en la vida universitaria, lo que nos igualaba era la sensación de repetir y repartir la precariedad: los mismos espacios habitados por cuerpos que pergeñaban agua en los mismos tanques herrumbrosos; los mismos baños tupidos, las mismas cañerías rotas, y el rito de correr escaleras abajo para alcanzar el mismo desayuno. Pero sobre todo, la misma sensación de impotencia o de irreversibilidad.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Una frase bastante simple de Hannah Arendt puede explicar lo que podía haber sentido en mi tránsito a la residencia estudiantil: Dice Arendt que “el más claro signo de deshumanización no es la rabia o la violencia, sino la evidente ausencia de ambas”; y si estaba llena de ira antes de mudarme para la beca, al llegar a ella perdí absolutamente la necesidad de expresarla que es, en definitiva, el verdadero sentido de la ira y en donde radica su fuerza: en su expresión, en su visibilidad. En el gobierno mal gobernado de la casa de mis tíos podía ejercer mi protesta, así fuera a través de la violencia o de la angustia: me era posible intervenir de alguna forma. En F y 3ra más bien tocaba cerrar el pico y aprender a sobrevivir. La otra opción, que ya para entonces la había descartado, era la de regresar a casa y resignarme a la derrota, a eso que en Cuba se llama “rajarse” y que, en cierta medida, se seguía viviendo como una vergüenza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-4323819259521678512?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/4323819259521678512/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/01/foto-tomada-del-blog-f-y-3ra-f-y-3ra.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4323819259521678512'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4323819259521678512'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2011/01/foto-tomada-del-blog-f-y-3ra-f-y-3ra.html' title=''/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TTMF5OjbcLI/AAAAAAAAASw/FfWks21MWqw/s72-c/imagesCADH2GD8.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5480359398424677750</id><published>2010-11-25T14:23:00.002+01:00</published><updated>2010-11-25T14:28:11.825+01:00</updated><title type='text'>VAGÓN 204</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBJ-EM0F-I/AAAAAAAAAQk/vUpSt3NbbUg/s1600/foto%2Bmirta%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 112px; height: 145px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBJ-EM0F-I/AAAAAAAAAQk/vUpSt3NbbUg/s320/foto%2Bmirta%255B1%255D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5539508872293914594" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Para no olvidar".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Discurso de Fidel Castro, 13 de marzo de 1963.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese discurso del 13 de marzo de 1963 en la escalinata de la Universidad de la Habana se dijeron cosas muy importantes; algunas que leídas hoy, provocan una risa dolorosa, como cuando Fidel dice que los pobres "del pasado" (de ese pasado que es el ahora mismo en Cuba) vivían añorando, en la otra vida, lo que no podían tener en esta. Dice el "imagintivo" Castro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Imagino cómo verá un pobre el cielo, y tal vez se imagine el cielo con un gran automóvil, vajillas de plata, un palacio y una pierna de cerdo o de res asada en la mesa de su casa".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para leer, pinche &lt;a href="http://vagn204.blogspot.com/2010/11/para-no-olvidar.html"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5480359398424677750?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5480359398424677750/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/vagon-204_25.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5480359398424677750'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5480359398424677750'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/vagon-204_25.html' title='VAGÓN 204'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBJ-EM0F-I/AAAAAAAAAQk/vUpSt3NbbUg/s72-c/foto%2Bmirta%255B1%255D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6635743989041063703</id><published>2010-11-21T14:11:00.017+01:00</published><updated>2011-02-20T13:43:01.590+01:00</updated><title type='text'>[27] Diciembre, 1994.</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOkmizC06TI/AAAAAAAAARU/zAQK_a-UKN4/s1600/1_peso_convertible%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 189px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOkmizC06TI/AAAAAAAAARU/zAQK_a-UKN4/s400/1_peso_convertible%255B1%255D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5542003195715578162" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese año empezó a circular algo llamado “chavito”: unos papeles de colores que casi nunca había tenido en mis manos. Las colas en los kioscos de cambio eran interminables y solo había unos pocos dispersos por la geografía de la isla. En diciembre la venta de cigarros “por la libre” se había paralizado y los fumadores estaban desesperados: una cajetilla llegó a costar entonces 40 pesos. Vendí las que recibíamos en casa, por la bodega, con increíble éxito: el pudor fue cediendo ante el apremio, y sin detenerme a valorar lo que hacía, me embolsillé la necesidad ajena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tarde, decidí no ir a clases y aventurarme más allá de los límites habaneros conocidos, para canjear por “chavitos” aquellos pesos que tenía ahorrados. Mi madre había multiplicado mi dinero para que, con el cambio, comprara algunos regalos de navidad: baratijas, refulgentes obsequios que tenían un aire de premio inalcanzable, y por ello mismo, los ansiábamos. Su brillo recién se estrenaba en las tiendas y como insectos enceguecidos, íbamos a menudo a morir en ellos, incluso, sin dinero: acudíamos solo a contemplarlos, como a los museos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis padres llevaban días emocionados con el festejo de las navidades. La navidad siempre se había celebrado disimuladamente en mi casa desde que yo tenía memoria; solo que no bajo ese nombre: mi abuelo cumplía años el 22 de diciembre y desde mucho antes de que se suspendieran las navidades en la isla, convocaba a la familia por esos días en torno a las empanadas de carne y guayaba y a la preciosa vajilla de matrimonio, que la abuela trataba de mantener intacta a pesar de los chiquillos correteando por todos lados. El cumpleaños fue el pretexto perfecto para fundir una celebración con otra, enmascarar los festejos −como harían los esclavos en la colonia con sus fiestas religiosas, escondidas tras el calendario cristiano. Pero ahora, en los 90 era diferente: ya se podía celebrar a cara descubierta. Habíamos llenado la casa de &lt;em&gt;colas de gato&lt;/em&gt;, y mi madre, envuelta en un entusiasmo infantil, proyectaba bromas, regalos, platos suculentos… Mis suegros vendrían esa noche, y a la emoción de la fiesta, sumábamos la comunión de las familias…   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(En realidad mis padres trataban de alejar su desolación. Ese año habían tenido que añadir, a su oficio de maestros, el de vendedores en un mercado de la provincia donde ofertaban unos pudines que elaboraban en las noches junto con otras menudencias. Me ofrecieron sus ahorros para agasajar a los invitados: yo debía cambiar, entonces, los pesos por papelitos y los papelitos por los objetos &lt;em&gt;made in China&lt;/em&gt;.) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Averigüé los ómnibus que me llevarían a Centro Habana, y al salir mis compañeras de cuarto me pidieron que les cambiara a ellas también. Sin pensármelo dos veces, accedí: llevaba conmigo nada más y nada menos que 2400 pesos −el cambio estaba a 80 x 1, o sea, que compraría 30 chavitos, de los cuales 10 eran de mi madre, 6 míos y los 14 restantes, de mis compañeras. ¡Iba con las cuentas muy claras y con el dinero contado y recontado! 2400 pesos era mucho dinero y a la vez era nada: unas 60 cajas de cigarros… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Foto de OLPL)&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOk1-gIVfuI/AAAAAAAAASE/-oKtF96zZ8o/s1600/bird1%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 267px; height: 400px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOk1-gIVfuI/AAAAAAAAASE/-oKtF96zZ8o/s400/bird1%255B1%255D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5542020164349165282" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;Al llegar al kiosco había todo un pueblo para cambiar. La cola se extendía a varias manzanas a la redonda y en la entrada, un núcleo ameboide franqueaba el paso y hacía imposible el avance ordenado. Un mulato achinado −y de quien podría haber hecho un perfecto retrato robot- me sugiere, por lo bajo, que él me puede cambiar, pero &lt;em&gt;apúrate, cuánto quieres, dame ya el dinero que ahí viene la policía&lt;/em&gt;, toma tus 3 papelitos de colores…: mi bulto de 2400 pesos pasó a su mano y tres billetes enrollados me fueron entregados. (Recuerdo que le pedí que lo contara y me dijo que no, &lt;em&gt;que qué va, que ahí no lo podía contar&lt;/em&gt;: “yo confío en ti”, añadió.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la confianza de quien se sabe más lista que nadie −¡me quité de encima una gran cola!- me fui a la tienda más cercana tras los regalos navideños. Al llegar a pagar, la bellísima cajera con ese maquillaje perfecto que solo las cajeras entre otras pocas mujeres de la Isla podían permitírselo, me congeló con sus ojos: “Estos billetes son falsos. O te vas calladita como si no pasara nada −¡y no armes espectáculo, niña, que se van a dar cuenta los de la seguridad!-; o tengo que llamar a la policía y te enredarías, te meterían presa, imagínate, te acusarían a ti de compra ilegal y a lo mejor hasta de falsificación… Tú decides...” (Evidentemente la cajera estaba compinchada con los estafadores: quizás se maquillaba todos los días gracias a la credulidad de los burlados: mi dolor era un impasible &lt;em&gt;make up &lt;/em&gt;en su rostro…). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y me fui calladita, por supuesto. Al doblar la esquina me doblé en dos y vomité mi ingenuidad: tenía una resaca pegajosa, un mareo de vientre grávido que, de repente, se vacía, y aborta en plena calle, a la luz del día. La estafa duele tanto como una violación. Es una violación que te rompe sin dejar huellas corpóreas: ¿dónde la contusión, la fractura?; ¿a quién mostrar la marca inexistente que como un sello de agua se estampaba cuerpo adentro? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Foto de OLPL)&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOk2TgbAseI/AAAAAAAAASM/29kPmEljHvI/s1600/bird2%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 267px; height: 400px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOk2TgbAseI/AAAAAAAAASM/29kPmEljHvI/s400/bird2%255B1%255D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5542020525204746722" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;Luego aprendería a sobrevellar el timo diario, el timo de pacotilla casi imperceptible con el que se tropezaba a cada paso -de balanzas desbalanceadas, de productos adulterados-; pero aquel era un sablazo mayor para el que nadie está inmunizado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidí caminar y caminar y caminar… &lt;br /&gt;Salí al malecón y fui andando desde la Habana Vieja hasta el Instituto Superior de Arte (donde vivía mi pareja en aquel momento). Llegué mojada y ajada −una lluvia pertinaz me intercedió en el camino: mi imagen asustaba. No tenía dónde refugiarme y solo necesitaba un abrazo. ¿Cómo reponer el dinero?, o ¿cómo decirle a mis padres que seguía detenida en ese estado de inmadurez que ellos ya creían superado?, ¿cómo convencer a mis amigas, sin que la duda se posara en sus ojos, de que había sido tan infantilmente estafada? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía sólo tres “chavitos” en mis manos: los 30 en realidad eran tres billetes de a 1 que les habían pegado un cero mal recortado (en un principio quise tirarlos; me contaminaban, pero solo esa doble humillación que nos obliga a controlar el orgullo ante la obvia necesidad, me hizo conservarlos). Mi novio me ofreció todos sus ahorros: 2 chavitos que tenía guardados para ese fin de semana; sin un centavo, tuvo que regresar a la provincia, mientras yo me quedaba sola, hidrocefálica: la idea de reponer la falta estallaba en mi cabeza como las olas del mar en el muro; estaba obsesionada. Debía reunir 24 más para completar la deuda y para borrar aquel episodio, como si nunca hubiese ocurrido: ¡pero 24 “chavitos” eran 1920 pesos!, ¿de dónde los iba a sacar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese fin de semana recorrí toda la feria artesanal que ocupaba la calle G pidiendo trabajo. Casi llegando a Línea, un joven de pelo largo y rizado me “contrató” solo por ese fin de semana, después que le conté, llorosa, lo ocurrido: creo que se lo contaba a todo el mundo con el impudor que da la desesperación: iba de puesto en puesto con esa vocecilla moribunda que tienen los mendicantes. En su mesa exponía sandalias de cuero y por cada par que lograra vender ganaría 1 chavito. Estuve desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la tarde bajo un sol que disecaba −mi propia piel olía a cuero− y sin comer nada. A ratos, me tiraba en la hierba, exhausta. Pero me sostenía la excitación, casi felicidad, de lograr saldar la deuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo vendí dos pares de sandalias; la euforia se fue tornando desesperanza. Volví el domingo, casi sin fuerzas −me pidió que madrugase para ayudarle a montar el tinglado. El día se extendió oblongo como una lengua de perro sedienta… A cada hora hacía cálculos, se acercaba el retorno de mis amigas de sus provincias. Hacia el final de la tarde vendí dos pares de zapatos más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes le entregué el dinero recaudado a una de mis compañeras y no le conté lo ocurrido. Me faltaban los seis de la otra muchacha (casi 500 pesos), que llegaría de su provincia en cualquier momento y me pediría cuentas. Podía haberle explicado la verdad, pero una imagen caprichosa me martirizaba: hacerlo era reconocer mi incapacidad para lidiar con el mundo. (Quizás el complejo de "pinareña", del que trataba de desentenderme a toda costa, influía en no querer reconocer que había sido burlada.)&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOk22uhThQI/AAAAAAAAASc/vxcnPFbq4fA/s1600/4825500737_eb1b4aaa07_o%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 327px; height: 400px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOk22uhThQI/AAAAAAAAASc/vxcnPFbq4fA/s400/4825500737_eb1b4aaa07_o%255B1%255D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5542021130284664066" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(Foto de OLPL)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a doblarme en dos y a caminar, caminar, caminar (era de noche, y arrastraba los pies por el malecón). En un impulso, y sin dejar que una culpa pegajosa me inmovilizara, me arrimé al costado de la acera y empecé a señalizar con el dedo levantado como pidiendo “botella”. Fue un gesto casi instintivo, sin meditación de por medio... Inmediatamente se me acercó, salida de la nada, una mujer pequeña −como una infante envejecida−, con tacones y falda muy corta y me gritó amenazante: “oye, este pedazo es mío, y además lo controla Él” −y señaló para una sombra blanca que desde la otra acera observaba nuestros movimientos. Miré hacia atrás y vi una larga cola de chiquillas en tacones y faldas cortas, separadas a una prudencial distancia unas de otras; todas dispuestas a defender sus "puestos". &lt;br /&gt;“Y vete ya −agregó−, que con esa ropa y esos zapatos me espantas a los clientes.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su violencia hizo que me diera de bruces con el sinsentido de mi empresa: mi cuerpo descarnado, casi concentracionario, y mis ropas elementales −toda yo desprendía una ausencia de sofisticación como un perfume barato: mi belleza era hirsuta, nunca me había depilado las cejas, apenas me maquillaba−; además de mi incapacidad para la seducción impostada y para el amor sin consagración, sin previo pacto de futuro, todo ello hacía que mi empresa fuera, de antemano, un disparate. Esto, sin detenerme en pensar que, por aquella época, consideraba moralmente reprobable la prostitución.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regresé a la residencia descoyuntada; como en las torturas medievales, mi cuerpo eran dos fragmentos que unos caballos arrastraban por caminos opuestos. Sin ningún milagro a la vista que multiplicara el dinero, tuve que contarle lo ocurrido a mi compañera de cuarto y prometerle que, tan pronto pudiera, se lo devolvería. Por un buen tiempo trabajé, durante los fines de semana, en el puesto de frituras, pudín y refresco de mis padres, hasta reunir la suma faltante (peso a peso, con la cara desvalorizada de Martí, fui restando la deuda). El trabajo de unos pocos fines de semana se volvió empleo permanente por varios años: francamente no lo asumí como una carga; era feliz ayudando a mis padres y garantizando mi cuota de subsistencia). De toda esta historia me quedé sólo con un único sabor agrio: el de no haber hecho el retrato robot de aquel individuo que aún hoy, si afino la memoria, podría recomponer. ¿A cuántas personas más habrá estafado? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese fin de año hubo fiesta en casa y regalos al pie del arbolito −aunque no los objetos brillantes y frágiles &lt;em&gt;made in China&lt;/em&gt;. Mi madre sacó del fondo de un armario unos adornos de cristal, comprados probablemente en los últimos destellos de las tiendas “de la Amistad” y almacenados para cuando necesitase obsequiar a algún médico…  Cuando mi abuela avisó que ya la mesa estaba servida y los platos de la vajilla de su matrimonio nos recibieron con su encanto añejo, tuve la sensación de que no podía ser más completa la estampa familiar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6635743989041063703?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6635743989041063703/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/diciembre-1994.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6635743989041063703'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6635743989041063703'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/diciembre-1994.html' title='[27] Diciembre, 1994.'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOkmizC06TI/AAAAAAAAARU/zAQK_a-UKN4/s72-c/1_peso_convertible%255B1%255D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6463537681005464242</id><published>2010-11-20T11:36:00.005+01:00</published><updated>2010-11-20T12:14:11.488+01:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>Cap 20 Fast Havana, de GautierProdVideos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí me reencuentro con los trenes abandonados, con el vagón 204... No eran una fantasía, una ilusión óptica o un recorte maléfico de la ciudad: ahí están, como la huella indolente del pasado varado, del futuro que se oxida sin llegar a ninguna estación -pero esto es tan evidente que es casi una metáfora obsoleta... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Habana, narrada por la lente de George Gautier sustituirá, por hoy, las palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;iframe width="480" height="295" src="http://www.youtube.com/embed/IDi23fuqGJI?fs=1" frameborder="0"&gt;&lt;/iframe&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6463537681005464242?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6463537681005464242/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-vida-de-nos-otros_20.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6463537681005464242'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6463537681005464242'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-vida-de-nos-otros_20.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://img.youtube.com/vi/IDi23fuqGJI/default.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-8983013829412326072</id><published>2010-11-18T13:14:00.005+01:00</published><updated>2010-11-18T20:49:05.139+01:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOWDGHP3W6I/AAAAAAAAARM/YVhKJGChT-s/s1600/Mundo%25252520Manos.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 286px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOWDGHP3W6I/AAAAAAAAARM/YVhKJGChT-s/s400/Mundo%25252520Manos.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5540979057597307810" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta vez Omar Rodríguez (habanero residente en Madrid) me regala un resumen de nuestra/su vida -con conga santiaguera de fondo- que ya había publicado hace un tiempo en su &lt;a href="http://muelabizca.blogspot.com/"&gt;blog&lt;/a&gt; pero que a petición del autor, formará parte de esta cadena de vidas que me apropio para espejearme y dialogar... Gracias Omar por este trocito de "muela bizca", sobre todo por tejer tan bien tus recuerdos con la música que tanto disfrutábamos y odiábamos -en mi caso- a partes iguales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Ser negrito, ser chusma, ser blanquito equivocado, ser yuma… (manifiesto personal contra el racismo)" por Omar Rodríguez. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para leer la entrada, haz clic &lt;a href="http://lavidadenos-otros.blogspot.com/2010/11/ser-negrito-ser-chusma-ser-blanquito.html"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-8983013829412326072?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/8983013829412326072/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-vida-de-nos-otros_18.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8983013829412326072'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8983013829412326072'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-vida-de-nos-otros_18.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOWDGHP3W6I/AAAAAAAAARM/YVhKJGChT-s/s72-c/Mundo%25252520Manos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-7810475011976435229</id><published>2010-11-15T00:13:00.019+01:00</published><updated>2010-11-22T00:46:14.787+01:00</updated><title type='text'>[26] La Habana, 1994: historia íntima.</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBwiQbNK4I/AAAAAAAAAQs/sjeBEazrAkQ/s1600/Fabelo_roberto%2B%25287%2529%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 301px; height: 400px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBwiQbNK4I/AAAAAAAAAQs/sjeBEazrAkQ/s400/Fabelo_roberto%2B%25287%2529%255B1%255D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5539551275492649858" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Habana empezó a incrustarse en mi piel justo cuando comencé a vivir en ella: los fragmentos de su cotidiano hacían unas rasgaduras dolorosas, densas y rebordadas como los pasamanos de las escaleras que no me atrevía a escalar. Fue entonces, cuando entre tantas marcas y desabridas mañanas fuera de casa, me refugié en un rostro aniñado −alguien que me brindó su edad descoyuntada por la gravedad de la música y por cierta terquedad, ejercitada algunas tardes, de quebrar el aliento, de hacerse poderoso para olvidar la provincia y el dolor intersticial de la familia también descoyuntada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su música no estaba en la pauta; estaba en la intensidad de sus ojos −demasiado oscuros y empozados para sus cortos años. (Los dedos se deslizaban rompiendo el silencio y todos aplaudían la ejecución. Pero en la ejecución no había misterio: había esfuerzo; el misterio estaba en el rictus de su mandíbula triturando los sonidos, y en sus ojos plomizos). Solo cuando reía se despejaban las tinieblas y regresaba el animal doméstico, el niño que había que despiojar y mimar: esa gravedad se pierde con los años y sin ella, nos volvemos anodinos… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco, tal vez veinte años, nos separaban, y como en algunas utopías fílmicas, soñaba detenerme a esperarlo y envejecer con él, simultáneamente, hasta que ni una arruga ni una simple cana simbolizara las diferencias. Sólo que no fui capaz de prever que los cuerpos hablan un lenguaje de años muy diferente al lenguaje de gestos, de experiencias…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quería ser la dualidad o abolir las dualidades, abrirme la piel como un abrigo y refugiar dentro de mí al cuerpo que recién empezaba a amar. Quería ser la confluencia perfecta entre el sufrimiento y la belleza; el instrumento −madera y sublimidad mezcladas a partes iguales−; el arpegio que dejaba caer el amor como si lloviera, lentamente sobre mis poros vueltos cántaros, y la simultaneidad de los sonidos, difusos en la noche. Quería ser el cansancio y la repetición infinita de una pieza inconclusa… Terminé por ahogarlo, como la libélula fósil en la burbuja de ámbar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ires y venires de La Habana a la provincia se llenaron de lentas madrugadas tejiendo intensidades, que luego debían destejerse al llegar a la ciudad. Nos internábamos en ciudadelas estudiantiles y vivía el martirio de la distancia como el suplicio que pagaba a cambio de instantes de trascendencia que me eran regalados −como un viaje arrodillado y doloroso de camino al santuario en busca de la promesa que salva la vida−. Me ausentaba, vivía ausente, comía ausente la insípida y casi ausente comida que me daban, dormía ausente entre el bullicio de los pasillos −vivía una especie de vida sin mí, o mi vida conmigo alcanzaba un grosor, una intensidad o una forma que aprendí a sentir y dimensionar sólo cuando volvía a ser un &lt;em&gt;continuum&lt;/em&gt;, una vida &lt;em&gt;consigo&lt;/em&gt;.  Por aquellos días tenía la certeza de la inmortalidad: ni una hoja de otoño podría herirme; cualquier muerte cotidiana estaba demasiado lejos de la totalidad que sentía entonces. (Como si Dios no se atreviera a interrumpirnos; como si sintiera pudor de deshacernos en plena hechura.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cotidiano era un trámite, apenas un cobertizo donde actuaba o una pausa: no dejaba entrar a mi cuerpo lo cotidiano; demasiado sucio, decadente, ocre. Tenía aspecto de museo, con animales disecados y sonrientes, con olor a serrín y formol. La vida estaba en otra parte, y salía a buscarla, atravesaba la ciudad hasta llegar a la ciudadela suburbana, cuyo aire de sonidos en la distancia, de chelos y trompetas despeinaba mi acritud. El amor fue una excusa ideal para sublimar la violencia que sufría cada día al despertar. Y lógicamente, un amor no puede sustituir el entramado en el que vivimos, no puede crear una ciudad perfecta, un laberinto hecho a la medida de nuestros sinuosos deseos: la ciudad dejaba sus esquirlas, sus punzantes restos en mi piel y rompía la burbuja en la que intentaba calentar los cuerpos, unificarlos. Como un árbol enquistado en el pavimento y cuyas raíces pueden romper la ciudad, levantarla un día sin que haya remedio, mi amor se enquistó en las aceras: el dinero escaseaba, las distancias eran cada vez más insalvables, mis años de más empezaron a pesar sobre su ligera espalda de Sísifo imberbe… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quería soñar que La Habana estaba recién asfaltada y que yo caminaría, entonces, como los chiquillos, queriendo dejar el hueco de mis pisadas para siempre (y de las suyas, a mi lado…). Pero no pude ser cántaro para que el agua no escapara, ni ahuecando las manos: mis poros dejaron de aposentar los arpegios de lluvia y se cerraron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No supe nunca más de esa vida sin mí−consigo que enterré en algún lugar de mi cuerpo. Dios no tuvo el más mínimo pudor de deshacernos en plena hechura.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-7810475011976435229?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/7810475011976435229/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-habana-1994-historia-intima.html#comment-form' title='12 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7810475011976435229'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7810475011976435229'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-habana-1994-historia-intima.html' title='[26] La Habana, 1994: historia íntima.'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBwiQbNK4I/AAAAAAAAAQs/sjeBEazrAkQ/s72-c/Fabelo_roberto%2B%25287%2529%255B1%255D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>12</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-4887927714067799892</id><published>2010-11-14T21:35:00.004+01:00</published><updated>2010-11-25T14:27:04.630+01:00</updated><title type='text'>VAGÓN 204</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBJ-EM0F-I/AAAAAAAAAQk/vUpSt3NbbUg/s1600/foto%2Bmirta%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 112px; height: 145px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBJ-EM0F-I/AAAAAAAAAQk/vUpSt3NbbUg/s320/foto%2Bmirta%255B1%255D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5539508872293914594" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Te lo prometió José Antonio Saco y Fidel te lo cumplió!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Fragmento de Memoria sobre la vagancia de José A. Saco, 1830.)&lt;br /&gt;Las obsesiones de la intelectualidad criolla colonial de implantar un "sistema de espionaje" que controlara a los individuos y que elevara la productividad de la nación fue, al cabo de 130 años, implantado en Cuba. Los vagos, ahora investidos con la categoría política de "lumpen", o, la más aplatanada de "gusanos" vivieron la pesadilla del biopoder revolucionario, instalado a imagen de aquel que propugnara Saco en el marco del "Despotismo Ilustrado".&lt;br /&gt;Martí, más democrático y conciliador, nunca hubiese apostado por una república que cercara hasta prácticamente echar al mar, a sus ciudadanos. Por eso enmendé el verso de Guillén...&lt;br /&gt;Para leer más, haz clic &lt;a href="http://vagn204.blogspot.com/"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-4887927714067799892?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/4887927714067799892/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/vagon-204.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4887927714067799892'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4887927714067799892'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/vagon-204.html' title='VAGÓN 204'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TOBJ-EM0F-I/AAAAAAAAAQk/vUpSt3NbbUg/s72-c/foto%2Bmirta%255B1%255D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6919460533361160278</id><published>2010-11-07T13:27:00.004+01:00</published><updated>2010-11-07T13:48:07.035+01:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNaeyuvyyjI/AAAAAAAAAQc/dim_vd26nwg/s1600/Mundo%252520Manos.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 229px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNaeyuvyyjI/AAAAAAAAAQc/dim_vd26nwg/s320/Mundo%252520Manos.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5536787386277743154" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el título "Desgarramiento", ayer seis de noviembre, se publicó en el &lt;a href="http://relatosmeme.wordpress.com/2010/11/06/desgarramiento/"&gt;Blog Relatos de Meme&lt;/a&gt; está carta de una madre cubana que lleva más de cinco años separada de los suyos y que aún le niegan, en el consulado de Cuba en Venezuela, ese sello vergonzoso de "Habilitación" que llevamos en nuestro pasaporte los que sí podemos entrar. &lt;br /&gt;Como es la realidad de tantos, y como la viví prácticamente en carne propia cuando mi esposo supo que su padre había fallecido y tuvo que llorar su pérdida en la distancia, la republico para seguir armando esa vida de nos-otros que nos han obligado a vivir en el más absurdo de los sinsentidos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta carta la acaba de enviar mi sobrina Lismay a su mamá y su hijita acá en Cuba.  Como introducción les cuento que ella cumplió misión médica en Venezuela y se enamoró y se casó en aquel país y decidió no regresar porque ya venía en camino su segunda hija. En Cuba había dejado a la mayor con apenas 8 años y desde hace más de 5añoran un abrazo. Quiero que conozcan su historia.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNaeedFnQtI/AAAAAAAAAQM/8OH0whM5OHk/s1600/lismay-y-la-nina%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNaeedFnQtI/AAAAAAAAAQM/8OH0whM5OHk/s320/lismay-y-la-nina%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5536787037940040402" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hola Mamita, mi niña querida, mi Papi, mi hermano, tía Melvis y toda mi familia. Tal y como les había anunciado hoy 5 de noviembre en la mañana fui a la embajada cubana en Venezuela con el propósito de ver al embajador u otro funcionario allí y reclamar nuevamente –por tercera vez- la habilitación de mi pasaporte para viajar a Cuba después de casi 5 años de “castigo”, víspera de los 15 años de Lianny en enero, a los que quería asistir. &lt;br /&gt;Para seguir leyendo, &lt;a href="http://lavidadenos-otros.blogspot.com/2010/11/desgarramiento.html"&gt;pinche aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6919460533361160278?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6919460533361160278/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-vida-de-nos-otros.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6919460533361160278'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6919460533361160278'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-vida-de-nos-otros.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNaeyuvyyjI/AAAAAAAAAQc/dim_vd26nwg/s72-c/Mundo%252520Manos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-8022850423240911480</id><published>2010-11-04T16:10:00.009+01:00</published><updated>2011-03-21T17:30:54.843+01:00</updated><title type='text'>[25] La Habana a todo color.</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNLlTR4HLSI/AAAAAAAAAP8/3FPp9CQj2WM/s1600/1698234465_cd815a11e0_b%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNLlTR4HLSI/AAAAAAAAAP8/3FPp9CQj2WM/s320/1698234465_cd815a11e0_b%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5535739011370790178" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(La Víbora. Habana. Fotos tomadas del blog "Secretos de Cuba")&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ya era inevitable. Lo que desde los 15 años había sido un sueño, ahora podía leerse en una casilla al lado de mi nombre, escrito con una caligrafía de oficina: Filología.&lt;br /&gt;Habían ofertado dos plazas a la Provincia (en realidad se decía “habían venido” dos plazas, como “viene” el pollo, y los huracanes y cierto placer semejante a la muerte al término de la cópula). Temía que esta escasez de posibilidades para estudiar lo añorado quebrara algunos lazos de amistad, fundados, justamente, en la pasión por la literatura; casi con timidez rellené las planillas… &lt;br /&gt;(En los meses cercanos a los exámenes, alguien llamaba a mi casa los fines de semana y me amenaza. Pretendía que me asustara y no ‘optara’ por la carrera. Después supe de quién se trataba y hasta fuimos amigos. Estudió bibliotecología.)&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Antes de llenar las planillas con las diferentes opciones elegidas se hizo una pequeña reunión, que era, como muchas de las cosas absurdas de aquella época, una rutina para complacer a los dirigentes: todos estábamos capacitados, por nuestro compromiso revolucionario, a estudiar en la Universidad… Mientras colocamos en silencio el nombre de las carreras, alguien pide que le muestre mi planilla, y al negarme, me acusa de querer estudiar “Medicina” y no confesarlo. Habían venido, creo recordar, sólo 90 plazas para ser médico (y solo en mi aula se postulaban casi 20). Algunos enlistaban los posibles candidatos con ansiedad y temían, a cada paso, que se incrementara el inventario. La paranoia nos tenía poseídos. No quise mostrar mi planilla porque sólo cubrí una opción: no se podía desear ser filólogo, y con una intensidad menguada, ser médico o astronauta (eso pensaba en aquel momento). O uno o lo otro: casi un suicidio.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Quizás lo que no sepan mis colegas es que, al término de la reunión, tuvimos otra más “cerrada” (dirigentes estudiantiles con dirigentes partidistas), en la que se nos instaba a vetar a algunos compañeros para que no estudiasen sus carreras. En especial recuerdo −porque era mi amigo− que se pretendía negar la posibilidad de estudiar Medicina a alguien con un excelente promedio y un carisma singular, casi el “alma" de nuestro grupo. Con la “ingenuidad” como estrategia me hice la desentendida y defendí su sentido de la responsabilidad y otras manías necesarias para “encajar” en el sistema −su entusiasmo, solidaridad, su militancia en la UJC…: no veía yo cuál podía ser el impedimento. &lt;br /&gt;La causa se insinuaba con remilgos: “Sí, será un buen estudiante, sin dudas, pero ¿ustedes creen que algún &lt;em&gt;hombre&lt;/em&gt; (y se resaltaba la palabra) va a dejarse examinar por este muchacho? Que estudie Arte, Letras…” No se mencionaba la falta, pero volaba densa por la sala, como los insultos que se le lanzaban a toda hora por los pasillos de la escuela. Quien tenga la integridad de sobrevivir al insulto sin inmutarse −como lo hacía él−, podrá sobrevivir a casi todo. &lt;br /&gt;Al final, casi nadie se atrevió a votar en su contra, y sin nuestro apoyo, no podían seguir adelante con el veto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que después de los exámenes y de ver mi nombre en la casilla, ya era inevitable: Filología. Apenas me alegré.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Tenía una pareja diez años mayor, que me había puesto un anillo de compromiso (de plata y vidrio) y reclamaba boda, hijos, una domesticidad que escapaba a toda concreción y que yo fingía representar, agasajada por una falsa madurez. Me suplicaba que no me fuera a La Habana. En aquel momento, “irse” a la Habana era como “irse” del país; salir del estrecho círculo provinciano y nunca más regresar, o regresar a medias, cambiada, distante. Entre llantos me despedía todos los fines de semana hasta que la relación se deterioró. Había que adaptarse y la única manera era cortar las amarras: &lt;em&gt;dejar la casa y el sillón&lt;/em&gt;…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNLovT-qN6I/AAAAAAAAAQE/h_uFDG8A_0E/s1600/cuba_j10%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNLovT-qN6I/AAAAAAAAAQE/h_uFDG8A_0E/s320/cuba_j10%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5535742791506343842" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(Ruinas emblemáticas de la Calzada de 10 de Octubre)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer año me instalé en la casa de los tíos en la Víbora. Una casa semiderruida en la que sus habitantes también estaban, como yo, desgajados, perdidos. Apenas había muebles donde sentarse y las paredes vacías rebotaban el eco de las conversaciones. Mis tíos habían llegado poco antes de sus misiones en el extranjero, y el país los obligaba a vivir una miseria desconocida y a regresar a sus roles, ya desaprendidos, de padres; mis primos habían saltado, en cierta medida, al vacío, al dejar la casa de Pinar del Río −de una estabilidad familiar, rígidamente amorosa− y abrirse a la libertad y a la precariedad de los años 90 en la capital. &lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNLgLr_rJ9I/AAAAAAAAAP0/rIe7hPvtsAc/s1600/untitled.bmp"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 300px; height: 300px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNLgLr_rJ9I/AAAAAAAAAP0/rIe7hPvtsAc/s320/untitled.bmp" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5535733383384737746" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie preguntaba por mí, nadie me preparaba el desayuno o me deseaba buenas noches. En el colmo del patetismo, intentaba descubrir el límite de este despego: salía a mitad de la noche sin dar explicación (abría la puerta y me iba a caminar por el barrio), y al regresar, apenas habían notado mi ausencia. Todos tenían demasiadas preocupaciones que acomodar en la casa vacía. Eran los días en que la prima más pequeña, que se perdía por semanas viviendo el sueño del neojipismo habanero, me llamaba al baño donde nadie nos viera, y se sacaba una tartaleta del bolsillo, comprada con monedas inalcanzables. Los seis huevos de la quincena se guardaban en las gavetas para que cada cual los racionara a su antojo. Éramos una familia demasiado numerosa como para planificar y compartir la precariedad.&lt;br /&gt;La prima mayor vivía en la casa, con su marido y su niño &lt;em&gt;hiperquinético&lt;/em&gt; de unos cuatro años. El primo mayor vivía en la casa, con su esposa y su niño dócil de unos cuatro años −mantenido a raya por el &lt;em&gt;hiperquinético&lt;/em&gt;. Éramos 10 en total. No había un minuto de silencio. &lt;br /&gt;Por las mañanas, hacíamos colas en el baño; el tío a veces amanecía sentado en la taza, borracho. Los primos discutían, las puertas se tiraban. Los pequeños probaban fuerza conmigo, tanteaban la paciencia de la nueva inquilina.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Yo esperaba a que todos se fueran al trabajo para levantarme. Cuando lograba desayunar, echaba un plátano en la batidora con agua: jugo de plátano que había que tomar inmediatamente, porque si no, se separaba el agua de la fruta. El día que tardé en beberlo, vomité. (Nunca más he vuelto a comer esta fruta; soy incapaz de no regresar, con ella, a aquellos días). &lt;br /&gt;Después me iba a clases y seguía en las nubes, sin entender muy bien si tenía sentido toda aquella locura. A las pocas semanas me hice amiga de una compañera de clases, vecina. Me salvó la vida. Literalmente. Estaba en su casa hasta la hora de dormir; estudiábamos, conversábamos, y su madre nos preparaba un refresco rosa (agua con azúcar a la que le echaba unas gotitas de un colorante con ligero sabor a fresa). Almorzaba allí, en familia, usurpando una ración que no me pertenecía. Esa mujer leyó mi desasosiego como nadie. Y nunca tendré suficientes palabras para agradecérselo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Cierro los ojos y evoco un robo. De repente, estamos sentadas en el comedor, la esposa de mi primo y yo, conversando, tomando café. Un gallo hermosísimo se pasea con ínfulas por el muro que separa nuestra casa del patio del vecino. Con un impulso desconocido por mí, cogió un cuchillo y se abalanzó contra el ave que apenas pudo protestar. Esa tarde todos cenamos pollo, “comprado en el mercado negro”: le había prometido callar la fechoría de la que fui cómplice. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro día, cuando regreso a casa sobre las siete de la tarde, veo a mi tía sentada a la mesa de la cocina, esperando. Esperando. A las ocho habría apagón −hasta la madrugada− y el fogón sin encender, la nevera vacía y un oficio de madre que no podía ser ejercido. (Cuando cortaban la luz también se iba el “gas de la calle”).&lt;br /&gt;En aquel momento su mirada no era de desespero, impaciencia o dolor; sino más bien de resignación, lento aprendizaje del suplicio. Al sentirse observada, salió del ensimismamiento y me contó que había venido el picadillo de soya a la carnicería, pero que la cola era infinita y que todo el barrio defendía su lugar con la chusmería imprescindible en estos casos. Me dijo que lo sentía, pero que no había podido sumarse a la multitud. No sabía cómo. (Apunto unos versos que me vienen a la memoria: “La efectividad del ritual sólo es posible / si la víctima se suma al jolgorio / de su muerte”).&lt;br /&gt;Yo tampoco sabía, pero era joven y debía aprenderlo. Quien tenga la integridad de sobrevivir sin inmutarse a la humillación de batallar por una cuota de comida, podrá sobrevivir a casi todo. (Después, al cabo de 5 años y ya graduada, retornaría a vivir a un solar de la Víbora en donde aprendí a ponerme la chancleta con una facilidad que aún la conservo.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día fui la heroína de la casa. Comimos la insípida ficción que nos ofrecían en la oscuridad del apagón. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suspendí mi primer examen de Latín.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-8022850423240911480?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/8022850423240911480/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-habana-todo-color.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8022850423240911480'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8022850423240911480'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/11/la-habana-todo-color.html' title='[25] La Habana a todo color.'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TNLlTR4HLSI/AAAAAAAAAP8/3FPp9CQj2WM/s72-c/1698234465_cd815a11e0_b%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-1256946148684307374</id><published>2010-10-26T18:24:00.006+02:00</published><updated>2010-10-27T20:44:51.893+02:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TMhzF-KsSjI/AAAAAAAAAPk/ZIFE39E-7bo/s1600/Mundo%252520Manos.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 229px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TMhzF-KsSjI/AAAAAAAAAPk/ZIFE39E-7bo/s320/Mundo%252520Manos.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5532798688649038386" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le he pedido este texto a George Gautier (el "Yoyin") porque leyéndolo, sentía que dialogaba conmigo de alguna manera. Yo, que últimamente ando vestida a toda hora con la "camisa blanca" de los recuerdos, siento, en cambio placer poniéndomela y quitándomela lentamente ("me quito el rostro y lo pongo encima del pantalón" - diría el Silvio de aquellas canciones que valía la pena memorizar). Para el Yoyi, recordar es como pasar ese coágulo imposible por el corazón. Y sobreviene el dolor. El infarto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy me puse la camisa blanca de ir a trabajar y por unos segundos, mi memoria sádica me llevó al mismo momento en que me ponía una camisa similar para ir a la escuela. Por un momento pasé un susto terrible de haber vuelto atrás de pronto, es más, de que nada de mi vida actual hubiera sucedido. Temí despertar de pronto en un escabroso y sacudido año 88 yendo al tecnológico en la guagua 22, colgado de la puerta, sin nada en el estómago.&lt;br /&gt;En esos segundos me volvió a sacudir la inseguridad, la falta de esperanzas, la falta de amor, la ceguera inmadura de cualquier estudiante que solo quiere que pase el día para volver a ir a la playa, único sitio donde realmente me sentía en casa, en tierra.&lt;br /&gt;Para seguir leyendo, haz clic &lt;a href="http://lavidadenos-otros.blogspot.com/2010/10/la-camisa-blanca.html"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-1256946148684307374?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/1256946148684307374/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/la-vida-de-nos-otros_26.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1256946148684307374'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1256946148684307374'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/la-vida-de-nos-otros_26.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TMhzF-KsSjI/AAAAAAAAAPk/ZIFE39E-7bo/s72-c/Mundo%252520Manos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-8720031699820188574</id><published>2010-10-24T22:13:00.013+02:00</published><updated>2010-10-27T20:08:15.284+02:00</updated><title type='text'>[24] Viaje sin fotos (2)</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TMSmKJ6hrRI/AAAAAAAAAPE/8vFxsZ7uOzk/s1600/gargola2%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 280px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TMSmKJ6hrRI/AAAAAAAAAPE/8vFxsZ7uOzk/s400/gargola2%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5531728935708110098" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ya conté en otra ocasión, antes de partir a Francia y con la ingenuidad pretenciosa de una adolescente insular de apellido extraño, mi boca se abrió para decir que &lt;em&gt;quién sabe, a lo mejor podría encontrar mis raíces francesas&lt;/em&gt;,y en ese instante se llenó de insectos que construyeron su nido dentro de  mi cuerpo (¡y mira que siempre me habían dicho que “en boca cerrada no entraban moscas”!). Quienes me oyeron, seguramente “segurosos” −o sea, miembros de la seguridad del estado−, interpretaron que en aquellas raíces foráneas que pretendía buscar me quedaría a vivir, como el jinete sin cabeza, y no regresaría más a la isla, a mis raíces de ceiba o de algarrobo llenas de ofrendas a los orishas. Yo, que sin dudas pasaba por una “chica del montón”, fui el objeto del deseo -más bien "carne trémula"- de aquellos moscones que me circundaban, ofreciéndome sus amores pegajosos y sus bondadosas ayudas −me cargaban las maletas o me esperaban pacientemente cada vez que me detenía, despistada y curiosa, en las pequeñas tiendecitas de minucias y &lt;em&gt;souvenirs&lt;/em&gt;. No importaba que uno tuviese la edad de mi padre para tales proposiciones, u otro la impaciencia de un dóberman a flor de piel. Estaban en todas partes, disfrutando de su ubicuidad y facilidad para pasarse el bastón −que era yo− cada vez que uno se aburría o era despachado de mi lado con una grosería. Las mujeres -que eran minoría- cubrían los momentos de intimidad femeninos: si iba al baño me acompañaba alguna, tan buena y maternal, como para no cuidar mi puerta; otra me diría que el vestido me quedaba pintado −asomada al probador de un gran comercio. ¡Eran 25 caras que veía hasta en la sopa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El colmo de toda aquella persecución fue el día en que me reuniría con la familia francesa que nos acogería. ¡Todo un día con una familia de raíces exóticas: &lt;em&gt;“ma mère”&lt;/em&gt;! Con cartel en mano, esperaba ansiosa a que los franceses me contactaran, y juro que fui feliz en el instante en que divisé mi nombre en un cartel ajeno y pensé que, por fin, me iría a respirar sola sin el mosquero que se desplazaba tras mis huellas. Precipitadamente besé a los franceses y me lancé hacia la puerta para escapar, pero a la salida, una urraca dio la alarma.&lt;br /&gt;Vino el jefe de la cuadrilla y habló con el padre de familia: “Hay un chico al que no vendrá a recoger nadie y, pobrecito, blablablablabla, ¿se podría ir con ustedes?”. Miré con una rabia de animal poseído al jefe −el viejo verde que unos días antes me había intentado seducir falsamente− y al joven con cara de carnero degollado casi a punto de llorar por no tener familia exprés, y monté un numerito de chiquilla egoísta ante los ojos atónitos de los franceses, para quienes era incomprensible tanta insolidaridad con el prójimo (muy lejana de cualquier manual del perfecto comunista). Dije casi gritando que por qué se tenía que ir &lt;em&gt;precisamente &lt;/em&gt;con nosotros, que se fuera con otras personas y que ya estaba hartaaaaa del convoy -hablaba en "clave": sólo él y yo sabíamos de qué se trataba. &lt;br /&gt;Al final, la familia francesa adoptó al huerfanito del tercer mundo y lo tuve toda la noche a mi lado como ese hermano antipático que te va halando las "motonetas" mientras caminas.&lt;br /&gt;A causa de su presencia, los franceses tuvieron que cambiar sus planes, y en vez de llevarme a su casa a cenar y darme los regalos que me tenían preparados −bolsas de ropa usada que seguramente donarían a Cáritas−, terminamos en un restaurante griego comiendo creps. Según me explicaron, no me darían la ropa porque era de mujer y no iban a venir ellos, capitalistas inconscientes, a romper la idealidad del igualitarismo cubano. Si no había trapos para el hermanito, tampoco para mí. No los volví a ver, porque esa noche se canceló toda posibilidad de empatía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que, mientras el resto de mis compañeras llenaron sus maletas de regalos −muchos solicitados directamente: artículos de aseo en peligro de extinción o medicinas de nombres desconocidos−, con los que la izquierda francesa intentaba soñar que otro mundo era posible -reposando su cabeza en almohadas de viscolátex-, yo tuve que conformarme con traer mi maleta prácticamente vacía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa tarde noche puse en orden algunas cosas: dada mi irritación, disfruté diciéndole a aquella familia "comunista" que fabulaba con la impoluta perfección de mi sistema social, que el pueblo de Cuba era INFELIZ y que prácticamente nadie se creía YA el cuento de la “buena pipa”; que la gente tenía hambre y que era más fácil ser comunista vestido de traje y con un mercedes recorriendo las calles parisinas que comiéndose una hamburguesa tras tres tristes horas de colas al sol. Eso lo decía, claro y alto, para que el seguroso me oyera. El chico aprovechó un momento de soledad y para mi asombro me dijo, con un profundo abatimiento, que aunque aquello fuera verdad yo no debería decir &lt;em&gt;eso&lt;/em&gt;. En realidad me estaba suplicando que no desbaratara sin conmiseración sus murallas de arena (dentro de las que vivía y con las que trabajaba) y esa angustia de animal acorralado me traspasó. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así tuve amigos a la fuerza, es decir, forzada y forzosamente −ya lo dijo Maquiavelo, si no puedes matar a tu enemigo, hazte amigo suyo. Como ya conté, me puse al tanto de este complot -y que temía fuera fruto de un delirio paranoico que habría que tratar llegando a la isla-, porque “el último de los mohicanos”, un joven “estudiante de derecho” de ojos azules hacia el que sentí real empatía, desenredó todos los cables con los que me habían estado atando y me mostró cada uno de los individuos que había "coincidido" conmigo en cada ocasión (¡mira que la Seguridad se inventa misiones de bajo costo para tener “contenido de trabajo”!). Aunque no llegó a confiar en mí como para “bajar la guardia”, al menos a su lado me sentía más a gusto, digamos que empecé a disfrutar de una cierta &lt;em&gt;ilusión de libertad.&lt;/em&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el viaje visitamos una fábrica de ensamblaje de televisores &lt;em&gt;Philips&lt;/em&gt; en las afueras de París. Fuimos recibidos por dirigentes sindicales pro−fidelistas (que nos hablaban de esa Cuba de ficción, apuntalada con sus propias frustraciones trostkistas, en la que no vivíamos nosotros- que nos explicaron las permanentes gestiones que hacían por mejorar las condiciones laborales −entre ellas, la creación de una preciosa guardería− y lograr igualdad de salarios para todos los trabajadores. Aquello seguramente nos sonaba a marciano: nuestros sindicatos sólo justificaban su existencia recogiendo la mensualidad de las MTT (Milicias de Tropas Territoriales) o debatiendo en Asambleas Generales los discursos de Fidel y, después del 94', obligando a los trabajadores a formar parte de las Brigadas de Respuesta Rápida. (Brigadas para dar palo y gritar groserías si a alguien se le ocurría lanzarse a la calle a protestar)  Así que, seguramente, nos compadecimos de los pobres obreros capitalistas, todo el tiempo en pie de guerra.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Comimos esa tarde en el “comedor de los trabajadores”, algo que pensábamos sería el sitio donde se hacinaba la masa obrera −los sótanos de &lt;em&gt;Metrópolis&lt;/em&gt;−, pero que ante nuestros ojos resultó ser como el restaurante de un hotel de primera, con aquel &lt;em&gt;self service &lt;/em&gt;que podía ser la representación más apabullante de la libertad: poder escoger, autoservirse sin que nadie restringiera las medidas con cara de nazi era como la conquista del libre albedrío. &lt;em&gt;La libertad guiando al pueblo &lt;/em&gt;había soltado la bandera y cogido una bandeja que llenaba y llenaba con todo tipo de alimentos que a la larga no podría comerse, y mucho menos guardar en una “jabita”.&lt;br /&gt; ¿Alguien puede imaginarse lo delirante que sería oír frases como: “¿y esto será lo que comen todos los días, o nos estarían esperando con un menú preparado para la ocasión?". Evidentemente nuestra precariedad cotidiana era tan grande que estábamos deslumbrados ante aquellos "lujos", que para los trabajadores no eran ni más ni menos que "condiciones de trabajo" logradas a fuerza de productividad, exigencias e incluso, huelgas. Estado de bienestar, con servicios públicos eficientes -como el acceso a la salud del que tanto presumíamos los isleños-. Un médico camagüeyano de la delegación me dijo al oído: “preferiría ser cola de ratón en Francia que cabeza de león en Cuba" y sostuvimos una larga conversación sobre sus condiciones de trabajo en el Hospital Provincial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para gran parte del grupo, el mundo era una pantalla de televisor &lt;em&gt;Krim&lt;/em&gt; (artefacto ruso ensamblado en la isla) con dos canales regulados por el estado: en uno se nos decía que “había que votar por todos” y en otro se nos entretenía con béisbol. Un mes después de nuestro viaje, el 26 de julio de 1993, se anunciaría la despenalización del dólar en la isla y comenzaría a canjearse la moneda a exorbitantes precios: desde 1 x 63 hasta 1x 120. Las tiendas empezarían a vender sus exiguas mercaderías “chinas” que nos parecían artículos de primera, y algunos años después llegarían los tv &lt;em&gt;Philips&lt;/em&gt; a sus estantes para los pocos afortunados que pudieran comprarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Recientemente supe que la empresa holandesa Philips había anunciado el cierre de aquella costosa planta que yo había visitado, amparada en la justificación de la crisis. En realidad pretendían radicalizar las políticas neoliberales ya puestas en vigor desde finales de los '90 y que habían provocado oleadas de despidos masivos. Ante esta nueva medida, los pocos trabajadores que quedaban en la plantilla “tomaron” la fábrica por 10 días y al final lograron conservar sus empleos.&lt;br /&gt;En las pantallas de los televisores &lt;em&gt;Philips&lt;/em&gt; de Cuba difícilmente esta noticia haya sido reflejada −y entendida− en toda su complejidad (más allá de una masa gritando y unos polícías dando palos), y mucho menos ahora que tantos trabajadores se irán a la calle sin que ningún sindicato ni huelga pueda frenar los despidos o negociar las indemnizaciones. Y esto en Cuba, que se ubicaba en las antípodas del neoliberalismo!. Los obreros de la fábrica de Dreux exhibían un cartel que decía: “¡Gagner contre les patrons c'est possible!”; los cubanos, en cambio, ya empiezan a hacer las asambleas para ver quién se queda y quién no, declarando de antemano perdida la batalla contra el único patrón posible: el Estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final de aquellas visitas a las fábricas o a otros sitios como la Universidad, nos reuníamos con europeos sedientos de "testimonios" de la Cuba real. En París VIII un estudiante de Hispánicas me preguntó si en Cuba había una dictadura. Fue la primera vez que alguien me lanzaba la palabra en la cara y me quedé sin aire. El “estudiante de Derecho” −el agente de la seguridad que me acompañaba−, respondió por mí: “Sí, en Cuba hay una Dictadura. Y se quedó unos segundos en silencio para rematar: "la Dictadura del Proletariado”. En el intervalo entre una oración y otra casi muero de asfixia. Alguien del grupo tiró a choteo el debate concluyendo: “en Cuba no hay una dicta−dura, chico, lo que hay es una dicta−blanda” (no recuerdo si a los franceses les pareció simpático esto). A la salida, alguien se atrevió a bromear con la que respondió: en realidad tú quisiste decir que lo que tenemos es una "dieta blanda", ¿no?. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro universitario nos preguntó que si la gente tenía “coches”; seguramente estaba informado de la proverbial falta de gasóleo de entonces. Esta vez respondió una dirigente de la Juventud Nacional. Dijo con sosegada seguridad que sí, ¡que claro que había coches!. Casi todos los cubanos tenían un “forever” parqueado frente a sus casas. Sólo nosotros entendimos el chiste: "forever” era la marca de las bicicletas chinas vendidas en Cuba. &lt;br /&gt;Como en "La vida es bella" hay cosas que sólo pueden ser explicadas y sobre-vividas con infinitas cuotas de humor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-8720031699820188574?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/8720031699820188574/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/viaje-sin-fotos-2.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8720031699820188574'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8720031699820188574'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/viaje-sin-fotos-2.html' title='[24] Viaje sin fotos (2)'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TMSmKJ6hrRI/AAAAAAAAAPE/8vFxsZ7uOzk/s72-c/gargola2%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5137445405029542992</id><published>2010-10-19T10:53:00.011+02:00</published><updated>2010-10-21T22:14:18.391+02:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TL1zCS5t3wI/AAAAAAAAAO0/JxZUSe3LV-A/s1600/Mundo%252520Manos%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 145px; height: 104px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TL1zCS5t3wI/AAAAAAAAAO0/JxZUSe3LV-A/s400/Mundo%252520Manos%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5529702400751689474" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi hermano me ha regalado estos fragmentos de su niñez para mi blog. Los comparto con mis lectores, desde la emoción de saber que un recuerdo puede ser un poderoso artilugio para resistir −aunque no sepamos muy bien hacia dónde nos llevan estos caminos de la “resistencia”.&lt;br /&gt;Siempre se nos ha dicho que para sobrevivir en el exilio había que atravesar el Leteo; ahogarse en sus aguas, y renacer en la otra orilla sin la pesada carga de los recuerdos. (Tomarse "la coca-cola del olvido", dice una canción de salsa). Yo me niego a esta operación de asepsia, por demás consumista. Yo no crucé el río −tampoco mi hermano− con la promesa de nadar por aguas sin pasado, límpidas, incontaminadas. Mis días no son más luminosos desde que recupero mi infancia con las palabras del presente, y construyo esa ficción del pasado que disfruto para saber que cada cosa está en su sitio: técnica mixta de recorte. Pero tampoco son menos luminosos −como algunos amigos me han sugerido.) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo demás, no siempre estaremos bajo tierra, hermano. Un país no puede ser un cementerio tan vasto, tan desolado.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para leer "Somos más que 33",haz click &lt;a href="http://lavidadenos-otros.blogspot.com/2010/10/naci-en-el-66-llamado-en-cuba-ano-de-la.html"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5137445405029542992?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5137445405029542992/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/somos-mas-que-33.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5137445405029542992'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5137445405029542992'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/somos-mas-que-33.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TL1zCS5t3wI/AAAAAAAAAO0/JxZUSe3LV-A/s72-c/Mundo%252520Manos%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6752574547921631488</id><published>2010-10-17T16:06:00.023+02:00</published><updated>2010-11-21T13:51:39.895+01:00</updated><title type='text'>[23] Viaje sin fotos</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLssXA7PMUI/AAAAAAAAAOU/H3tVI0WsW10/s1600/paris_gargola_3_g%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 267px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLssXA7PMUI/AAAAAAAAAOU/H3tVI0WsW10/s320/paris_gargola_3_g%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5529061741424488770" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primero de mayo de 1993 cien cubanos maquillados con la ansiedad subían las escaleras mecánicas del aeropuerto internacional “José Martí” de La Habana, muchos por primera vez. Por primera vez unas escaleras mecánicas, un aeropuerto, un avión, y algunos, quizás, por última. &lt;br /&gt;       &lt;br /&gt;Yo sería una de aquellas cien piezas que volaría con destino a Francia dentro de una delegación diversa, con nombres conocidos de la cultura y la política cubanas; con unos 25 segurosos, y con gente de muy diverso origen: un machetero sobrecumplidor que le costaba entender qué hacía en la ciudad de la luz -y que en unos de los paseos nos enseñó, orgulloso, un retrato que se había hecho con el mismísimo Michael Jackson, y que cuando le explicamos que se trataba de un imitador casi regresa a matar al individuo-, estudiantes de varias universidades del país, obreros, "gente simple", muchos que sencillamente hacían el nada heroico papel de cumplir con su trabajo y que por eso eran premiados, y otros que estaban 100 % comprometidos, no sólo con la Revolución, sino con la "lucha": la que aseguraba la posibilidad casi milagrosa de vivir en Cuba y poder viajar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo estaba en el grupo porque, como saben los que me leen, era -para decirlo en buen cubano-, una "comecandela". Con el viaje premiaban todo mi desempeño pioneril de muñequita ventrílocua que, por suerte, tal parece que había sido programada con fecha de caducidad cercana: ya empezaba a estar "fuera de revolución" (o sea, ya se me empezaba a oír mal, lenta y ruidosamente) y una vez en la Universidad no se me oiría más.      &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi hermano fue a despedirme al aeropuerto y ya debíamos embarcar, aunque yo no me atrevía a despegarme; y venga otro abrazo, y venga una última pregunta, y todo porque le tenía un miedo atroz a aquellas escaleras con vida propia que no paraban de moverse tras mis espaldas y que presentía que me comerían los pies, y que poco a poco devorarían todo el cuerpo como un &lt;em&gt;alien&lt;/em&gt; mecánico. Hasta que tuve que girar y mirar al monstruo de frente y ascender, trastabillante y aterrada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ascender, creo que esa es la palabra que podría definir mi viaje a París con 17 años -aunque tenga una reminiscencia positivista que asusta. Sé que "ascendí" sencillamente porque, a mi regreso, descendí violentamente: creo haber sentido este descenso psicológico casi de manera física. Me caí en un abismo, en una abulia de la que tardaría en recuperarme. Desde el aeropuerto hasta mi casa, en Pinar del Río, transité por una oscurísima y desolada autopista en una "guagua" de lata a punto de desarmarse, y aquella oscuridad de montes sin pueblos y de pueblos sin luces me heló los ideales junto al frío de la madrugada. Tal fue mi desencanto con esa Cuba oscura a la que retornaba que intenté no regresar al preuniversitario con la excusa de que necesitaba redoblar los estudios, dada la cercanía de las pruebas de ingreso a la Universidad.&lt;br /&gt;Esperaban que hiciera públicas mis experiencias en un Matutino General y me negué rotundamente. ¿Qué decir que fuese políticamente adecuado y que, a la vez, no traicionara mis recuerdos? ¿Con qué palabras contar que, mientras mis colegas comían sopa de arroz, yo me tomaba un café en "Deux Magots" soñando con Verlaine y Rimbaud? Hay experiencias que no tienen equivalencias o traducciones, sobre todo porque aquello se salía del discurso memorizado, de todo esquema mental. Era la experiencia de haber vivido, por primera vez, una fractura con lo cotidiano. Tampoco hablé del viaje en mi aula de Letras. Pocos supieron, mientras veíamos en las diapositivas "La Libertad guiando al pueblo" de Delacroix, que yo había estado clavada frente al cuadro como hipnotizada, tratando de entender el valor de la muerte y de la bandera en una mano de mujer.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viajé con la certeza de que el 'afuera’ sería ese mundo hostil de motines y policías represores, o poblado de seres que debían vivir con la perenne culpa del Conquistador. Los europeos debían ser unos vampiros que se relamían las bocas después de chupar la sangre de esas “venas abiertas de América Latina” -salvo los que nos invitaban a Francia, claro- y que me podrían morder y ya para siempre convertir a su religión de gula y despilfarro (estas plagas estaban muy bien controladas en Cuba gracias a la miseria cotidiana). Iba preparada para ver las dos orillas del Capitalismo: la riqueza extrema y la pobreza extrema. El príncipe y el mendigo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi regreso, mis amigos más cercanos querían saber si había visto muchos pobres en la calle pidiendo limosnas; nadie preguntaba por la Venus de Milo auténtica y mucho menos por las gárgolas de Notre Dame: aquello era un adorno superfluo del viaje que podía leerse en cualquier manual turístico. Cuando les decía que había visto algunos indigentes, pero más bien pocos, zanjaban su descolocación con un “te enseñaron lo que les convenía”. Esto era en 1993. Ahora los niveles de indigencia en Europa han aumentado considerablemente. Y en Cuba ya casi nadie preguntaría esto; más bien intentarían comprender la insensatez de mi regreso. El otro tema predilecto giraba sobre la comida: qué, cuánto, cómo. Más que las texturas, interesaban las cantidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gigante maleta sin ruedas −y con remiendos hogareños− iba vacía de ropas (con la esperanza de que regresara llena), pero en sus espacios libres estaba muy bien acomodada la ansiedad que me generaba el viaje. En un pequeño manual escrito en mi memoria tenía algunas reglas paranoicas que justificaban mi espanto:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;1. No hablar con intrusos −cualquiera que se me acercara para entablar un diálogo podía clasificar en esta categoría. El ‘intruso’ podía pertenecer a una mafia de prostitución, y de repente, me vería exhibiendo mi delgado cuerpo en un miserable burdel de Bangkok. (A esa conclusión llegué cuando comprobé que mi mercadería no sería apetecible en Pigalle: aunque se viva en una isla no hay que tener delirios de grandeza) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Agarrar las maletas como si fuese un pulpo. La tira del bolso me la enrollaba en la mano, habiéndole dado antes una vuelta en el cuello, de tal manera que si intentaban arrancarme el bolso, o me ahorcaban o me llevaban con él. Por las calles de París, parecía una hiedra enrollada a mis pertenencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. No dejar nunca el dinero en el hotel, donde habría mucamas que lo registraban todo. Salir con él a cuestas pero nunca guardado en un solo lugar, sino disperso por varios sitios del cuerpo: por las piernas −me lo ponía dentro de las medias y bajo la plantilla de los zapatos− y en la ropa interior (y ¡ojo!, no dentro del sostén como las abuelas porque si me ponía un jersey de cuello alto, a la hora de pagar tendría que desnudarme y, más allá del espectáculo, podría pescar un resfriado). Durante todo el viaje fui una alcancía viviente, sin IVA ni tasas de interés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. No separarme del grupo. El grupo debía ser la prolongación de mi cuerpo. De hecho, subir las escaleras mecánicas del aeropuerto fue el último acto de soledad que hice; a partir de ahí dejé de ser una entidad para integrarme a la manada bulliciosa que ratificaba, a golpe de aullido, su identidad “cubana”. Como unos búfalos que pastan inofensivos pero que se vuelven temibles a la desbandada, cuando transitábamos por las calles de París arrastrábamos a los transeúntes con el sonido ensordecedor de nuestra algarabía. Y los franceses se molestaban, estallaban de la ira... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. No ir a los baños de los sitios que visitáramos -y mucho menos al del aeropuerto francés, sobre todo en el regreso−, porque una mano salida de no se sabe dónde, clausuraría la puerta y me quedaría para siempre perdida en Francia. (Los enemigos de la patria dirían después que me había quedado por voluntad propia, y que dentro del grupo de comunistas había una joven desertora). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las reglas ideológicas estaban almacenadas en otro lado de mi cerebro y trataba de no mezclarlas con éstas que eran de pura sobrevivencia, porque si no, podía enloquecer y pensar que en vez de un ladrón vulgar, quien me robaría la maleta podía ser un agente de la CIA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para estas reglas hubo su tiempo de aprendizaje. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unas semanas antes nos quedamos en un hotel de La Habana −también era la primera vez que pisaba un Hotel diseñado exclusivamente para turistas, con piscinas y karaoke y jineteras sentadas en las piernas de gordos italianos; la próxima vez sería cuando mi luna de miel−. Debo decir que fui feliz en aquellos días de vacaciones semilujosas que no llegaban a tener la extrañeza radical de Francia. Allí comíamos en un buffet libre y pude paladear un bistec sin la mala conciencia de estárselo quitando a mi abuela −el plato suculento de aquellos años eran las hamburguesas de “ave” −de averigua.&lt;br /&gt;Allí nos dieron las instrucciones políticas mientras íbamos consolidando nuestra pertenencia a la manada. Durante este tiempo nos llevaron a algunas fábricas en activo (sólo recuerdo a Antillana de Acero), a Expocuba −donde nos dieron infinitas explicaciones en torno a los logros de la productividad cubana−, y al Hospital Hermanos Ameijeiras. Y por las tardes nos aleccionaban en un aula improvisada: qué decir, qué responder si alguien nos “provocaba” en los variados encuentros que tendríamos. Nos explicaron con letra de molde cómo era el proceso electoral cubano − un año antes, en 1992 se había modificado la Ley Electoral y en el 93 andábamos con esa siquitrilla de votar todos por todos. Anotábamos cifras, logros, victorias, y reveses, también convertidos en victorias, todo para disparárselo al enemigo que nos agrediera. (Y en efecto, los “provocadores” no tardaron en aparecer, pero esto lo narraré en otra ocasión. Ahora ando por los preliminares.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de que nos reuniésemos en el Hotel Panamericano, tuvimos una cita en La Habana para proveernos de la pacotilla necesaria para viajar. En una tienda que almacenaba artículos de muy diverso origen, casi todos "decomisados" en el aeropuerto habanero, nos daban a elegir una de cada cosa que hubiese allí: un pantalón, una falda, un vestido, un par de zapatos -me tocaron unos tenis &lt;em&gt;reebok&lt;/em&gt; que me acompañaron por muuuuuchos años-, un juego de ropa interior, un, un, un. Hasta bisutería: pedí un hermoso brazalete de alpaca y nácar que aún conservo, e imagino el dolor de la persona que lo traería como regalo y que le fuera quitado a su entrada en Cuba, quién sabe por qué razones. También me "dieron" una redonda y rosada caja de talco &lt;em&gt;Dior&lt;/em&gt; -no podía explicarme cómo no había sido robada, quizás porque el talco no "resolviera" mucho o porque no se sabía demasiado de marcas en aquel momento- y un perfume, un jabón, un pote de champú, un, un, un.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Gracias a esta "compra" de artículos usurpados, cuando camináramos por las calles francesas nadie descubriría que, en realidad, dentro del grupo había una estudiante matancera que, según nos dijeron en las presentaciones oficiales, se había enrolado en las BET (Brigadas Estudiantiles de Trabajo) a pesar de no tener zapatos para trabajar en el campo. Y sin zapatos trabajó y por eso la premiaban con la ciudad de los famosos zapatos de Christian Louboutin... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De ese, mi primer viaje fuera de la Isla, no tengo ni una sola foto que mostrar. Me negué a llevar al país de la luz la cámara rusa de mi padre que pesaba una tonelada. Pero tengo recuerdos emocionales, reminiscencias de sabores y olores que, de todas formas, no hubiera podido retratar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continuará&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6752574547921631488?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6752574547921631488/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/viaje-sin-fotos.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6752574547921631488'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6752574547921631488'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/viaje-sin-fotos.html' title='[23] Viaje sin fotos'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLssXA7PMUI/AAAAAAAAAOU/H3tVI0WsW10/s72-c/paris_gargola_3_g%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-2720833531566619663</id><published>2010-10-12T19:21:00.010+02:00</published><updated>2010-10-19T10:51:13.493+02:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLSudfyz5mI/AAAAAAAAANs/Klad6nACkUI/s1600/imagesCAC0DXKC.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 150px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLSudfyz5mI/AAAAAAAAANs/Klad6nACkUI/s200/imagesCAC0DXKC.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5527234464464496226" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(Unos fragmentos de la vida de Ena Lucía Portela, tomados de la entrevista “No me hagas preguntas capciosas”: Conspirando con Ena Lucía Portela, de Saylín Álvarez Oquendo) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pocos meses de estar en la facultad de Artes y Letras, con mi aire tímido y provinciano, mis bermudas &lt;em&gt;made in Pinar del Río&lt;/em&gt; y unos zapatos que mis compañeras de cuarto llamaban "los perros", porque ladraban de una forma estrepitosa cuando me los quitaba por la noche, conocí a Ena Lucía Portela. Ella estaba sentada en uno de aquellos bancos de madera de la entrada de la Facultad contando a los que la rodeaban que había tenido un disputa con algún profesor en torno a una pregunta ambigua o mal redactada, y había dejado el examen en blanco. Y allí estaba yo, para "meter la pata" hasta el fondo y decir, sin asomo de malicia: "uf, pero tranquilízate que estás temblando". Todos contrajeron los rostros y esperaron a que cayera la bomba. Ena me fulminó con una mirada gélida y me dijo: "Yo soy así, aunque quiera, no puedo dejar de temblar". &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El "trágame tierra" nunca fue tan invocado como en ese momento, sobre todo porque marcar la enfermedad ajena es, en nuestra cultura (occidental), el &lt;em&gt;non plus ultra &lt;/em&gt;de la indiscreción: se nos enseña a escamotear, a hacer invisibles, y a nombrar con patéticos giros a las enfermedades que nos rodean, como si no nos pasáramos más de la mitad de nuestros días conviviendo con virus, bacterias, y descompensaciones de todo tipo de nuestros imperfectos organismos. "Lo siento, le dije, no sabía nada".&lt;br /&gt;Pero inmediatamente la pálida muchacha recuperó ese registro desafiante que le conocería luego y apuntó: "¿Pero a que soy hermosa?. Yo me digo, lo tengo todo: soy inteligente, tengo unas piernas preciosas (y se subió un poco la falda para mostrar las pantorrilas) y tengo una cara perfecta. Eso, ¿no te parece que soy Perfecta?", y no supe qué responder porque, en definitiva, aquella era una pregunta retórica, o una retórica erótica que ponía en juego para desequilibrar el orden ajeno y recuperar el suyo. Y en efecto, Ena era "perfecta", no por las cualidades que había enumerado, sino por esa mordacidad con la que dinamizaba los ordenados escalones -y jerarquías- del Upsalón tropical. Era, dicho en buen cubano, una &lt;em&gt;tremenda imperfecta&lt;/em&gt; (justo lo contrario de lo que me preguntaba): alguien incómodo y que incomoda.&lt;br /&gt;Nunca nos conocimos, no intercambiamos meriendas como en las escuelitas primarias, aunque sí intercambié, más tarde, sus libros con mis colegas. Sospecho que hubiese sido interesante que nos hubiésemos conocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saylín Álvarez, una compañera de estudios con la que no pude llegar a conversar todo lo que hubiese querido -la vida en la beca era tan mísera que apenas tenía tiempo para regodearme en la amistad- entrevistó a Ena Lucía para La Habana Elegante y me he traído fragmentos de la entrevista porque encajan perfectamente con esa vida de nos/otros, tan paralela a la mía que nunca pudo cruzarse a pesar de caminar por los mismos pasillos y comer en el mismo comedor de "el Machado". La autora se explaya (acabo de descubrir que me encanta esta palabra)y se lanza directamente al mar de la explicitez y de la crítica, sin temor a ahogarse. Sospecho que esta entrevista dará que hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para leer la entrevista, &lt;a href="http://lavidadenos-otros.blogspot.com/2010/10/fragmentos-de-la-entrevista-no-me-hagas.html"&gt;pinche aquí&lt;/a&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-2720833531566619663?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/2720833531566619663/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/la-vida-de-nos-otros.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/2720833531566619663'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/2720833531566619663'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/la-vida-de-nos-otros.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLSudfyz5mI/AAAAAAAAANs/Klad6nACkUI/s72-c/imagesCAC0DXKC.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5987837979656546964</id><published>2010-10-11T15:46:00.013+02:00</published><updated>2010-10-27T20:06:24.483+02:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLNOdMQ7GuI/AAAAAAAAANk/pld6VfzBji8/s1600/DSC02321.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 300px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLNOdMQ7GuI/AAAAAAAAANk/pld6VfzBji8/s400/DSC02321.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5526847431129111266" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(&lt;em&gt;A Kasia y a sus padres que me recibieron cantando "Guantanamera", a Marcin por enseñarme otra Varsovia y a Olga, por sus recuerdos&lt;/em&gt;)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En estos días he vivido una experiencia singular en tierras postcomunistas: he visto cómo una ciudad puede renacer de las cenizas, una y otra vez. La Habana, arruinada y en ruinas, estuvo en mi cabeza todo el tiempo. ¿Es posible recuperar la dignidad tras tanta pérdida, a la par que la ciudad devastada?, ¿es posible convertir la estéril decadencia en una ancha avenida con cafés y paseantes?, ¿las viejas fábricas obsoletas en discotecas alternativas?. ¿Podré conversar nuevamente con mi madre mientras unto de mermelada de mango cubano una tostada, como mismo conversaba con una madre varsoviana mientras saboreaba su mermelada de frutos del bosque?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ciudad polaca ha recuperado el rostro propio que la homogeneización comunista intentara imponer, y poco a poco levanta su economía, con el claro precio de otro tipo de ideología y de homogeneización: la de los grandes imperios comerciales que, por momentos, te hacen creer que el mundo es un solo país lleno de establecimientos de Zara, H&amp;M o Mango. Cualquier ajenidad, cualquier idioma extraño se estampa contra las vidrieras de los comercios, y una vez que los traspasas y entras en sus dominios es como si transitaras desde España a Polonia en un laberinto atemporal: las chicas guapas te reciben con sus uniformes y maquillajes perfectos, tan parecidas a las dependientas del Zara de Galicia que por instantes puedes perder cualquier noción geográfica. Justo tres días antes estuve a punto de comprar un jersey en una tienda de Zara en Coimbra y ahora, en Varsovia, tenía en mis manos el mismo jersey, que inmediatamente llevé a caja, fulminada por la coincidencia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Transitar por algunas ciudades europeas es vivir en una permanente contradicción entre lo que nos han hecho sentir como ajeno -esas patillas exageradas del taxista que me llevaba al Hotel y que me hacían activar una paranoia de extranjera desaparecida- y lo que nos han hecho creer como "propio" y que, encima, agradecemos porque en cierta medida nos devuelve la confianza: nada como ver espejeada, en letras de neón, tu ciudad en otra ciudad. El caso es que uno no llega a saber muy bien si prefiere los pepinillos picantes o la hamburguesa de McDonald's; si lleva de recuerdo el folclor estandarizado, que los propios varsovianos no reconocen -una foto con aquel viejito organillero con su barba cana y sus polainas- o se decide por unos zapatos Camper tirados de precio. Por momentos se puede tener la certeza de que nada es "real", "auténtico", ni las cartas escritas por Chopin que se exhiben en copia digitalizada en el Museo y que se activan con la banda magnética de una tarjeta, mientras una voz te narra en inglés o polaco su contenido. Y del corazón, ni siquiera hablar: ¿qué adoraremos tras la urna que guarda el corazón de Chopin que no sea nada más allá de un símbolo, como las banderas o los logaritmos? Bienvenidos, como diría Zizek, al "desierto de lo real". &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las guías que nos enseñaba la Varsovia reconstruida, la Varsovia de colores peculiares, de paredes pintadas y plazas abiertas -una ciudad que es la copia de lo que fue y que se exhibe como ese lugar ahistórico por el que no pasó la II Guerra Mundial-, nos comentaba que la mano soviética apenas intervino en aquella rehechura de la Ciudad Vieja, solo una edificación fue reconstruida por los "hermanos" comunistas. Varsovia fue ese hueso duro de roer del Ejército Rojo y como tal, debía pagar su afrenta; aunque luego, con la impronta comunista, la ciudad viera aparecer algunas edificaciones de austera fealdad porque, ya se sabe, el hombre en el comunismo debía ser un arquetipo funcional ajeno a los placeres y al regodeo de lo estético burgués. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la guía supo que había una cubana dentro del grupo me contó cómo en los años 70-80 trabajaba con numerosos grupos de cubanos que visitaban la ciudad en intercambios oficiales. Cuando el grupo llegaba a las Catedrales, la mayoría se quedaba en las puertas desde donde oteaba la grandeza de los vitrales góticos; otros ni siquiera se asomaban. Algo parecido sucedía cuando de visitar el Castillo Real se trataba. Le decían continuamente que por qué los llevaba a tantas iglesias y palacios en vez de a las fábricas y a los barrios obreros. Disfrutando de la historia encajada como las bombas nazis en aquellas catedrales re-edificadas, me espeluzna reconocer que lo que dice la guía es cierto y que el temor irracional a la contaminación -o a la delación- nos haya estupidizado por tantos años. Le cuento que yo, que vivía a tan solo una cuadra de una Catedral, tampoco traspasé sus puertas ni por curiosidad hasta finales de los 90', cuando tenía 20 años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi al término de su explicación, nos contó una broma de la época comunista: "¿Saben por qué le llamábamos 'hermanos' a los soviéticos? Porque a los amigos se les escoge". &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso, detrás de la Varsovia globalizada o de la Varsovia local; de la Varsovia postcomunista, con taxistas que recuerdan a los de la Habana (que se tiran encima y te quieren llevar a toda costa), y empleadas de cafetería que aún no han encajado la era capitalista y te lanzan los platos como en el Coppelia; detrás de la Varsovia "marchosa", parecida a la Barcelona &lt;em&gt;underground&lt;/em&gt;, de la Varsovia cutre o refinada, la intelectual, la alternativa o la ecológica (con sus edificios tapizados por plantas); detrás de la Varsovia donde tomé tragos que no eran para mí, robados de la barra gracias a la maestría de quien me acompañaba (¡y que alguien me diga que los polacos y los cubanos no se parecen!), y bailé con la extraña sinuosidad que el vodka te regala; detrás de tantas Varsovias que aún no logré descubrir, quedan los amigos, esos que pude escoger en la fugacidad del "flechazo" y que me escogieron y acogieron con generosa hospitalidad, y también queda una especie de "estela luminosa" -como diría alguna canción kitsch comunista- en la que el abismo cultural se diluye por las razones que sean: ya sea por la sovietización que nos fue común o por la actual globalización, y en donde un abrazo significa exactamente lo mismo en un lenguaje corporal común. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Por cierto, durante mi estancia conocí a Olga, una lingüista de San Petesburgo que  lloró varias veces invocando a la "Kuba" en la que vivió durante los 70, y que a toda hora decía "siempre se puede más", burlándose del típico lema revolucionario. En un momento determinado se sentó a descansar y perfumarse con una esencia búlgara de rosas, semejante a la que mi madre usaba cuando yo era niña. Recordamos el redondo frasco de madera pintada con la tapa en forma de corona, y volvimos a tejer puentes en un &lt;em&gt;revival&lt;/em&gt; de identidades pasadas. Me regaló el perfume, y antes de que se desvanezca confío en que mi ciudad reconstruya su pasado y encuentre, entre las ruinas, su memoria histórica llena de "hermanos" y amigos; y sobre todo, sus olores plurales).&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5987837979656546964?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5987837979656546964/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/fragmento-de-la-entrevista-tzvetan.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5987837979656546964'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5987837979656546964'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/fragmento-de-la-entrevista-tzvetan.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TLNOdMQ7GuI/AAAAAAAAANk/pld6VfzBji8/s72-c/DSC02321.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-2910428359793557556</id><published>2010-10-04T11:58:00.004+02:00</published><updated>2010-10-19T10:52:57.421+02:00</updated><title type='text'>VAGÓN 204</title><content type='html'>"Sin patria pero sin amo" (enmiendo el verso: &lt;em&gt;sin patria pero con amo&lt;/em&gt;)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esos primerísimos días de enero del 59 en los que Fidel Castro grita a los cuatro vientos el nuevo proyecto de gobierno (y nación) que se impondría, siempre comparándolo con ese presente dictatorial que acababa de derrocarse, son muy útiles para entender el porqué de tanta adhesión, de tanto compromiso masificado. &lt;br /&gt;Este botón de muestra sacado del discurso del 4 de enero de 1959 en Camagüey estremece por su vigencia. En efecto, a finales de los 50' los cubanos no tenían "patria" y aquellos que podían, escapaban al extranjero; al concluir la primera década del nuevo siglo muchos siguen construyendo una patria en el exilio y los que se han quedado en casa, viven de la patria exiliada. De todo el fragmento de una espeluznante actualidad me quedo con la última parte: De Cuba, desgraciadamente, "no se van todos los que quieren, sino los pocos que pueden".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para seguir leyendo haz click &lt;a href="http://vagn204.blogspot.com/"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-2910428359793557556?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/2910428359793557556/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/vagon-204.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/2910428359793557556'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/2910428359793557556'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/vagon-204.html' title='VAGÓN 204'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-4058184269552699172</id><published>2010-10-03T14:49:00.005+02:00</published><updated>2010-10-27T20:05:22.945+02:00</updated><title type='text'>[22] Repasador particular</title><content type='html'>La historia de mi padre comenzó a los 40 años. A esa edad su vida empezó a contar para mí; a tener cuerpo ante mis ojos. Ignoro su pasado, solo pequeños recortes desprendidos del silencio y del recuerdo, y algunas fotos en las que un niño o un joven −que no es mi padre− sonríe. Muchas de las palabras y acciones que repetiría a partir de los 40 años hasta el presente (cuando con 75 ha tenido para mí una historia vital de 35 años), son reminiscencias de ese pasado que convive con él, anterior a mi vida. Esa obsesión por limpiar sus zapatos, por ejemplo. De limpiar, incluso, las suelas de los zapatos. A golpe de paño y constancia dejaba el camino cada día, subía al tren “lechero” que lo llevaba a la ciudad y, una vez en ella, comenzaba a transitar hacia ese futuro que habría de conocer yo, muchos años después (él, gracias al dinero de un tío solterón que fue su ángel de la guarda). Supongo que en el brillo de sus zapatos reflejara su futuro: un porvenir próspero derivado de una vida dedicada al empeño de superación y al trabajo. Mis abuelos confiaban que sus hijos (mi tía también estudió en la Normal) sacarían a la familia de la pobreza de aquellos años 50, y probablemente murieron con la certeza de que todo pasado seguramente habría sido mejor que ese presente en el que la comida era normada por la libreta de abastecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra obsesión de mi padre: economizar el espacio de los cuadernos o agendas, de la pizarra. Sus alumnos lo habrán visto desarrollar todo un problema matemático en el rectángulo verde, sin que haya tenido que borrar para dar espacio a nuevas soluciones. Todo estaba allí, escrito con minúsculos números. Al bajarse del tren, mi padre se limpiaba los zapatos y recogía el largo billete con los nombres de los pueblos del trayecto (Taco−taco, Las Martinas, Sábalo…). Aprovechaba el dorso en blanco para escribir las clases del día. Su pobreza lo hizo tenaz, y la tenacidad despertó un sentido de la resistencia que aún hoy le hace levantarse a las 5 de la mañana para limpiar sus zapatos y correr a escribir toda su clase en la pizarra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguramente por estas mismas dotes de dividir el minúsculo papel en notas y signos escritos con la limpieza impecable de la necesidad −borrar en un billete de tren seguramente era imposible−, quiso estudiar Arquitectura y otra vez, gracias al tío, matriculó en la Universidad de Santiago de Cuba, hasta que debió dejar los estudios transitoriamente, en cuarto año, y regresar a su pueblo para trabajar en lo que apareciese para ayudar a su familia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco tiempo después sería requerido como profesor de matemáticas en una escuela elemental recién instalada en los primeros años de la Revolución. Alguna vez me contó que en esos primeros años repartieron un par de zapatos por CDR y hubo una reunión para decidir quién sería el afortunado: el maestro de la escuela fue el elegido. Otra vez le activaron la obsesión de salvaguardar su futuro −ahora las conquistas de la revolución−, a base de trapo y betún. (Cierro los ojos y veo a mi padre, en la mañana del domingo, limpiando varios pares de zapatos de sus cinco “hijos”, para que fueran relucientes a la escuela. Cierro los ojos y lo recuerdo enseñándome, hace tan solo un año, unas sandalias deshechas con las que andaba por todo el mugriento barrio de Marianao, mientras me decía: “ya ni las limpio, no vale la pena”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquella escuelita de primaria conoció a mi madre, recién graduada de la Normal. La jovencísima maestra de ciudad, nunca despegada de la casa paterna, llegó a Guane con el temblor de la inexperiencia: allí se topó con mi padre, que en medio de una clase la sedujo al mostrarle cómo trazar una circunferencia perfecta a mano alzada.&lt;br /&gt;En los 60, mi familia paterna quiso abandonar el país, pero ya mi padre andaba ennoviado y se negó a exiliarse sin que mi madre lo acompañara. Desde entonces, en sus registros, aparecía aquella tentativa de traición que habría de frustrarle cualquier ascenso, premio o condecoración relacionados con una vida entregada al magisterio. Ningún coche, ningún viaje, ninguna medalla, ninguna condición de “vanguardia”. Mi padre se retiró de Educación sin que, ni siquiera, le dieran una bicicleta “Forever” que por los 90 daban hasta por reírle las gracias al dirigente de turno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante mi etapa en la FEEM me dieron una bicicleta para que pudiera trasladarme fácilmente de la Vocacional a la “Juventud Provincial” casi a diario. En la universidad, por haber obtenido un premio de literatura en el festival de aficionados de la FEU, me dieron otra bicicleta −o mejor, el derecho a comprar una bicicleta en 90 pesos, que tuvieron que pagar mis padres. En aquella ocasión, elegí una de hombre y se la regalé: volvió a obsesionarse con su cuidado y limpieza, como antes lo hiciera con el calzado. La bici era el nuevo futuro; le permitiría moverse por toda la ciudad para dar sus clases particulares -ilegales, pero cada vez más imprescindibles dada la mala calidad de la educación pública. En diferentes casas seleccionadas por su amplitud, se reunían unos cuantos adolescentes que abonaban y agradecían, con verdadero cariño, el aprendizaje. Con aquellas clases alternativas mi padre llegaba a sentirse verdaderamente retribuído y no sólo monetariamente: se dejaba el pellejo en las explicaciones y después me mostraba con orgullo cuántos de aquellos chicos habían ingresado en la Universidad.&lt;br /&gt;Gracias a aquel empleo ilícito sobrevivimos en los noventa hasta la actualidad −además de vender refrescos y empanadas en una feria durante el período más negro de los 90'−, y yo pude tener algún dinero para subsistir en La Habana mientras estudiaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, en una lista ordenada alfabéticamente, se anuncian aquellos oficios que podrán ser ejercidos de manera autónoma, pagando el impuesto reglamentario. El “cuentapropismo” podrá ampliar sus filas −de hecho, las ampliará ante el despido de medio millón de trabajadores−. Después de unas cuantas enumeraciones de “Reparador” (de artículos de cuero, bastidores de cama, de bicicletas, de bisutería, cocinas, colchones, equipos mecánicos, eléctricos y electrónicos, de máquinas de coser y equipos de oficina, de espejuelos, paraguas y sombrillas, de monturas y arreos, de fosforeras y enseres menores…), aparece en el número 126 el de “Repasador” (o sea, maestro particular), seguido de “Restauradores de juguetes y obras de arte”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi padre podrá oficializar su oficio de reparador de los desastres educativos acaecidos en la Isla en las últimas décadas, como el resto de los &lt;em&gt;cuentapropistas &lt;/em&gt;que apuntalan la vida diaria con remiendos y zurcidos. Sin embargo, teme más ahora la vigilancia y la tajada excesiva del gravamen estatal que antes la subrepticia ilegalidad. De todas formas, ya está muy viejo para andar en bicicleta por toda la ciudad y se ha ido convenciendo de que cuando los zapatos viejos se estropean y no admiten más suelas de repuesto, o sencillamente, pesan demasiado para sus cansados pies, sus hijos podrán enviarle los sustitutos necesarios, para que siga lustrándolos con placer y viendo cómo el futuro se refleja en ellos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-4058184269552699172?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/4058184269552699172/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/repasador-particular.html#comment-form' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4058184269552699172'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4058184269552699172'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/10/repasador-particular.html' title='[22] Repasador particular'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5099609070468785766</id><published>2010-09-23T14:04:00.004+02:00</published><updated>2010-09-23T16:21:41.761+02:00</updated><title type='text'>VOCES 2</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TJtFmGPWKGI/AAAAAAAAAMs/qcp62WpE9fc/s1600/000%5B2%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 309px; height: 400px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TJtFmGPWKGI/AAAAAAAAAMs/qcp62WpE9fc/s400/000%5B2%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5520082289084999778" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El segundo número de la Revista Independiente &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Voces&lt;/span&gt; ya ha salido y está colgado en la red para que se pueda leer. Hay que vocearlo, que de voz en voz se "corra la bola".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Índice: &lt;br /&gt;Miriam Celaya( 1 ) La Iglesia católica cubana y la oposición: un conflicto innecesario.&lt;br /&gt;Leo Felipe Campos( 4 ) Impresiones habaneras de un yuma a la deriva&lt;br /&gt;José Kozer( 6 ) Acta / Fábula / Satori&lt;br /&gt;Luis Eligio Pérez( 9 ) Ahora la Revolución es zen&lt;br /&gt;Enrisco( 11 ) Cuando alcanzabas tu definición mejor / Moscas contra el cristal Reinaldo Escobar( 15 ) La imagen del bosque, la identidad del árbol&lt;br /&gt;Guillermo Fariñas( 16 ) Con el abismo dentro (capítulo 3)&lt;br /&gt;Víctor Varela( 21 ) El texto imposible de representar&lt;br /&gt;Aung San Suu Kyi(24) Pajarillos fuera de las jaulas&lt;br /&gt;Yohani Sánchez (26) El saco de los inconformes&lt;br /&gt;Teresa Dovalpage(28) Posesas en La Habana (fragmento)&lt;br /&gt;Alexis Romay(32) 4 poemas de LOS CULPABLES &lt;br /&gt;Eric J. Mota(33) Guía introductoria a La Habana Underguater&lt;br /&gt;Ernesto Hernández Busto(36) Presentación de un libro no publicado en Cuba&lt;br /&gt;Chely Lima( 40 ) Loco en piel de cocodrilo&lt;br /&gt;Rafael Alcides( 41 ) Piedad para él&lt;br /&gt;Orlando Luis Pardo Lazo(46) Volabas en caballo blanco el mundo &lt;br /&gt;Edmundo Desnoes(48) Memorias del desarrollo (inéditas)&lt;br /&gt;Dimas Castellanos(43) Sindicalismo independiente versus actualización del modelo  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este es el link para leerla o descargarla: &lt;a href="http://www.scribd.com/doc/37994974/Voces-2-Revista-Cubana-Independiente"&gt;http://www.scribd.com/doc/37994974/Voces-2-Revista-Cubana-Independiente&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5099609070468785766?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5099609070468785766/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/el-segundo-numero-de-la-revista.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5099609070468785766'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5099609070468785766'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/el-segundo-numero-de-la-revista.html' title='VOCES 2'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TJtFmGPWKGI/AAAAAAAAAMs/qcp62WpE9fc/s72-c/000%5B2%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-3497318465451832171</id><published>2010-09-21T18:55:00.012+02:00</published><updated>2010-10-27T20:04:57.872+02:00</updated><title type='text'>[21] Las malanguetas</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TJjrVNCi6FI/AAAAAAAAAMk/y2vRKTqWvEQ/s1600/foto-2%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 299px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TJjrVNCi6FI/AAAAAAAAAMk/y2vRKTqWvEQ/s400/foto-2%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5519420092852660306" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;[Imagen del río Almendares plagado de malanguetas. Foto tomada de http://www.mappinginteractivo.com/plantilla-ante.asp?id_articulo=1621]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; (A Alina Quintana, con quien conversé sobre estos suplicios)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una planta acuática en Cuba que es una verdadera plaga para las presas y estanques. Es considerada una maleza de alta velocidad de crecimiento y adaptabilidad al ambiente y, cual si fuera poco, se trata de una especie exótica introducida en la Isla quién sabe porqué razones o para qué fines. Sus raíces van creando una madeja de putrefacción que convierte el caudal de regadío en un fangoso cieno donde apenas pasa la luz y el oxígeno. Poco a poco, van reduciendo la amplitud del estanque y su funcionalidad, van anulando la vitalidad del agua hasta transformarla en un depósito considerable de mosquitos, moscas y otras muchas plagas insulares. A veces, puede verse algún que otro ratón semiahogado sobre la pestilente alfombra. &lt;br /&gt;Nada se puede hacer para detenerla; como las serpientes míticas a las que le brotan dos cabezas al arrancarle una, no se logra nada con podarla: hay que desgajarla de raíz, arrancarla de cuajo. Para ello, hay que sumergirse en el estanque y con el agua a media pierna −e incluso, hasta la cintura−, y hundir la mano hasta dar con el nacimiento de la planta (una vez hecho esto el hedor se despierta y un tufo de descomposición invade la escena). Pero antes, hay que ponerse una vacuna contra la leptospirosis, pues puede haber riesgo de contaminación. &lt;br /&gt;Así sucede en el río Almendares, cubierto en ambas márgenes por la exuberante planta, y en la inmensa presa alrededor de la cual se asienta el Parque Lenin, que se vio amenazado de que sus suministros de agua quedaran paralizados por la voraz enredadera(acabo de &lt;a href="http://www.ucpeducamaguey.rimed.cu/sitios/agrisost/descargas/PDF/Enero%202005/1-Botanica%20Sistematica%20y%20Geobot%E1nica/ADELMOMONTALVANESTRADA/Montalvan%20Estrada-Trabajo.pdf"&gt;leer&lt;/a&gt; que en un ambiente contaminado el crecimiento de la malangueta es de un 2.4 veces mayor que en aguas no residuales). Y por cierto, la planta ha servido para comprobar los altos niveles de plomo, cobre, cadmio y zinc en el río Habanero, y catar las dimensiones catastróficas de la contaminación de una de las cuencas hidrográficas más importantes de Cuba (véase &lt;a href="http://www.uaemex.mx/Red_Ambientales/docs/congresos/TLAXCALA%202009/REVISTA/contaminacion/acervo/vol_21_3/2.pdf"&gt;aquí&lt;/a&gt;).&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Tal sucedía (¿o sucede?) en el estanque que abastecía de riego los sembradíos del Preuniversitario donde estudié por tres años. &lt;br /&gt;Cuando se dieron cuenta del poderío de la planta, nos encomendaron la misión de aniquilarla (previa vacunación masiva). Tuvimos que meternos en el estanque sin botas −apenas teníamos por aquella época unos tenicillos con las suelas reblandecidas por el asfalto caliente− y sin guantes. En muchas ocasiones, los profesores, encargados ese día de la brigada, no dejaban entrar a las mujeres a la laguna y nos quedábamos refugiándonos del sol de la tarde bajo los grandes bambúes, espantándonos los mosquitos y viendo cómo nuestros compañeros se sumergían en el agua. Recuerdo que para algunos, aquello era una prueba de virilidad y como tal lo tomaban; para otros, un refrescante entretenimiento. Pero para mis delgados compañeros de grupo −aptos para estudiar las ciencias exactas pero no para aquellos trabajos− podía ser un espanto, un asco. &lt;br /&gt;En otras ocasiones, debíamos hacer una cadena humana, pues las plantas extendían su dominio más allá de las riberas y quien se aventurara a ir más al centro debía tener un vínculo que lo protegiera. Con una mano nos agarrábamos, y con otra, nos pasábamos las plantas arrancadas hasta depositarlas en la orilla, donde las recolectábamos. Porque la utilidad desplazaba el sinsentido de aquella labor y nos daba ánimos: con las plantas secas se harían bolsos, sombreros, canastas, cuerdas, y −me recuerda un amigo− hasta zapatos. También servía para alimentar a los cerdos de la finca, los cuales, dada la escasez hasta de sobras, debieron renunciar a su salcocho de toda la vida. (No recuerdo el sabor de la carne, pero sospecho que no sería el mismo).&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Después de la jornada de trabajo, mojados hasta el tuétano −sobre todo mis compañeros varones−, regresábamos en caminata multitudinaria bajo el sol. Cinco kilómetros nos separaban de la escuela a la finca donde trabajábamos; cinco kilómetros que hacíamos a pie, por la carretera hirviendo y con el automatismo de quien sabe que no hay opciones ni soluciones para su cansancio (por suerte, era tanta la escasez de gasolina, que por aquella autopista apenas pasaban autos; de lo contrario seguramente habría habido algún accidente). Con diez kilómetros al día, no había menú que no fuera digerido: daba igual el boniato duro o el huevo verduzco de tanta hervidura, aquello podía saber a gloria. &lt;br /&gt;Alguna que otra vez fui al local donde, una vez secas las malanguetas, se tejían las cestas o las carpetas para libros. El resultado olía mal y cuando pasaba el tiempo adquiría un horrible color parduzco −y si la fibra no estaba bien seca podía podrirse y apestar aún más− pero nos gustaba porque era artesanal y nos redirigía a los orígenes, ya casi cercanos nuevamente ante tanta precariedad (volvíamos a la harina de maíz, al gofio; a los zapatos de yagua y al caballo como medio de transporte…). Recuerdo que un "Día del Educador" le regalaron a mi padre -maestro de gran experiencia y apasionada vocación- una carpeta hecha de aquellas fibras. La utilizó por muchos años -ya casi me avergonzaba de verlo con ella- y todo porque, como nos dijo aquel día, era la primera vez que le regalaban algo "oficialmente" como Educador: ese fue el presente que recibió al término de toda una vida de trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace tiempo, los ecologistas advierten de la nueva especie que ha plagado los ríos y estanques cubanos a partir del Período Especial: la voraz y enorme claria, cuya presencia ha desequilibrado los ecosistemas insulares. En una isla en la que, se supone, el pescado debería abundar en la dieta diaria, es increíble que haya que introducir una especie exótica para garantizar el consumo. Dicen que los babalawos están recomendando el pez, por ser de origen africano, para ofrendar a Eshu (Orisha que rige las manifestaciones de lo malévolo). Con los restos no comercializados de las clarias se hace, también, un pienso para los cerdos, cuya carne ignoro si conserva el sabor de antaño. &lt;br /&gt;Los campos, a su vez, están dominados por el marabú, otra maleza incontrolable de origen africano, también usada en la religión afrocubana. La exótica planta llegó a la isla hace dos siglos y su actual expansión es, obviamente, resultado del abandono de los campos y de la ineficacia de estrategias de prevención y fomento agrícola. Sin embargo, aunque el marabú ha convertido en improductivos los fértiles terrenos de la isla, al menos sirve, como la malangueta, para otros fines: con sus semillas se hacen hermosas pulseras y collares que los turistas compran en las ferias de artesanías como recuerdo del primitivismo caribeño. También, dicen, se utilizará para hacer carbón vegetal (Hace algunos meses el Periódico &lt;em&gt;Trabajadores &lt;/em&gt; -08/02/10- publicó un artículo consagrando al marabú: el carbón "producido sobre todo a partir de la madera dura del marabú, cruza los mares rumbo a puertos europeos"[...] "tiene mercado seguro en Europa para las cocinas dedicadas a los asados, pues el nivel de temperatura y sabor que aporta no puede ser sustituido por otras innovaciones tecnológicas, como, por ejemplo, el gas"). La filosofía que respalda tales desastres podría ser, quizás, "no hay mal que por bien no venga". &lt;br /&gt;Y aunque podría dejar un margen para la suspicacia del lector, quiero insistir en la ironía de este comercio: mientras en las acampadas y picnics europeos podrán encenderse las cocinas gracias a nuestro marabú, en las cocinas cubanas cada vez hay menos alimentos que cocinar, entre otras cosas, porque un porciento elevado de los terrenos de cultivo están desahuciados por las malas hierbas.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, con cestas hechas de malanguetas, abalorios para los turistas, carbón para las barbacoas europeas y ofrendas para los santos yorubas, se va mitigando la pobreza de cada día, mientras las ruinas -otra de las plagas incontrolables- se han apoderado de las ciudades cubanas (en la Habana solo el casco histórico y algunas zonas de negocio y turísticas se han salvado de la plaga que amenza con extenderse). Pero sin agua y sin tierras para cultivar no hay país que sobreviva, y sin &lt;em&gt;algo que derrumbar &lt;/em&gt;-como diría Arenas en &lt;em&gt;Leprosorio&lt;/em&gt;- tampoco hay progreso. Así que entre ruinas, clarias, marabúes y malanguetas anda el futuro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-3497318465451832171?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/3497318465451832171/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/las-malanguetas.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/3497318465451832171'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/3497318465451832171'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/las-malanguetas.html' title='[21] Las malanguetas'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TJjrVNCi6FI/AAAAAAAAAMk/y2vRKTqWvEQ/s72-c/foto-2%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-990250624475339529</id><published>2010-09-14T10:04:00.004+02:00</published><updated>2010-10-03T19:26:48.641+02:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS.</title><content type='html'>Hoy he recibido este correo de mi madre. Hace unos días le había pedido que me contara sus recuerdos de mi nacimiento y hoy me ha sorprendido con este regalo. Me he emocionado tanto que quisiera compartirlo con todos. Por supuesto que ella no se imagina que yo publicaría su correo, así que ¡guárdenme el secreto!.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;Al fin llegó el día 14 de septiembre! Quisiera estar contigo ahí para celebrar las dos juntas. Te podrás imaginar 35 años atrás la que pasamos las dos, tú por salir y yo porque salieras. Cuando llegaste, lo único que pregunté fue si estabas sana y completa, lo demás no me interesaba, pero cuando te pusieron al lado mío lo único que pude decir fue ¡QUÉ LINDA!. Tu padre afuera esperando, aunque él te vió primero que yo por la osadía de una alumna de medicina (que fue primero alumna de los dos) y que casi le cuesta el título por haber salido, loca de contenta, a enseñar a Mirtica y ahí se quedó tu nombre (Me acota tu padre que abuela Modesta estaba junto a él y por supuesto abuelo Ismael se quedó en casa sentado en un sillón con una mano pasándose por la frente, la otra en el corazón y los ojos cerrados en una oración). Nunca se me olvidará que tenías, entre ceja y ceja, un rojo muy grande que todos pensaban que era un lunar de sangre, tan temido porque afea al que lo tenga, pero a mí eso no me interesaba: estabas ahí sanita y mirándome sin ver, pero yo me hacía la idea de que me mirabas. Luego el tal lunar fue la marca de tener la mano apoyada ahí parece que por mucho tiempo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Maternidad te cuento que la sala estaba abarrotada de mujeres paridas con sus pequeños y hasta en los pasillos había que poner camas. En el caso tuyo, la cunita estaba en el pasillo que conducía a los baños y a los desperdicios de tantas mujeres y niños recién nacidos. En una palabra, asqueroso. Todos los depósitos pasaban por encima de tu cunita porque estaba situada de tal forma que había que levantar y pasar los cubos y cubetas por encima y yo, aterrorizada, te cubría la cuna con una colcha pero eso no bastaba. Entonces llamé a Manolo y le dije que me quería ir, figúrate yo casi acabada de dar a luz, y aún así me levanté y cuando pasó la visita del médico pedí el alta.  Pensé que era salir y ya, pero no, estaba equivocada, después que tenía preparadas todas mis cosas, me dicen que antes de irme tenía que recoger todo lo que me habían dado (sábanas, almohada, colcha, toallas, etc) llevarlo a la administración y entregarlo personalmente. Con lo débil que estaba cargué con el bulto y cuando estaba por el pasillo, el mundo se me fue y me dió una fatiga. Por unos instantes perdí el conocimiento, pero en el ajetreo de Maternidad nadie se dio cuenta. Cuando pasé el desmayo, no dije nada y seguí camino a la Administración. Figúrate, ya yo tenía el alta y para atrás no podía, ni quería volver, así que me fui. Por suerte cuando llegué a casa todo cambió y bastó para sentirme bien. Ahí está la foto cuando fui a enseñarte a Mari y a Berta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del parto, te cuento que fue difícil y se me presentó algo que después yo intenté averiguar pero nadie me lo dijo. El médico, ignoro la causa, se asustó mucho y mandó a preparar urgentemente el salón cuando ya yo estaba en la cama de parto. Pero yo había comido (me regañó mucho por ello), porque yo había estado todo el día allí y estaba muerta de hambre. Me preguntó por el grupo sanguíneo y le contesté que O +, y se asustó y me mandó a sacar inmediatamente la muestra. Recuerdo que se llevó las manos a la cabeza como si no supiera qué hacer: yo, entre dolores y asustada, pensé que no saldríamos con vida de allí. Entonces, alguien me empezó a empujar la barriga desde el esternón y con una fuerza que saqué no sé de dónde y a petición de que pujara -que yo no supe de pujos pues ni los sentí- entonces saliste tú normal, sin problemas. El médico dijo que en cantidad de años que llevaba trabajando (el se graduó en los primeros años de revolución) nunca se le había presentado un parto así y dijo los términos científicos que yo no grabé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de esto a ti te llevaron para la sala neonatal para hacerte el reconocimiento general de tu estado y de 10 puntos te evaluaron con 9 y pico largo, (mira a ver en la tarjeta que te pusieron en la mano y que tú te llevaste, si están lo puntos) Al otro día por la mañana, te pusieron en la cunita al lado mío para que te empezara a cuidar y después vinieron a bañarte y todo normal. &lt;br /&gt;De chiquitica no tuviste complicación. Eras extreñida al extremo, para hacer la caquita te teníamos que poner un pedacito de supositorio y siempre hacías la caca fuera del pañal y nunca tuve que lavar pañales con caca. Eso sí, siempre regurgitabas el alimento. Yo te daba de mamar y podía tenerte en mis brazos sacándote el aire como se hace siempre como una hora y cuando te ponía en la cama, venían los buches y te quedabas ahogadita, por eso es que tuvimos que buscar una cunita del tamaño más chiquito que cabía por las puertas y lo mismo estabas en la cocina que en el portal porque no se te podía dejar sola. &lt;br /&gt;Varias veces tuve que salir corriendo, pues se te iba algún buche y te quedabas como aturdida. Llamaba a Mari [una vecina médico] y venía corriendo por la escalera de atrás y te zarandeaba o te colgaba de los pies. Un día estabas completamente ahogada, morada ya, y cuando te miro bien, me doy cuenta de que la cadena del tete te tiraba del cuellito; era que te habías tragado el chupete y te obstruía la respiración. Halé con fuerzas la cadena sin pensar si te haría daño y pudiste coger aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del cunero me acuerdo que el mosquiterito que te puse , te lo tuve que quitar pues con los bracitos en alto lo agarrabas y te lo llevabas a la boca, cosa no común.&lt;br /&gt;De niña cuando empezaste a hablar, cuando papi te cuidaba, no sé a quién le oiste decir "coño" y lo repetías todo el tiempo, entonces papi le puso a tu muñeco preferido "Antonio" para que te olvidaras de la palabra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mamaste los tres primeros meses y me acuerdo que cuando empecé a trabajar, porque ya se me había vencido la licencia, a veces estaba dando clases y se me derramaba la leche y tenía que ir corriendo a darte de mamar; por suerte yo estaba cerca, en la Tomás Orlando Díaz y eso era en enero. Después más grandecita tus juguetes en la cuna eran mis libros y mi mano para tranquilizarte pues siempre tenía que estudiar o preparar clases, y para poder hacer las dos cosas, no me quedaba otra opción que hacer esto. Hasta que cuando tuviste un año yo pasé a dar clases en la escuela nocturna y estaba todo el día en casa, así te podía atender y cuando me iba se quedaba tu padre al cuidado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordando, abuelo siempre te dormía en el portal al solecito, te pasaba el dedo por el entrecejo y enseguida te quedabas dormidita. También te mecíamos en el columpio y yo te hablaba todo el tiempo porque me habían dicho que desarrollaba la mente; no importa que no entendieras, pero te quedabas tranquilita, embelesada. Quizás por eso te encantó siempre el columpio. Pasabas casi todo el día en él, y ahí desarrollabas tus fantasías, pintabas, garabateabas y decías que habías escrito poesías para mamá y otros.  &lt;br /&gt;Bueno, ya se me acabó la musa. Le pedí a tu padre que te escribiera él también; a ver si te complace.&lt;br /&gt;No te he podido mandar las fotos que me pediste porque las pilas recargables son muy viejas y se descargan muy rápido. Cuando puedas, mándame otras. Acuérdate de la dieta del vinagre de manzana que a mí me está funcionando. &lt;br /&gt;Y no trabajes mucho hoy, pásatelo en grande.&lt;br /&gt;Te queremos mucho, mucho, mucho,&lt;br /&gt;MIMA Y PIPO&lt;/blockquote&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-990250624475339529?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/990250624475339529/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/la-vida-de-nos-otros.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/990250624475339529'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/990250624475339529'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/la-vida-de-nos-otros.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS.'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-11641440348029763</id><published>2010-09-12T11:24:00.004+02:00</published><updated>2010-10-27T20:04:02.177+02:00</updated><title type='text'>[20] De cumplimientos y sobrecumplimientos</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIyc7MGb0aI/AAAAAAAAAMU/cO9HoXl40MQ/s1600/estadisticas_graficos2%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 138px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIyc7MGb0aI/AAAAAAAAAMU/cO9HoXl40MQ/s200/estadisticas_graficos2%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5515956184296444322" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cubanos tenemos fama de ser hospitalarios, algo que hemos aprendido y heredado de nuestras familias. De quitarnos lo que tenemos −y lo que no− para dárselo al prójimo. De recibir, con bombo y platillo, al amigo que se queda en casa −y segundos antes de su llegada, salir disparados a recoger los regueros, a hacer una limpieza rápida, y si no queda más remedio, a echar el polvo bajo los butacones… &lt;br /&gt;Aún me tengo que cohibir cada vez que viene un obrero a mi casa, ya sea el pintor o el reparador de la lavadora, para no brindarle un vaso de agua bien fría o una tacita de café. Cuando lo hacía, al inicio, me respondían con un rotundo “no” que me cortaba las buenas intenciones. Y aún así les decía: “pero si quieren pasar al baño o ponerse cómodos, están en su casa”.&lt;br /&gt;Ese empeño por “quedar bien” nos ha llevado muy lejos. &lt;br /&gt;¿Alguien tuvo que fingir alguna vez saberse la pregunta del maestro cuando, en la etapa primaria, algún inspector revisaba las clases? Teníamos un código bien ensayado: si levantábamos la mano derecha, nos sabíamos la pregunta. El maestro tendría luz verde. Si levantábamos la izquierda, entonces no éramos los más indicados para responder: sólo rellenábamos la escena. &lt;br /&gt;Estábamos bien coordinados a la espera de que algún día viniera alguna visita o inspección. Las cosas se complicaban para el pobre maestro si los niños −¡ay! los niños− con su espontaneidad, metían la pata. &lt;br /&gt;Recuerdo el día que tocó, por fin, que un inspector eligiera nuestra aula: ensayamos el código minutos antes. Lanzó la pregunta el maestro, pocos levantaron la mano derecha (muchos la izquierda) y señaló a Ana, quien respondió con titubeos y de forma incorrecta. Sin darme cuenta le solté un reproche: &lt;br /&gt;−¿Pero si no te sabes la respuesta por qué levantaste la derecha? &lt;br /&gt;−¡Porque me equivoqué de mano!, me respondió sin pensárselo dos veces. &lt;br /&gt;El aula se vino abajo de la risa y el inspector desplazó al maestro y nos dirigió un breve interrogatorio que debimos responder con caritas llorosas. Aquel cuento llegó hasta mis padres, que también pertenecían a la odiada raza de los inspectores de educación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En otra ocasión, colaron a alumnos de un grado más avanzado −entre los que estaba yo− en el grupo de segundo. Era una clase de matemáticas y recién empezaban a enseñar los productos. Como parte del teatro, la maestra dice que elegirá algunos alumnos al azar para comprobar si se han aprendido las tablas. Otra vez volví a meter la pata. Como estaba en tercero se suponía que ya me las sabía y no, le hice quedar mal, cancaneé sin parar. Lo peor fue que tuve que soportar la humillación de que los de segundo se burlaran de mi ignorancia. Al llegar a casa me castigué severamente: no salgo a jugar hasta que no recite las tablas.   &lt;br /&gt;Este desvelo por quedar bien, por aparentar ser mejor de lo que éramos se debía a la dichosa “emulación socialista”, al cumplimiento y sobrecumplimento de los planes. Nuestra escuela tenía que ser bien evaluada; los maestros tenían que aprobar al 100% de los estudiantes para no afectar los índices (aunque para ello tuviesen que repasar el examen el día antes), y contaminados con el entusiasmo de las centenas, debíamos tener 100% de asistencia y puntualidad, 100% de retención escolar, 100% de aprovechamiento, y de paso, medio grupo con 100 de promedio. Empezando por el aula y terminando en los talleres, empresas y fábricas, se inflaban las estadísticas, los resultados.&lt;br /&gt;En las etapas al campo, como Jefe de brigada, me enseñaron a bajar las cifras de cumplimiento pronosticadas para poder sobrecumplir fácilmente. O sea, nos poníamos como norma sembrar 10 surcos diarios, aún a sabiendas de que normalmente podíamos hacer el doble. Así, a la caída de la tarde, reportábamos 20 surcos por estudiante, con lo cual cumplíamos y sobrecumplíamos las normas y nos convertíamos en brigada vanguardia. De esta forma, repito, funcionaba la “emulación socialista”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran verdaderamente lamentables las &lt;em&gt;performances&lt;/em&gt; que se montaban en la Vocacional cada vez que venía un visitante. Un despliegue de &lt;em&gt;demostraciones&lt;/em&gt;, y no olvidemos que esta palabra viene de monstruo: los estudiantes se convertían en enanos de feria que exhibían sus dotes, sus habilidades. Aquel, que había estudiado varios años en una escuela de Arte, ponía su caballete como al descuido y, si le preguntaban, explicaba que todas las técnicas las había adquirido en un “Círculo de Interés” de la Vocacional; más allá, el cuerpo de baile mostraba sus coreografías y el grupo musical cantaba algunas canciones. Instrumentos y zapatillas se recogían hasta la próxima función: hasta que alguna delegación de visitantes extranjeros asomara su cabecita preguntona y otra vez a preparar el show.&lt;br /&gt;De todas aquellas mentiras, la que más me conmovió y repugnó fue el día que el Ministro de Educación de entonces (Luis Ignacio Gómez) visitó el IPVCE con todos los directores de Educación de provincias y de Vocacionales. Estaba en 12 grado y como miembro de la FEEM Provincial formé parte de la comitiva, no ya de recibimiento, sino que me integré a la nómina de los visitantes. Por primera vez hice todo el recorrido por la Vocacional contemplando las habilidades y mentiras de mis colegas con impertérrita vergüenza: mis amigos se mostraban, enseñaban sus números de circo. Pero lo que sin dudas fue contundente, como un mazazo en medio de la cervical, fue el almuerzo que nos ofrecieron. En un “ranchón” de madera que habían reconstruido rápidamente en la huerta donde trabajábamos (y preciosamente adornado), había mesas de varias decenas de metros a la redonda con varias decenas de alimentos variados. En unas, los arroces; en otra, las chicharritas de plátano, papa y malanga; en otra, las carnes: jutía, conejo, oca, cordero, cerdo; en otra, el pescado (de un cultivo acuífero que jamás de los jamases probamos). El director general explica −antes del “tropelaje” del “sírvase usted mismo”− que todos, absolutamente todos los alimentos que comeríamos, se producían en la finca de la Vocacional y que todos, absolutamente todos, eran disfrutados por los estudiantes (¡aquel día quedaba demostrado que las escuelas podían autoabastecerse!). Y vengan los aplausos, y el orgullo de pertenecer a una escuela Vanguardia, en la que pasaríamos los mejores años de nuestras vidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juro que no pude tragar bocado, apenas algunas cosas que picaba al vuelo, mientras el Ministro y su séquito se “apunchinchaban” con la comida que nos pertenecía. Deberé recordar que estoy hablando del año 1993, en pleno Período Especial; el año en que nos daban sopa de coles, boniatos duros y huevos hervidos. El año en que empezamos a ir a trabajar al campo para producir lo que el Ministro ahora se comía. &lt;br /&gt;(Ese día mis compañeros estaban felices: en el Comedor les habían dado arroz blanco con tres mini−croquetas de cerdo y una botella de refresco de “tropicola”).&lt;br /&gt;Y, como si esto fuera poco, el propio Director anunció, al término de la comida, que el postre nos lo comeríamos en la propia escuela, en un sitio habilitado para ello. El lugar elegido fue el Museo de Historia que, acristalado e impúdico exhibía, como joyas medievales, las bandejas de repostería fina (“confeccionadas en la dulcería de la escuela, y también, disfrutadas por nuestros estudiantes”), mientras algunas caras curiosas se pegaban al cristal, hipnotizadas y hambrientas.  A este circo final no me sumé. Ya era demasiado el rubor de mi cara. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días después, y con la incomodidad acumulada, fui a hablar con el Director: tenía que desahogarme. Por respuesta una simple pregunta: “¿Cuando tienes una visita en casa no le ofreces lo mejor que tienes, e incluso, lo que no tienes?”&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-11641440348029763?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/11641440348029763/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/de-cumplimientos-y-sobrecumplimientos.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/11641440348029763'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/11641440348029763'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/de-cumplimientos-y-sobrecumplimientos.html' title='[20] De cumplimientos y sobrecumplimientos'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIyc7MGb0aI/AAAAAAAAAMU/cO9HoXl40MQ/s72-c/estadisticas_graficos2%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-4714811539291868925</id><published>2010-09-10T13:03:00.010+02:00</published><updated>2010-09-11T23:41:46.552+02:00</updated><title type='text'>VAGÓN 204</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TH0DEH572EI/AAAAAAAAAL0/NOWywdHRCEk/s1600/foto+mirta%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 112px; height: 145px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TH0DEH572EI/AAAAAAAAAL0/NOWywdHRCEk/s320/foto+mirta%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5511564888347760706" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LUCES Y SOMBRAS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol de Cuba, esa estrella que &lt;em&gt;ilumina y mata&lt;/em&gt;, que agobia y abraza, ha lanzado sus dardos como dios heleno, cada vez que los endurecidos párpados han debido esperar jornadas enteras de arengas, discursos y letanías bajo el sol insular. Pero la luz proyecta insospechadas sombras. En el juego de posiciones y poderes, quien se sitúa de frente al sol −¿como Martí?− o de espaldas varía en rango, al menos simbólico. Como divertimento, quiero jugar con estas luces y sombras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1.&lt;br /&gt;El día 4 de enero del 59’, al comienzo del segundo discurso que Castro daría en su periplo hacia la Habana (en Camagüey), el orador declara sentirse abrumado ante tanto pueblo reunido, y por ello mismo lamenta tener que contemplar, a causa del sol que lo encandila, una masa sombreada. Quisiera ver las caras de los que lo observan con admiración, los gestos de euforia y aspaviento. Pero la luz no lo deja y dirige su discurso a un destinatario grupal que no logra distinguir: “Yo quisiera ver al pueblo, y la luz no me permite ver”, afirma. Eso sí, sacrifica su visibilidad en función de la imagen que de él, artífice histórico, puede ser capturada; una imagen lo suficientemente iluminada como para que recorra el mundo en las noticias: “A pesar de todo, brindémosles a los periodistas todas las facilidades, porque para eso hay libertad de prensa en nuestra patria (APLAUSOS); que ellos tomen sus películas…” &lt;br /&gt;La luz al servicio de las finas películas de celuloide. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces, el pueblo seguiría posando como una masa oscura al final de la foto (a pesar de que ese mismo pueblo tendría que derretirse al sol en las largas jornadas de trabajo o donar sus domingos a labores voluntarias  −“domingos rojos” en los que yo me levantaba a ver el cielo, pensando que sería de ese color).  El encandilado líder no vería jamás la realidad ante sus ojos; de regreso a la sombra de su despacho solo podía ver la utópica redondez de sus ideas −crecí escuchando aquella famosa frase de que las cosas pasaban porque Fidel no se enteraba de nada; porque tenía un estratégico parabán −funcionarios tamizadores de la luz− que le ocultaba la verdad. Poco después, la proclamada libertad de prensa también quedaría relegada a la sombra de la impostura, mientras la luz serviría solo para mostrar las breves −y autorizadas− instantáneas de gloria. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Casi 50 años después de aquel discurso, un amigo camarógrafo me comentó que, a pesar del ventajoso salario de los operadores de la “Mesa Redonda” cuando comenzó a emitirse, y de la simplicidad infantil de las tomas, muchos rehusaban este trabajo por el peligro siempre latente de enfocar, un día, lo que debía permanecer en la sombra: cualquier discusión inoportuna, cualquier desliz imprevisto o secreción inadecuada colgando de una boca envejecida… Para este tipo de imprevistos, o para espetarle a los disidentes, a los críticos o a los turistas de oscuras gafas, siempre ha estado a mano la frase de Martí: “El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la vejez, el azote del sol insular se convertirá en pretexto para concluir las arengas cada vez más pronto, como atajos necesarios para el cuerpo cansado. En el último de sus discursos −como Presidente−, el 26 de julio de 2006, explicaba: “No quiero extenderme, aunque podría hablar hoy de muchas cosas.  Vean lo que yo escribí −y como poeta iluminado, recita: 'El Sol se levanta minuto a minuto y sus rayos pueden hacerse insoportables'”. Después se refugiaría en la sombra de la enfermedad y la lenta recuperación, en la sombra verbal, y en la sombra del Poder, mientras cedía la luz, aparentemente, a su hermano, que llevaba años diciendo: ¡La luz, bróder, la luz!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIoVI8GTHZI/AAAAAAAAAME/yCqp03Z_6XE/s1600/images.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 165px; height: 168px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIoVI8GTHZI/AAAAAAAAAME/yCqp03Z_6XE/s320/images.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5515243936984276370" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, a pesar de que le otorgasen el mando, en el aniversario 56 del Moncada (celebrado en Holguín, 2009), Raúl se autoproclamaba una sombra; esa que vieron los que estaban allí reunidos, una sombra que hablaba y gesticulaba como si fuera el Presidente. En un acto fallido, o en inocente comentario de novato triunfador, o en perversa burla que avivaba los dobles sentidos, a la vez que advertía de su destino perennemente ensombrecido, Don Segundo Sombra afirmaba: “Pudiéramos empezar haciendo una pregunta por pura curiosidad personal […] a qué comprovinciano se le ocurrió ponernos el sol, aquí detrás, que a mí no me molesta, pero estoy seguro de que ninguno de ustedes me puede ver; verán, si acaso, una sombra: ese soy yo.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como una parábola, el sol insular es un azogue en el que se reflejan o proyectan las imágenes. Aquella primera vez el sol oscurecía la masa en éxtasis: Fidel debía ignorar al pueblo mientras hablaba -tal y como lo hizo periódicamente en aquellas infinitas jornadas de verbo inflado con martirio. Pero que el orador se encandile no le resta efectividad ni potencia al acto. Todo lo contrario, le permite el ensimismamiento… Lo importante es que lo miren a Él, y mejor aún si el sol se colocara como un halo detrás de la figura. (Si lo hubiese podido mover como parte del atrezzo, seguramente lo hubiera colocado allí). &lt;br /&gt;Otra cosa es que el orador, como Raúl, sea quien desaparezca de la mirada común de los que se congregan para idolatrar al César: se rompe el círculo de la adoración cuando sucede el eclipse. &lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIoVuQy_2zI/AAAAAAAAAMM/eHIIQoY7HBo/s1600/fidelcastroreflexiones%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 150px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIoVuQy_2zI/AAAAAAAAAMM/eHIIQoY7HBo/s200/fidelcastroreflexiones%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5515244578195626802" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Y ahora que, llevada de la mano por el juego de ilusiones ópticas o por el resplandor del verano, creía que el pueblo comenzaría a estar alumbrado, mientras sus conductores permanecerían en la sombra, vuelve a salir el ‘iluminado’ para advertir al travieso mundo −que en su ausencia ha seguido jugando con bombas− que el que &lt;em&gt;juega con fuego se quema&lt;/em&gt;, y como si fuera poco, descubrir que el modelo cubano ya no funciona ni en Cuba −ese que hace más de 30 años los propios cubanos ya saben que hay que darle golpes, como a un muñeco de cuerda para que siga andando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pueblo hace rato que ya no quiere morir de cara sol.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-4714811539291868925?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/4714811539291868925/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/la-luz-de-cuba-ese-sol-que-ilumina-y.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4714811539291868925'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4714811539291868925'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/la-luz-de-cuba-ese-sol-que-ilumina-y.html' title='VAGÓN 204'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TH0DEH572EI/AAAAAAAAAL0/NOWywdHRCEk/s72-c/foto+mirta%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-389825652171364680</id><published>2010-09-05T11:29:00.013+02:00</published><updated>2010-10-27T20:03:20.723+02:00</updated><title type='text'>[19] Preuniversitarios en el Campo: "Cuna de nueva raza" (II)</title><content type='html'>&lt;object width="480" height="385"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/2KD7xLpRN9I?fs=1&amp;amp;hl=es_ES"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/2KD7xLpRN9I?fs=1&amp;amp;hl=es_ES" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="480" height="385"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;("La nueva escuela" de Silvio R.)&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Tengo 15 años y hace solo dos semanas que estoy en la Vocacional. Los primeros días son intensos; incorporamos con rapidez un inmenso catálogo de caras. Los varones de 12 grado invaden en tropel los grupos de 10mo para estudiar los rostros nuevos, para catar los cuerpos recién enfundados en el uniforme azul. Nos observan −nosotras también los observamos−. Los profesores tantean la nueva hornada; los directores amenazan y explican el reglamento, el uso del uniforme: las medias altas y blancas por las rodillas, ningún sello o adorno estridente; ningún pelado o peinado extravagante. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ¡cataplum!, para la piscina. Acabo de cumplir los 15 años a sólo dos semanas de estar en la escuela y varios amigos nuevos me lanzan al agua, con uniforme y zapatos puestos. Casi me ahogo porque no sé nadar; uno de los lanzadores se da cuenta y se tira, también con el uniforme puesto. Escena romántica con rescate y sin beso. Me enamoré de inmediato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer fin de semana de pase celebré mis quince. Fueron modestos: no alquilé vestidos de princesas ni fotógrafo profesional; no posé en sets inventados, en bañeras de casas ajenas o sosteniendo un teléfono, como las fotos que el kitsch de aquella época había puesto de moda: la nueva economía del país no me lo permitió, por suerte. Ante mis reclamos, mis padres decían que no se sabía lo que iba a pasar y que había que guardar el dinero −todavía hoy siguen con esa filosofía, “porque uno nunca sabe”−. Aunque eso sí, mi madre me hizo algún que otro vestido con las telas de la casilla y compramos algunas cosas −zapatos, jeanes− a contrabando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde aquel septiembre de 1990 y hasta mi marcha, no se volvió a llenar la piscina de la Vocacional, aunque los próximos cumpleaños también los pasaría mojada; esta vez, con el agua de cubos lanzados desde los “aleros” −esos días era imposible ir a clases; me ponía a secar al sol y ya casi seca me lanzaban otro cubo, y no valía la pena esconderse: ¡siempre te hallaban!.  La piscina acumuló durante esos años el agua de lluvia; con el tiempo, el agua se puso verde y en aquel verde nacieron oleadas de mosquitos −aunque echaban y echaban las pelotitas de veneno− y murió alguna que otra rata que caía desprevenida al agua. La limpiaban −alumnos, por supuesto- y el ciclo volvía a empezar.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;A las pocas semanas de estar becados nos informan que veremos a nuestras familias y pisaremos nuestra casa cada 11 días. Se acaban, como por arte de magia, los buenos desayunos y las meriendas con las que nos habían seducido las primeras semanas. Un día encuentras unas bandejas encima de la mesa del comedor con mantequilla para untarle al pan y al otro día puede que no hubiese ni pan. Nos tiraron a la piscina del período especial con la ropa y los zapatos puestos y sin preguntarnos si sabíamos nadar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una amiga llora sin parar. No se adapta. Me despido con tristeza pero no le sigo: la Vocacional ya me ha seducido con sus pasillos de mármol y la promiscuidad de la convivencia: estoy rodeada de azules, se nos vuelve azul la mirada… Además, la ilusión por ser una futura estudiante de aquella escuela es formada desde años antes, en la secundaria, mientras nos preparamos para las pruebas de ingreso. Todos los sueños de entonces se encaminaban hacia allí. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De niña solitaria pasé, entonces, a ser una pieza de un engranaje inmenso que funcionaba con sorprendente exactitud: todos los horarios estaban planificados, todas las obligaciones preescritas. En los primeros matutinos generales daba la vuelta a mi cabeza para contemplar aquella ola que me tapaba y arrastraba a la orilla: éramos una inmensa masa sincronizada, todos semejantes en la distancia, todos acompasados, como cuando hacíamos aquellos “aplausos deportivos” que retumbaban el Anfiteatro. Por supuesto, estábamos solidificando el sentido de pertenencia a aquella especie de comunidad−nación que nos acogía y nos representaba (con sus fronteras, sus lindes, sus leyes, sus castigos y sus 4 pequeñas provincias en pugna), sin entender los mecanismos de cohesión que estaban detrás, y que aún hoy siguen funcionando, a pesar del tiempo y las distancias. Este ideal de homogeneización (que incluía hasta las chanclas de plástico para ducharnos, ropa de campo, jabones, las mismas libretas, los mismos lápices, etc) se fue resquebrajando por la falta de insumos. Aunque los padres seguían haciendo magia para procurarnos los zapatos negros y la medias blancas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, mi grupo era bastante variado; conozco por primera vez la multiplicidad: el ocurrente, que no para de idear chistes, de esconderme los zapatos mientras me duermo en los cinco minutos de descanso; los que secundaban al ocurrente y se prestaban para todo tipo de bromas; el “raro”, inteligente y solitario, del que todas huíamos por su proverbial desaseo (por decirlo suavemente); los bailadores, los “patones”; los serios, los “quemaos” o “tacos” (como le llamábamos a los más inteligentes); la ensimismada, la histérica, la gritona; las presumidas o 'maduras', el afeminado que debía soportar las constantes burlas de los varones de otros grupos… todos interfiriendo en el espacio vital de cada cual, en el carácter y los gustos, hasta olvidar a veces donde terminaba lo propio y empezaba lo ajeno. &lt;br /&gt;Al no tener demasiadas posibilidades de elección, debíamos fidelizarnos inmediatamente: pronto nacía el orgullo de pertenecer a la Unidad X (la 1 en mi caso) y al grupo X (me es imposible recordar el número), y había que responder por ello. Gritaríamos en los chequeos de emulación convencidos de que éramos los mejores… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de onceno grado pertenecería a la FEEM (Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media) a nivel provincial. Los que me conocieron por aquella fecha recordarán que tuve que triplicar los esfuerzos: faltaba mucho a clases y por la noche, durante el estudio, me ponía al día con las libretas de mis compañeros (algunos profesores eran muy tolerantes con mis ausencias). Pasaba los días en reuniones, coordinando actividades que no importaban a nadie, en inauguraciones de eventos o actos políticos disímiles... &lt;br /&gt;También visitábamos los preuniversitarios de la provincia y anotábamos los problemas de los estudiantes para discutirlos con el Director Provincial de Educación o con Fidel Ramos (el Primer Secretario del Partido), que siempre oían nuestras quejas, para luego decirnos que eran muy difíciles de solucionar, dada la situación que atravesaba el país… &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Conocí el caso de una alumna violada continuadamente por un profesor y por sus compañeros de clase (y supimos de este caso porque fue denunciado, aunque imagino que habrían muchos más); de algún que otro suicidio, fruto del acoso y la violencia. De alumnas que eran obligadas a pasarse un día entero lavando y planchando la ropa de los varones, mientras éstos asistían a clases (para menguar la falta, el director nos explicó que aquel oficio de ‘planchadoras’ era rotativo y que le parecía la cosa más natural del mundo, porque si no, ¿quién lo iba a hacer?). Conocimos estudiantes con fuertes contusiones en el cuerpo y algún que otro tajo que, sin embargo, decían que se habían caído por las escaleras. La mayoría de las denuncias eran interceptadas a medio camino: directores y profesores se encargaban de silenciarlas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los albergues despedían, invariablemente, un olor a azufre y a amoniaco, como si el diablo campeara por allí, porque no tenían los instrumentos de limpieza necesarios ni los líquidos desinfectantes. Muchas veces, revisando los albergues, descubríamos que eran prácticamente mixtos; que las parejas convivían sin demasiadas prevenciones. (Eso, tomando como patrón la férrea disciplina de la Vocacional, me descolocaba por aquel entonces). A veces era tanto el desorden, la mala dirección y los problemas de la convivencia, que éramos nosotros los que mirábamos hacia otra parte, tapábamos nuestros oídos y cerrábamos las bocas. ¿A quién decir que aquel modelo de escuela, "cuna de nueva raza" podía ser un desastre? ¿Quién podía oírnos?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En cierta ocasión llegamos a un “Pre” y nos percatamos de que todos los alumnos estaban formados en el matutino con los maletines al costado. Pensamos que saldrían de pase por alguna eventualidad. Al pasar inspección en los albergues, las colchonetas estaban dobladas y amarradas con sogas de mil nudos a la litera: aquello era un espectáculo desolador. En efecto, nos dijimos, se van de pase. Al llegar a las aulas, una tendedera surcaba el espacio: en ella estaban tendidas algunas toallas, camisas y hasta prendas interiores….&lt;br /&gt;Cuando preguntamos el motivo del pase a mitad de la semana, nos miran sorprendidos: aquella era su rutina. Todos los días bajaban de los dormitorios con los maletines recogidos, y la ropa debía secarse frente a sus ojos, mientras recibían las lecciones. Agobiados por los robos y por la imposibilidad de reponer las toallas o los uniformes −casi transparentes−, la dirección permitía tales costumbres.  Enmudecimos: sentí vergüenza de mi saya azul oscuro y de mis blanquísimas medias altas. Aunque reportamos los hechos, desconozco si pudo erradicarse el vandalismo en aquel “Pre”.&lt;br /&gt;(¡Y pensar que minutos antes había hablado en el matutino de consagración y resistencia; de los sacrificios que nos pedía la patria y del compromiso de estudiar en pago al privilegio de una educación gratuita! A partir de aquellas experiencias, me cuidaba mucho de hablar idioteces.)&lt;br /&gt;En algunas ocasiones nos colábamos en las aulas para inspeccionar las clases. Nunca olvidaré la pregunta con que un profesor de algún “pre” de Troncoso comenzó su clase de matemáticas: “¿qué es un cubo?”. Todos los alumnos permanecieron callados, tal vez sobrecogidos por la visita o porque no sabían la respuesta. Empecinado, repitió la pregunta. Nadie respondía. El Director de la escuela que nos acompañaba en la visita, enfurecido con el silencio del alumnado, se paró inmediatamente y avanzando hacia el frente, dijo: “¿pero cómo no van a saber  lo qué es un cubo?” Levantó el cubo de la basura mientras gritó a voz en cuello: “¡esto es un cubo!”&lt;br /&gt;Otra vez volvimos a enmudecer: esta vez sentí vergüenza ajena y comprendí que mi preparación “ipeveceana” nunca podría igualarse a la de los estudiantes que tuviesen que oír semejantes disparates. &lt;br /&gt;Por las noches aquellos preuniversitarios morían. Cada cual iba a lo suyo y una oscuridad casi absoluta se tragaba la edificación con los estudiantes dentro. Solicitamos a la UJC Nacional altavoces y equipos de música para alegrar las noches en el campo, pero nos fue imposible exportar el modelo de “recreación” de la Engels, con baile y multitud (el país estaba en crisis; no había música para todos). En aquellas ocasiones, dormía en una litera que sentía doblemente ajena, oyendo las ranas y sintiendo alguna fuga de agua en los baños. Echaba de menos mi ordenado albergue de la Vocacional, aunque por supuesto, extrañaba mucho más mi acogedora casa. Al despertar, sentía que aquellas provisionales compañeras me miraban con hostilidad: era la niña de ciudad, la “informante” de la feem, con uniforme demasiado nuevo y con la timidez de no haber “roto un plato” en su vida. (Francamente, trataba de no cuestionarme demasiado si realmente tenían algún sentido aquellos sacrificios de dirigente inservible, atada de pies y manos: cuando me lo preguntaba, podía andar todo el día deprimida.)   &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;A pesar de estos vagabundeos de dirigente; de los discursos y las arengas en escuelas lejanas, retornaba a la “Engels” para intentar poner orden a mi desordenada vida estudiantil y volver a reírme, despreocupadamente, con mis compañeros de aula. Aprovechaba al máximo las recreaciones, en las que bailaba como si no hubiese nada más importante en el mundo. Trataba de no figurar demasiado en mi propia escuela, siempre que me fuera posible (ya se sabe, “candil de la calle, oscuridad de su casa”). En ese aquí y allá viví mis dos últimos años de “pre”. Años en los que quedé completamente saturada de las organizaciones estudiantiles.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-389825652171364680?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/389825652171364680/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/cuna-de-nueva-raza-ii.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/389825652171364680'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/389825652171364680'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/09/cuna-de-nueva-raza-ii.html' title='[19] Preuniversitarios en el Campo: &quot;Cuna de nueva raza&quot; (II)'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-8803048761055970850</id><published>2010-08-31T15:22:00.006+02:00</published><updated>2010-11-21T22:19:51.105+01:00</updated><title type='text'>VAGÓN 204</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TH0DEH572EI/AAAAAAAAAL0/NOWywdHRCEk/s1600/foto+mirta%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 112px; height: 145px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TH0DEH572EI/AAAAAAAAAL0/NOWywdHRCEk/s320/foto+mirta%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5511564888347760706" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 4 de enero de 1959 el joven Fidel Castro hablaba sobre la libertad de prensa y la libertad de reunión y elección que habría en el país a partir de su triunfo. La lógica que explica es elemental: "solo cuando los gobernantes se han granjeado la enemistad de su pueblo, pueden concebir la estupidez, la injusticia, de negarles a los ciudadanos el derecho a reunirse". Subrayo este fragmento que cae verticalmente, como la famosa saliva del refrán, encima de la cara del Poder:&lt;br /&gt;Para leer el fragmento de discurso ampliado haz click &lt;a href="http://vagn204.blogspot.com/"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-8803048761055970850?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/8803048761055970850/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/vagon-204.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8803048761055970850'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8803048761055970850'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/vagon-204.html' title='VAGÓN 204'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TH0DEH572EI/AAAAAAAAAL0/NOWywdHRCEk/s72-c/foto+mirta%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6430817251092828081</id><published>2010-08-29T19:58:00.018+02:00</published><updated>2010-10-27T20:02:56.128+02:00</updated><title type='text'>[18] IPVCE Federico Engels: un viaje por el córtex de mi generación. (I)</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/THq930J_D6I/AAAAAAAAALU/WPqawLDtVJk/s1600/n69370555857_3193%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 150px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/THq930J_D6I/AAAAAAAAALU/WPqawLDtVJk/s320/n69370555857_3193%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5510925860632203170" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(Foto tomada de la página de facebook "&lt;a href="http://www.facebook.com/group.php?gid=69370555857&amp;ref=ts"&gt;Vocacional Federico Engels"&lt;/a&gt;) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De camino a casa voy conversando sin parar sobre mi etapa preuniversitaria. Quiero hacer este &lt;em&gt;post&lt;/em&gt; y tengo la ventaja de contrastar mis recuerdos con los de mi pareja; recuerdos que, salvo las diferencias de género o los nombres de la provincia y la escuela, son muy parecidos. Me asedia la sensación de haber vivido una vida seriada y de repetirme −ahora− en las sinapsis neuronales de los que, como yo, rememoran el tránsito: similares procesos de pensamiento, similares descargas químicas y códigos de análoga intensidad. En los pliegues del &lt;em&gt;córtex&lt;/em&gt;, mi generación abriga su aprendizaje y su memoria: grupales descensos al infierno, obsesiones en grupo, breves visitas guiadas por las tierras prometidas y análogos pasadizos para alcanzar la felicidad…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi todos los estudiantes cubanos de entre los 15 y 18 años cursan -¿o cursaban?- el preuniversitario en régimen de internado con pase semanal o quincenal. Las escuelas, edificaciones seriadas que poblaron el país, se situaban en las afueras de la ciudad y mientras en una media jornada se estudiaba, en la otra se trabajaba en el campo. Solo había un preuniversitario en la ciudad para enfermos y minusválidos; la otra alternativa era el IPVCE (Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas), con mayor rigor en la enseñanza, gracias a lo cual nos exoneraban de las labores agrícolas -o al menos eso pensábamos cuando entramos-.    &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi pareja, siempre más reacia que yo al coro y al clamor, define con dos palabras su vida en el preuniversitario: espeluznante y agria. Las dos se refieren a respuestas corporales, a sensaciones físicas enlazadas al encierro que sus neuronas hacen revivir: ese fragmento de memoria le convoca al horror y a la acidez, reacciones básicas de sobrevivencia cuando se detecta el peligro −el alimento contaminado, el espanto de la cacería. Él, que nunca aprendió a bailar y que prefiere la música baja en vez de los estridentes altavoces; que dado su temperamnento, no disfrutaba a plenitud de las grandes concentraciones en el Anfiteatro y que odiaba trabajar en el campo, no puede recordar esa etapa como feliz. Mientras conduce de regreso a casa dice “espeluznante y agria” casi sin pensarlo, y yo lo imagino por aquellos años a ras del tiro y sin la posibilidad de la huida. Enciende la radio poniendo fin a la conversación: prefiere oír canciones ajenas cuando conduce; ciertos viajes por los acantilados de la memoria suelen ser peligrosos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En silencio, voy ordenando mis recuerdos, aunque esas palabras no sean las que definan mis años de preuniversitario (soy incapaz de definirlos con dos palabras tan tremendas).  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Introito&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un principio fueron las pruebas de ingreso, los repasos previos con maestros particulares, los concursos… Después, la ilusión por entrar al IPVCE, por cambiar la falda color mostaza de la secundaria por la azul marino; por unirme en un engranaje más sofisticado de pertenencia y respuesta −aunque no todos tuviésemos esa conciencia. Por formar parte de una membresía cohesionada y gangosa que devolvía, como ganancia, el respaldo −o el rechazo− colectivo y las primeras andaduras fuera del alcance de los padres.&lt;br /&gt;Después, los ritos carcelarios −espeluznantes y acres−, los únicos que forman la experiencia coral y una subjetividad clonada. Y más allá de los ritos (y del hambre y del estudio), los subterfugios para alcanzar la felicidad, que por aquel entonces podían ser tan simple como encontrar buenos amigos y reírnos sin parar con las ocurrencias propias o ajenas...&lt;br /&gt;Algo importante: mis años de preuniversitario coincidieron con el comienzo del Período Especial. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cronograma (con más o menos variantes)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos levantábamos a las 6.30 de la mañana. A esa hora sonaba una alarma general que indicaba el fin del sueño, mientras los profesores de guardia iban albergue por albergue gritando a voz en cuello un “de pieeeee” infinito y pegajoso que, en muchos casos, les provocaba placer (era la mejor ocasión para desquitarse de las majaderías de las clases. En el alberggue de los varones ciertos profesores llegaban a levantar a puñetazos a sus alumnos, que se convertían, desde entonces, en pequeños hombrecillos humillados jurando desquitarse algún día.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Siempre intentaba dormir un poco más, aunque fuese tan solo unos minutos, pero ese intervalo bastaba para hacerme a la idea de por qué y hasta cuándo estaría allí. Ocupaba la parte de arriba de una litera y desde mi atalaya vigilaba el momento en que no quedara nadie más durmiendo: momento de lanzarme como un zombi y asearme y vestirme de manera enloquecida, mientras una amiga incondicional ayudaba a tender la cama. En el albergue femenino unos 60 cuerpos se abalanzaban frenéticos al baño para, en un tropel mañanero, lavarse los dientes, la cara y las intimidades que, hacía mucho rato, habían dejado de serlo. Una  hora después del “de pie” se acababa el agua y como yo llegaba tarde, casi siempre terminaba acudiendo a escasas porciones recolectadas la noche anterior en un "jarrito". &lt;br /&gt;(Las más presumidas se levantaban un poco antes para poder vestirse y peinarse con calma; yo, en cambio, bajaba a clase hecha un desastre, sin apenas mirarme al espejo. Cuando descubrí que con el pelo rizado me ahorraba el paso del peinado, no dudé en acudir a la peluquería del barrio a procurarme los rizos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después, había que correr al comedor para hacer la cola del desayuno: un refresco que consistía en agua con azúcar coloreada o sirope de fresa; después empezaron a dar “cerelac”, aquel preparado intragable y tan extraño como su nombre, y un pan pequeño y redondo de menores dimensiones que el que daban por la "cuota".(Hubo una etapa en que tuvieron que dar el pan partido a la mitad para que alcanzara. Con una retórica sacrificial explicaron en un Matutino General la necesidad de compartir el pan nuestro de cada día e inmediatamente tuvimos la ocurrencia de apodar el alimento como el "pan martiano", por aquello de "con todos y para el bien de todos"). Ese era todo el sustento de nuestra mañana, salvo que sacaran “algo” en la cafetería de la Unidad: unas “bolitas” de carne de origen dudoso o unos sorbetos destostados. Todo el mundo se congregaba allí; podía ser un espectáculo de empujones y trifulcas, de chicos fuertes apoderándose de la comida y repartiéndosela a sus novias o amigos. En el 93 las cafeterías cerraron, ya no tenían nada que vender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero antes de esto, y para seguir el estricto horario de un internado, formábamos en la plaza −con el desayuno apenas deglutido− para hacer el matutino. Cada grupo hacía una fila de menor a mayor y así, parados y aburridos, debíamos atender a la dosis de instrucción diaria. Cada semana le correspondía a un grupo. Varios estudiantes se subían a la tribuna para leer las noticias más relevantes del periódico, como si se tratase de un noticiario de titulares predecibles: “Noticias nacionales”: decía uno, y a continuación leía una nota en la que el Comandante inauguraba algún círculo infantil, algún plan de reforestación. “Noticias internacionales”: decía otro, y nuevamente se oía la palabra Comandante, ahora relacionada con alguna Cumbre, con algún alegato en defensa de la libertad y los derechos humanos; “Noticias Deportivas”: el partido de béisbol de turno, las “mulatas del caribe” −como se le llamaba al equipo de baloncesto femenino−: glorias todas de la Revolución; “Noticias Culturales”: más glorias y algún que otro “Comandante” enunciado por el medio. A veces, efemérides y celebraciones interrumpían la regularidad: el mal gusto ritualizado −y por ello mismo imperceptible− alcanzaba sus dosis más altas cuando un coro recitaba poemas patrióticos o una voz -la mía, a veces- cantaba canciones de Silvio. Lo "cheo" en estado puro, para decirlo en buen cubano. En otras ocaciones, algún "esquech" (sketch) ingenioso aireaba el tedio, y agradecíamos la risa, una de las principales armas con la que nos defendíamos de la rutina. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Este instructivo matutino terminaba, casi siempre, con un regaño colectivo de quien tuviese el cargo de “Vida Interna” (en mi Unidad, un negro descomunal que parecía más bien el portero de una discoteca ibizenca o un guardaespaldas profesional tras el que se escudaba, justamente, el Director, un pequeñajo retorcido, experto en vigilar y castigar). A veces, el dúo directivo subía a los infractores a la tribuna para que se avergonzaran y entonaran un &lt;em&gt;mea culpa &lt;/em&gt; por haberse escapado de la escuela o por haber estado practicando sexo la noche anterior en algún rincón perdido… &lt;br /&gt;Realmente muchos éramos los infractores, aunque no todos tenían la mala suerte de ser “atrapados”. En reiteradas ocasiones me fugaba para comer en casa. Siempre había que regresar antes del estudio por si pasaban lista o a las 6 de la mañana, para colarse en el albergue. Teníamos localizado el hueco de la alambrada por el que escapábamos. Lo arreglaban y a los pocos días, otro hueco “aparecía” y así sucesivamente. Pero, claro está, yo era una privilegiada porque vivía en la capital de provincia. Los del "interior" tenían que conformarse con los víveres ofrecidos en el comedor...  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre las 12.30 terminaban las clases de la mañana. En un cuarto de hora debíamos ir al Comedor, formar nuevamente los grupos y una vez que estuviésemos todos enfilados, nos pasaban a comer. La bandeja llenaba sus espacios con las escasas porciones de los alimentos que nos ofrecían: arroz precocido (con un olor a saco que lo hacía incomible), col hervida o sopa de col, o agua de chícharos, y mermelada de tomate o arroz con leche (con cerelac). A veces daban “arroz con suerte” (¡y había que ser muy dichoso para tener suerte!), que era un arroz amarillo con trocitos invisibles de perro caliente, pollo o cerdo. (Para una escuela de miles de alumnos mataban un solo cerdo y con él hacían el arroz amarillo. El color se lo llegaron a dar con pastillas de “multivit”, un complejo vitamínico de fabricación cubana con el que se pretendía amortiguar las carencias alimenticias. Por supuesto que con este aditivo solo lograban que la comida supiese peor, pues las vitaminas seguramente se perdían en el proceso de cocción). Y había días de fiesta, de “chequeos de emulación”, de visitas nacionales o internacionales −amigos de otros países a los que se les mostraban las bondades de nuestro sistema educativo−, días de tirar la casa por la ventana y de comer una rodaja de jamonada y un potaje más condimentado, o un muslo de pollo que veíamos con el asombro de una especie en extinción.&lt;br /&gt;Si habíamos sido de los primeros grupos en pasar a comer, entonces podíamos ir al albergue a consumir algún pan tostado con azúcar. Por aquella época no había ni mermeladas, ni leche condensada, ni miel, ni mayonesa para untar; por aquella época los que tenían una bolsa de pan tostado lo debían a que su familia había hecho acopio diario del pancito redondo que le tocaba a cada miembro durante la semana para donarlo al hijo becado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por las tardes, volvíamos a las aulas. Estábamos en el Pre de Ciencias Exactas, un modelo de escuela diseñado para sacar al país del subdesarrollo creando geniecillos que patentaran vacunas, artefactos, software de última generación… Recibíamos 11 turnos de clases al día (o sea, 8 horas de docencia repartidas en las dos jornadas), y en los equipados laboratorios de química, física o biología, nos preparaban para ser el futuro, sin contar con aquellos entrenamientos agotadores para los concursos: cada provincia tenía un IPVCE −el Federico Engels, de Pinar; Lenin, de La Habana; el Carlos Marx, de Matanzas…− y cada año se celebraba una “Olimpiada del Saber” en la que los “talentos” de las diferentes ciencias se batían −muchos ansiaban formar parte de la “selección”, la crème de la crème, que se veía recompensada con altas cuotas de popularidad y admiración.&lt;br /&gt;En mi último año se remodeló el proyecto, y por las tardes nos enviaban a trabajar en el campo para que la escuela se autoabasteciera de viandas y hortalizas. No mejoró nuestra alimentación aunque se nos llenaran de callos las manos. &lt;br /&gt;A partir de entonces, el modelo inicial de IPVCE sería cada vez más obsoleto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias a un profesor de Literatura, atípico en aquella escuela procientífica, pero muy necesario −era quien hacía los discursos que se debían leer en actos oficiales; quien ponía su pluma y buen gusto al servicio de la dirección para desempeños variopintos−, pude evadir la perfección de las ciencias exactas. Seguramente nunca imaginó lo que agradecería sus encuentros -no por el futuro, aunque también tuvo que ver con la elección de mi carrera, sino por ese presente en el que vivía. Creó un grupo de “Concurso de Español” y todos los exiliados nos refugiamos allí para analizar figuras retóricas o leyes de la gramática y para escribir lo que llamábamos “composiciones”, variaciones sobre un tema dado, generalmente con un trasfondo de patriotismo sentimental; aquello era lo más cercano que teníamos a la “creación”, pero lo agradecía. Había que buscar las brechas que el sistema ofrecía, los respiraderos…  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminada la jornada de la tarde −de clases o de campo− corríamos nuevamente al albergue para ducharnos. Otra vez tendríamos un horario muy corto para que todo el albergue pudiese beneficiarse de la intimidad de una ducha −en una hora y media cerraban los grifos−, por lo que la mayoría de las veces, debíamos bañarnos en “parte de delante” (decíamos “partealante”) o “parte de atrás” (“parteatrás”). Traducción: en la zona anterior y posterior de los baños había una especie de lavadero multiusos con una serie de grifos. Allí, agolpábamos nuestros cuerpos, desnudos y jabonosos, mientras nos echábamos agua con un “jarrito”: la compañera de al lado te restregaba la espalda, mientras otra se burlaba del jabón que te había caído en los ojos, o de las costillas que ya habían empezado a salir… −ya estábamos tan acostumbradas a ver cuerpos ajenos que se ritualizaba este amasijo “de cuerdas y tendones”. Corríamos semidesnudas por el albergue hasta llegar a nuestra litera y allí nos vestíamos con premura (otra vez el uniforme como otra piel) para salir nuevamente, a paso acelerado para el comedor.  Cola de los grupos enfilados, bandeja en mano, arroz precocido, sopa de col o agua de chícharos, y arroz con “cerelac”…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este intervalo era que aprovechaba para fugarme (cuando me llenaba de valor o de hastío). Salía a la avenida a parar una botella y desaparecer rápidamente. Casi siempre terminaba en el asiento de atrás de una bicicleta, pues los carros por estas fechas apenas circulaban. Llegaba a casa sobre las 7.00, me duchaba, comía y mi padre o mi pareja me regresaban en bicicleta para llegar a tiempo al estudio.) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cambio, si me quedaba en la escuela, entre la comida y el estudio nocturno −quizás media hora o 45 minutos−, peregrinaba por el resto de las unidades para saludar a viejos amigos o conocer rostros nuevos y atractivos con los que renovar las ilusiones y los pactos de permanencia en aquella cárcel estudiantil. &lt;br /&gt;A veces me integraba en grandes ruedas de casino donde hacíamos gala de complicadas coreografías con vueltas retorcidas.  “La 71”, gritaba la voz cantante;  “sacar agua del pozo”, “la prima”, “enchufe”, la prima con enchufe y bótala”… una verdadera locura memorística y de coordinación, casi tan difícil como los logaritmos, pero por supuesto, mucho más divertida… &lt;br /&gt;De 8.30 a 9.30 fingíamos estudiar, muertos de sueño frente a los libros. Los profesores de guardia pasaban lista y deambulaban por los pasillos exigiendo un silencio absoluto que se lograba a fuerza de amenazas. Prácticamente esa era la única hora en que podía leer alguno de los libros que tenía pendientes; en todo el cronometrado día apenas un momento para los gustos personales, para el crucigrama de la infancia o el ensimismamiento en el que me sentía tan a gusto. Eso, si no me ponía a jugar a "tres en raya" con la amiga del lado, o a pasarnos papelillos por toda el aula...  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y una vez a la semana (¿o dos?) la recreación: la piruleta que nos daban como premio y que agradecíamos con nuestra incondicionalidad (a veces, nos la quitaban y era un castigo doloroso; nos costaba sobrellevar la semana a sabiendas de que no habría "RECREACIÓN"). El baile, la expansión, el desmadre, el agotamiento de todas las energías para que apenas quedara resquicio para pensar en el hambre... También, los chequeos de emulación en el Anfiteatro, la competencia entre las unidades que provocaba una euforia colectiva, una gritería descomunal...&lt;br /&gt;Después de aquellos momentos de clamor nos acostábamos felices, atiborrados de adrenalina y orgullosos de pertenecer a una membresía cohesionada.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ordenando mis recuerdos y despojándolos de la inocencia de creer que aquello que vivíamos era maravilloso -¿acaso conocíamos algo mejor o teníamos otras alternativas para elegir?, agradezco al IPVCE el haberme impuesto tantos compañeros de convivencia de entre los que, por ley de probabilidades, habría de encontrar amigos verdaderos. Quizás, solo eso.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Posdata&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de leer el &lt;em&gt;post&lt;/em&gt;, mi pareja, que se siente involucrada desde el inicio, me recrimina haber olvidado algo esencial para él; su pesadilla cotidiana: los robos. Le explico que en los albergues femeninos, en cambio, eran bastante esporádicos. Y entonces enumera para mí sus suplicios: debía dormir con las botas bajo la almohada -"no sé cómo lo lograba", me dice-, y a cada rato se despertaba para comprobar que el uniforme seguía allí, a su lado; debía recoger cada mañana todas sus pertenencias -toallas, sábanas...- y llevarlas consigo para el aula: detrás de su silla o tras la puerta estaban seguras. La comida -el pan tostado- ni siquiera estaba a salvo en el aula: un profesor amigo se lo guardaba en su despacho... Tal vandalismo en una de aquellas escuelas que se autoproclamaban las mejores del país.... Y, para colmo, debíamos agradecer nuestra suerte. En el resto de los preuniversitarios en el campo las experiencias podían llegar a ser traumáticas, sembradas de una violencia continuada, endémica. La hombría podía ser una prueba difícil, y la felicidad, el imperio de los más fuertes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no es esta mi experiencia, y aunque algún amigo me haya narrado sus heridas, no seré yo quien le ponga voz.     &lt;br /&gt;&lt;em&gt;Continuará.&lt;/em&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6430817251092828081?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6430817251092828081/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/de-camino-casa-voy-conversando-sin.html#comment-form' title='22 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6430817251092828081'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6430817251092828081'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/de-camino-casa-voy-conversando-sin.html' title='[18] IPVCE Federico Engels: un viaje por el córtex de mi generación. (I)'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/THq930J_D6I/AAAAAAAAALU/WPqawLDtVJk/s72-c/n69370555857_3193%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>22</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-1587642632241966087</id><published>2010-08-22T13:13:00.029+02:00</published><updated>2010-10-27T20:02:28.162+02:00</updated><title type='text'>[17] Alrededor de los 14 años...</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/THEVt_vZCtI/AAAAAAAAALM/1fQd5fkWTgI/s1600/VARELA+EN+VIVO-CARA+B.JPG"&gt;&lt;img style="WIDTH: 320px; HEIGHT: 199px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5508207699199331026" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/THEVt_vZCtI/AAAAAAAAALM/1fQd5fkWTgI/s320/VARELA+EN+VIVO-CARA+B.JPG" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alrededor de los 14 años decidí que quería ser escritora. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una edad difícil y mi adolescencia fue nostálgica y taciturna, a ratos. Recuerdo haber llorado bastante por las prohibiciones paternas que ponían zancadillas a mi agitada efervescencia, precoz como casi todas las adolescencias cubanas: yo no tuve ni campismos, ni bobaliconas andaduras por la calle Real, los sábados en la noche… Fue la etapa del tránsito, de escribir intensos poemas de amor sin haber experimentado aún intensos amores, de vestir de adulta sin poder inflar las prendas, de respirar de manera entrecortada −¿asmática?- el olor de mi incipiente autonomía. Y de imaginarme poetisa atormentada.    &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al principio soñaba ser periodista, pero mi madre supo aconsejarme de manera contundente: "si te tocan las columnas culturales podrías darte con un &lt;em&gt;canto en el pecho&lt;/em&gt;, pero… ¿y si tienes que ocuparte de los reportajes sobre las granjas avícolas, y de los sobrecumplimientos de los planes lecheros…? Visualicé el periódico &lt;em&gt;Guerrillero &lt;/em&gt;−de Pinar del Río− y me dio pavor mi destino: estudiar para escribir aquellas notas periodísticas. Desde entonces supe que quería ser filóloga con la esperanza de que, por esta vía, pudiera escapar de las noticias regionales.&lt;br /&gt;Comencé a levantarme de madrugada a rellenar hojas en blanco y mis padres respetaban aquellos desvelos, convencidos de mi vocación. No sabían que, en realidad, se trataba de una especie de obligación autoimpuesta, una disciplina… Había leído la biografía de Delmira Agustini donde se hablaba de sus insomnios adolescentes y había decidido imitarla, aunque me pasara la noche haciendo garabatos. Allí leí por primera vez la palabra &lt;em&gt;hiperestesia&lt;/em&gt; y me la apropié. Recuerdo haberme catalogado, por aquella época, como una persona “hiperestésica” (tan solo de recordarlo me muero de risa), con lo que dejaba claro sobre todo, que era rara, rara... También me adueñé de la palabra “hiperquinética”: evidentemente me hice adicta a los superlativos y a las palabrejas médicas, que daban un toque sofisticado a cualquier caracterización.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empecé a asistir, esporádicamente, a los talleres literarios del Museo de Historia de Pinar del Río en donde me tachaban los versos hasta convertir mis largos poemas en breves líneas cautelosas. Conocí a poetas excelentes: a Nelson Simón, que por aquel entonces cargaba el peso de la isla y yo adoraba sus versos de Sísifo tropical; a Luis Hugo Valín, que no paraba de contar sus pillerías de pícaro de provincia, a Juan Ramón de la Portilla... Después conocería a Juan Carlos Vals, al que escuchaba tímidamente (y con el que reí, al cabo de los años, al oír sus archivadas anécdotas de los talleres literarios: por ejemplo, cuando rememoraba aquel verso surreal de un joven poeta que decía algo así como “el coche de Fidel se desplaza/ soviéticamente /por las calles de La Habana”); a Joaquín Badajoz, a Ernesto Ortiz, a José Félix León… Después, el taller literario mudó sus encuentros para el Centro Hnos. Loynaz, en donde tomábamos té bajo la sombra de las enredaderas y Pinar se convirtió en el sitio de los orígenes, del desperezo después del nacimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En uno de aquellos encuentros escuché atontada a Raúl Rivero, mientras explicaba con un tono sarcástico de aes abiertas y palabras con tufo a alcohol, sus conceptos sobre la literatura. Para una adolescente que aún debía estar en la fase de poesía de amor a lo Buesa, aquel encuentro fue una especie de tiro de gracia. Me firmó su libro, que llegó a ser un animal doméstico, de compañía. &lt;em&gt;Oficio de poeta&lt;/em&gt;, decía, y algo que parecería tan obvio, fue sin embargo un descubrimiento: ya no aguardé más el “instante fecundo”, ni la iluminación en noches insomnes. Intuí, en cambio, que una vida sedente y sedienta me esperaba −lo que en la Universidad, la profesora Ana Cairo rebautizara con aquello de “muchas horas nalgas”: según ella, ese era el currículum que se necesitaba para llegar a ser un buen escritor o investigador. (En mi primer cuaderno de poemas pondría como pórtico unos versos antirrománticos y comprometidos de R. Rivero que cito de memoria: "La poesía no debe hablar de mí, sino conmigo, de las cosas que pasan")&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos años pude oír a Silvio y a Pablo en vivo y asistir a algún que otro concierto catártico en la Escalinata del Alma Mater para corear hasta la afonía aquellas canciones de Moncada: “Hoy es siempre todavía”, o “Arriba las manos, es un asalto de amor armado…”. Ya tenía edad suficiente como para ir “sola” a la Habana, donde vivían mi hermano y mis primos universitarios. Mis padres me encomendaban al chofer de turno y en la estación de autobuses me recogía mi hermano. Comenzaba para mí un fin de semana de adulta, con espectáculos y paseos por el malecón. Iba a la Plaza de la Catedral a comprarme largas sayas de algodón y pulseras y colgantes de cuero con la imagen de Silvio Rodríguez… La Habana se convirtió en el punto de comparación, en el sitio donde los orígenes eran refrendados. También en el lugar de las anécdotas -me convertía, por obra y gracia de mi experiencia viajera, en la narradora de sucesos fantásticos-. Pinar, síntesis y esencia, era la poesía; la Habana, la narrativa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viví varias experiencias en aquellos viajes interprovinciales. En una ocasión, el ómnibus quedó reducido a cenizas -en cuestiones de minutos- mientras los pasajeros enloquecidos se lanzaban por las ventanillas y otros se alejaban temiendo una explosión. Yo pude escapar por la puerta y sin contratiempos, dejando, eso sí, mi pequeño equipaje dentro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En otro de aquellos viajes, el autobús se rompió a mitad de camino. Muerte súbita. Ilusiones varadas en la carretera; la fundamental, un concierto de Carlos Varela. Casi inmediatamente los pasajeros fueron desapareciendo por grupos; algunos pararon “botellas” para regresar a Pinar mientras otros se animaban a seguir adelante. El chofer, en cambio, me había advertido que me quedara cerca del autobús para cuando vinieran a recogerlo: debía cuidar de mí por encargo paterno. En un ataque de independencia, crucé la carretera sin ser vista y logré parar un carro con destino a la Lisa… o sea, ¡a la Habana! No tenía ni idea de las distancias, de los recorridos… pero ya en la ciudad me las arreglaría… &lt;br /&gt;Una vez en la Lisa, y con la inocencia del advenedizo, llegué, de botella en botella, a la Estación de Autobuses donde debía esperarme mi hermano, justo a la hora planificada. Con taimada pulcritud, me senté a esperarlo en la sala de llegadas. Al encontrarnos, nada delató la irregularidad de mi viaje, pues de mi discreción dependían mis futuros desplazamientos. Ese avance a tramos, de semáforo en semáforo, lo había aprendido en viajes anteriores a la capital cuando, con una de mis primas, iba de la Víbora a cualquier rincón de la Habana (incluso a Guanabo) mientras las paradas de ómnibus parecían concentraciones revolucionarias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Un tiempo después, y porque todo se sabe en una provincia pequeña, mi padre se encontraría casualmente con el chofer del autobús, quien lo pondría al tanto de la rotura y de mi desobediencia… )&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias a aquella temeridad, pude asistir a aquel concierto de Carlos Varela en la sala Charles Chaplin (abril de 1989) donde cantó por primera vez “Guillermo Tell” −creo que confesó haberla compuesto momentos antes del concierto. (La menor de mis primas se había vuelto "farandulera" a su llegada a La Habana, lo que significaba que, además de andar con una mochila al hombro y de apenas aparecer por casa, estaba al tanto de lo "último" que sucediera por entonces). Aquella canción, junto a los eufóricos gritos de los allí congregados, fue una revelación de otra manera de decir, diferente al Silvio de giros sutiles y crípticas metáforas. Se encendió una lámpara: había dado un mordisco a la manzana prohibida, la misma que pendiera de nuestras cabezas sin saberlo. Varela se convirtió, &lt;em&gt;ipso facto&lt;/em&gt;, en una especie de contraseña, un código secreto que muy pocos conocían y que empezaba a exigir a la entrada de ciertos diálogos. Lo más parecido a una marca generacional (como aquel "mortal" que decíamos para todo y que ya casi nadie recuerda). Pronto me ví rodeada de nuevos amigos que, en Pinar, comenzaban a oirlo, pasándose de mano en mano un cassette mal grabado con sus canciones. Nos sentábamos en el "contén del barrio" a mezclar las alabanzas con las dudas, como los textos de Varela; sin Superman pero con Elpidio Valdés..., nuevas retóricas para nuevos tiempos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a casa escribí un texto que hoy recupero (con arreglos necesarios) y que incluí en mi primer cuaderno de poemas titulado &lt;em&gt;Para atrapar un instante -&lt;/em&gt;un título adolescente como la mayoría de los textos que compilaba.&lt;br /&gt;Este poema −y todos los del libro− pasó por las manos de Luis Hugo Valín, que entintó la página de rojo hasta quedar tal cual… Estuvo toda la tarde dándose columpio en la casa y enmendando entuertos, mientras leía los textos en voz alta, con una extraña cadencia que se puso de moda en los recitales poéticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El padre sacude sus canas &lt;br /&gt;como si tejiera los senderos de sus hijos&lt;br /&gt;con el hilo blanco de su memoria.&lt;br /&gt;Anuda el pasado y ofrece una larga trenza&lt;br /&gt;−incolora−&lt;br /&gt;para que crucemos el pantano sin rasguños,&lt;br /&gt;sin torceduras.&lt;br /&gt;Es un padre benévolo&lt;br /&gt;y su bondad hace que crujan los huesos &lt;br /&gt;que duela el arrastre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Nuestra experiencia es una mancha &lt;br /&gt;en la blanca senectud de su cabeza)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El padre golpea su indulgencia contra mi espalda&lt;br /&gt;y su mano es el amparo del dolor&lt;br /&gt;el dócil premio a la ceguera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si tan solo preguntara,&lt;br /&gt;si nos fuese sugerido el camino…&lt;br /&gt;&lt;em&gt;−¿Qué hay después del allá?&lt;br /&gt;−El más allá&lt;br /&gt;−¿y después?&lt;br /&gt;−La blancura de un paisaje sin historia.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De una larga trenza&lt;br /&gt;−insípida−&lt;br /&gt;colgarán nuestros cuerpos,&lt;br /&gt;y la libertad es solo ese hueco limpio &lt;br /&gt;que augura el sacrificio,&lt;br /&gt;esa bocanada de aire que poblaremos &lt;br /&gt;minutos antes del ahogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habrá que cortar la cuerda &lt;br /&gt;o ensuciar su blancura&lt;br /&gt;(llenarla de borrones, &lt;br /&gt;de marcas fúnebres).&lt;br /&gt;O al menos, escribir nuestro nombre&lt;br /&gt;en el pulcro pasado del futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este texto me granjeó una áspera desilusión en un Encuentro Municipal de Talleres Literarios, celebrado en la Casa de Cultura de Pinar. Al terminar de leer, alguien con cara de sabio, dictaminó que era demasiado alegórico u oscuro y, a tono con el concepto de poesía “conversacional” que defendía, explicó que la poesía debía ser comprensible para todos y comprometida con la realidad social, con la vida diaria. En fin, la poesía, &lt;em&gt;el pan nuestro de cada día. &lt;/em&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para completar la jornada, una mujer desconocida −funcionaria de Cultura− se aproximó para preguntarme quién era “realmente” el autor del poema y que le enseñara otros que hubiese escrito… Caí en la trampa, pues pensaba que sus dudas sobre la autoría se debían a mi edad y me ofrecí, orgullosa, a enseñarle los otros textos… Aquella mujer con un look poco “artístico” −nunca olvidaré aquella apreciación: tenía pantalón de láster, nada más incongruente en la “farándula”− me acompañó a casa y hojeó con desprecio mis libretas escolares llenas de poemas, mientras me preguntaba si no tendría algún otro texto que no fuese de mi puño y letra, o si estos los había copiado de alguien. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al ver los textos marcados con tinta roja y algunos versos rehechos palmeó la libreta con furia y me preguntó quién era el dueño de aquellos subrayados. Ya por entonces pude intuir que algo andaba mal y le dije, con la cara más inocente de mi repertorio, que había sido mi padre, el único que revisaba mis poemas. Me devolvió la libreta aunque no muy convencida de mi respuesta y me aconsejó que no me dejara guiar por ciertos escritores del Taller que podrían ser una mala influencia… Nunca más la volví a ver, ni supe exactamente qué era lo que quería, aunque podía sospecharse. Probablemente buscaba (¿o buscaban?) descubrir si habría “alguien” escondido tras mi fachada de niña buena, algún &lt;em&gt;ghost writer &lt;/em&gt;que no daba la cara y que ejercía alguna influencia sobre mí. &lt;br /&gt;Pocas veces, después, volví a sentir el peso de la censura: hay límites que solo se trazan una vez. Es probable que, a partir de entonces, la autocensura -y el silencio de la escritura privada- se haya encargado de ejercer de funcionaria vigilante. (Como diría Shentalinski al referirse a los escritores soviéticos -en esa pieza monumental sobre los archivos literarios de la KGB-, el oficio del escritor en el comunismo consistía &lt;em&gt;en estrujar, gota a gota, al esclavo que había en su interior&lt;/em&gt;. Sedente, sedienta, y esclavizada)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En septiembre empezaría la Vocacional, y en aquellos años de beca perdí muchas de las libertades aprendidas, disfrutadas. No más viajes a La Habana, ni visitas al taller literario. Empezarían los años del encierro y del hambre, tras la caída del padre socialista. Una larga trenza nos había sido cortada y nuestros cuerpos se habían quedado tirados en el pantano, sin pasado ni futuro. Mientras el patriarca, cada vez más encanecido, seguía conminándonos a la resistencia, al ahogo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-1587642632241966087?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/1587642632241966087/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/alrededor-de-los-13-anos-decidi-que.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1587642632241966087'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1587642632241966087'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/alrededor-de-los-13-anos-decidi-que.html' title='[17] Alrededor de los 14 años...'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/THEVt_vZCtI/AAAAAAAAALM/1fQd5fkWTgI/s72-c/VARELA+EN+VIVO-CARA+B.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-543146614030675252</id><published>2010-08-18T11:03:00.004+02:00</published><updated>2010-08-18T11:15:25.613+02:00</updated><title type='text'>De la efectividad de las listas</title><content type='html'>(A partir de una idea sugerida en el &lt;a href="http://diariodelapelusa.blogspot.com/"&gt;Diario de Pelusa&lt;/a&gt;)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TGujAzvWZ0I/AAAAAAAAALE/jZPG2-8yW0Y/s1600/list01%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 233px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TGujAzvWZ0I/AAAAAAAAALE/jZPG2-8yW0Y/s320/list01%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5506674203674699586" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;("Pecera", Hebert List (1937)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando apago todas las luces de casa y no hay ninguna llamada del mundo para que gire la cabeza −el ordenador desconectado, la cocina recogida, el gato durmiendo en su estera− entonces me obsesiona la idea de que en Cuba ha pasado algo…&lt;br /&gt;Vuelvo a encender la luz, y llamo desesperadamente a la Isla para oír, del otro lado de mi impaciencia, la voz tranquila de mi madre… Solo entonces puedo soñar que soy un pez y que navego en libertad por las aguas de mi conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si desatiendo el reclamo angustioso y al apagar las luces voy directo a la cama (siempre habrá una razón poderosa para declinar el capricho: las llamadas son costosas) entonces esa noche no podré dormir aunque cierre los ojos y haga listas y listas de las cosas, que en el alejado diálogo con mis padres, he logrado tener. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo el sopor de noches de insomnio, enumero los deseos nimios de mis padres y cómo habré de satisfacerlos, poco a poco: una cafetera nueva, un sofá donde reposar los recuerdos, una blanca dentadura, quizá un olor de la infancia que en algún almacén europeo podré recuperar  −casi siempre sus deseos son compartidos, duales: padre y madre fundidos en la ilusión del encuentro. Y bajo esa protección que con fidelidad me adormece en plena noche, voy volviéndome nuevamente pez en libertad, huido de la urdimbre recelosa que teje mi conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Mientras duermo, los muebles de Ikea se desarman, las frutas se maceran, y los pilares de mi cama se desmoronan: no hay inventario de ganancias que no sucumba al desequilibrio de mi dolor; apenas queda una sensación de coleccionista que no acaba de completar sus piezas…) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro día, una taza de café me devuelve la cordura, al tiempo que practico, desde el cristal hermético de mi ventana, el oficio diario de repoblar la memoria con árboles ajenos, pájaros sin historia. Y ya entonces es inevitable correr al teléfono y convocar a mi madre con el sobresalto del timbre a mitad de su noche. En esos días suele decirme que no la he despertado, que apenas había podido dormir por extrañas pesadillas en donde ponía en la balanza listas y listas de lo que tuvo, no ha podido tener, o simplemente perdió.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-543146614030675252?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/543146614030675252/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/de-la-efectividad-de-las-listas_18.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/543146614030675252'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/543146614030675252'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/de-la-efectividad-de-las-listas_18.html' title='De la efectividad de las listas'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TGujAzvWZ0I/AAAAAAAAALE/jZPG2-8yW0Y/s72-c/list01%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-8735176962768611807</id><published>2010-08-12T11:48:00.004+02:00</published><updated>2010-08-12T13:26:42.234+02:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TGPFwqI83yI/AAAAAAAAAKU/yzCofciO73w/s1600/4862639774_5ae26fd3a8_o%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 245px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TGPFwqI83yI/AAAAAAAAAKU/yzCofciO73w/s320/4862639774_5ae26fd3a8_o%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5504460609313103650" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.scribd.com/doc/35770089/voces1"&gt;REVISTA VOCES 1&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reproduzco el texto de presentación de la revista, publicado por Orlando Luis Pardo en &lt;em&gt;Lunes de Post-revolución&lt;/em&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VOCES YA ES VERDAD&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un documento circula La Habana, la circunda.&lt;br /&gt;Es VOCES 1.&lt;br /&gt;Dossier de discursos disímiles, dentro y fuera de Cuba.&lt;br /&gt;Una veintena de escritores y una ventana para mirar dentro y fuera de Cuba.&lt;br /&gt;Voces de cambio y continuidad, veloces al punto de lo inverosímil.&lt;br /&gt;Inéditos y reciclados, inauditos así en papel como en la pantalla. Al&lt;br /&gt;Este del Paraíso. Más locuaces que líderes de nada, maratonistas de la&lt;br /&gt;resistencia retórica. De cara al cuerpo crudo, sin pacaterías&lt;br /&gt;políticas, pedaleando entre lo espiritual y lo estúpido, reportando al&lt;br /&gt;pie de la horda, ficcionando los huecos negros de una nao que zozobra&lt;br /&gt;en su necia noción de nación.&lt;br /&gt;Maneras de narrar nuestra desidia desideológica en pleno siglo XXI.&lt;br /&gt;Formas de reformularlo todo por dos mil décima vez. Entusiasmo&lt;br /&gt;endémico de quienes queremos ganar si no una voz, al menos sí una&lt;br /&gt;garganta.&lt;br /&gt;Efeméride futura. Encuentros de culturas post-cubanas. Collage, más&lt;br /&gt;que coro. Bitácora de bits. Penúltimos papeles. Arte de la esperanza&lt;br /&gt;más que de la espera. Bullet-in de bloguiteratura.&lt;br /&gt;Bienvenido a VOCES como lector lúcido. También te esperamos en tanto&lt;br /&gt;autor al margen de toda autoridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;INDICE DE LA REVISTA:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Orlando Luis Pardo Lazo ( 1 ) "Reportaje al pie de la horda"&lt;br /&gt;Claudia Cadelo ( 4 ) "Líderes de una revolución alternativa"&lt;br /&gt;Eduardo Laporte ( 7 ) "Yo no sé qué tienen los perros"&lt;br /&gt;Melkay ( 9 ) "La mejor selección del mundo"&lt;br /&gt;Wendy Guerra ( 13 ) "Entre Perseverancia y Virtudes"&lt;br /&gt;Iván de la Nuez ( 15 ) "El cercano Este"&lt;br /&gt;Reinaldo Escobar ( 18 ) "El alcance de la “cíber-disidencia”. Reportaje al pie de la horda"&lt;br /&gt;Emilio Ichikawa ( 19 ) "Papel y pantalla"&lt;br /&gt;Jorge Ferrer ( 21 ) "Escribir un blog cubano (decálogo)"&lt;br /&gt;Yoani Sánchez ( 23 ) "Ése ya no volverá"&lt;br /&gt;Antonio José Ponte ( 25 ) "Una infancia sin cómics/una adolescencia sin pornografía"&lt;br /&gt;Juan Abreu ( 28 ) "Una educación sexual"&lt;br /&gt;Miriam Celaya ( 30 ) "Carta abierta a la BBC"&lt;br /&gt;Maikel Iglesias ( 35 ) "Pinar del Río City" (poesía)&lt;br /&gt;Jesús Díaz ( 36 ) "Réquiem" (poesía)&lt;br /&gt;Luis Marimón ( 38 ) "Muerte el Yumurí" (poesía)&lt;br /&gt;&lt;a href="http://vagn204.blogspot.com/2010/08/prosperidad-y-bondad-la-otra-cara-del.html"&gt;Mirta Suquet ( 39 ) "Prosperidad y bondad: la otra cara del iluminismo martiano"&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Miguel Iturria ( 43 ) "Martí: espiritualidad  y manipulación política"&lt;br /&gt;Ernesto Morales ( 45 ) "La felicidad del corredor de fondo"&lt;br /&gt;Ena Lucía Portela ( 49 ) "Huracán" (narrativa)&lt;br /&gt;Dimas Castellanos ( 56 ) "Los límites del inmovilismo"&lt;br /&gt;Yoss ( 60 ) "Próximos pero lejanos: el universo de al lado" (reseña)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Para leer o descargar la revista haz click &lt;/strong&gt;&lt;a href="http://www.scribd.com/doc/35770089/voces1"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Para leer mi artículo "La otra cara del iluminismo martiano", haz click&lt;/strong&gt; &lt;a href="http://vagn204.blogspot.com/2010/08/prosperidad-y-bondad-la-otra-cara-del.html"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-8735176962768611807?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/8735176962768611807/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/revista-voces-1-para-leer-haz-click.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8735176962768611807'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8735176962768611807'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/revista-voces-1-para-leer-haz-click.html' title=''/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TGPFwqI83yI/AAAAAAAAAKU/yzCofciO73w/s72-c/4862639774_5ae26fd3a8_o%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5252015747937592814</id><published>2010-08-09T14:50:00.012+02:00</published><updated>2010-10-27T20:01:56.421+02:00</updated><title type='text'>[16] Ni Cenicienta ni Princesa</title><content type='html'>&lt;object width="640" height="385"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/8o22Ao1bccg&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/8o22Ao1bccg&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="640" height="385"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pinar del Río. &lt;br /&gt;Aún debo escribir este nombre cada vez que hago un trámite, cada vez que en una casilla insípida indagan por esencias que deberé encarnar hasta el final de mi vida, aun cuando mi cuerpo trashumante no reconozca las huellas de su ciudad. Nací y para siempre seré identificada como pinareña. Apenas recuerdo ese pinar al lado del río que los funcionarios europeos, ajenos a la topografía cubana, evocan cuando leen el nombre de mi ciudad natal… apenas recuerdo si existía ese pinar al lado del río.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pinar…, la ciudad por la que transitaba, cuidando de no pisar las rayas del asfalto con los menudos pasos (¿“menudos pedazos”?) de mi infancia. Como una oscura amenaza de lo que haría toda nuestra generación, jugábamos a no cruzar los lindes, a no traspasar fronteras; quien lo hiciera recibiría un castigo diseñado por las rimas infantiles: “quien pise raya come toalla”. Aún me sorprendo evadiendo las divisiones de las baldosas cuando camino por las calles de Santiago u otra ciudad del mundo… También aprendimos que si abandonábamos un sitio perderíamos nuestro espacio y con él nuestras pertenencias: "quien fue a las Villas perdió la silla; quien fue a Morón, perdió el sillón". Toda una ideología imperceptible estaba hilvanada con estas jerigonzas infantiles: la ideología del despojo, de la expropiación. Siempre vendría alguien a reemplazar tu sitio, a descolgar tu foto de la pared… Cuando me alejé de Pinar supe que había perdido la silla y que nunca más podría reclamar mi espacio en aquella casa que había dejado de ser mía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arrastrar en las huellas de identidad el nacimiento pinareño era aprender a sonreír con el chiste fácil. Toda una vida ejercitándome en ese oficio de escurrirme de las burlas como los peces… Nacíamos tontos; bebíamos desde pequeños el elixir de la idiotez y de la bondad: siempre seríamos timados por una habanero listo que descubriría en nuestras uñas la tierra de los ancestros. Una islita tan pequeña para tantas ojerizas… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un viaje reciente a Madrid me tropiezo con un cubano que indaga sobre mi procedencia, y le digo “Santiago” pensando que se refiere al lugar donde vivo actualmente. En el acto, comienza a burlarse: “¡así que eres palestina, de las que dice &lt;em&gt;caco&lt;/em&gt; por &lt;em&gt;casco&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;canné de idad &lt;/em&gt;por &lt;em&gt;carnet de identidad&lt;/em&gt;!”. Al darme cuenta del malentendido le explico que actualmente vivo en Santiago de Compostela −no de Cuba− pero que soy pinareña.  En el acto, enmienda sus chanzas: “¡así que eres una guajira! Eres del sitio donde dejaron una concretera en el cine, donde pusieron el yeso a un hombre con el reloj puesto, donde hicieron una carroza de carnaval que no cabía por las calles, donde los elevadores se llaman por los botones de las camisas y los hombres se suben a la mata, tocan la fruta y al comprobar que está madura, se bajan y le tiran piedras para tumbarla…" &lt;br /&gt;Es tan largo el disfraz que arrastro que voy dejando jirones en cada esquina, exvotos de una identidad maltrecha, de enano de feria…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la Universidad, algunos colegas me entregaban aquellas sobredosis de cinismo cada vez que me veían con las maletas al hombro −los mismos colegas que practicaban la discriminación con la misma intensidad que la paz y el amor−: "¿y qué, te vas pal’ pueblo?", me decían. Y sí, los viernes era mi día, como diría la canción. Apenas recuerdo gestos de solidaridad de mis compañeros de curso habaneros hacia los de provincia, hacia los becados… También eran los años de la epidemia de insolidaridad, del &lt;em&gt;sálvese quien pueda&lt;/em&gt;… Y los tontos pinareños −también los de otras provincias− traíamos de regreso algunas provisiones imposibles de encontrar en la capital, y las habríamos de revender para, a su vez, salvarnos como podíamos…  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intento revivir mi ciudad natal pero tal parece que se tragó mi infancia y mi adolescencia sin casi detenerse en el mordisco. ¿O fue mi vida uniformada la que se tragó la ciudad? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo lo que recuerdo de ella son los “planes en la calle”, las guardias en la bodega “El caballo blanco” en los aniversarios de los CDR; los domingos de la defensa en el río Guamá, contaminado y maloliente, y las acampadas en el Cerro de Cabra o en la Loma del Taburete −a las que íbamos obligados, a pasar frío, para vivir en carne propia las experiencias de los barbudos en la Sierra… &lt;br /&gt;A veces nos llevaban, por la escuela, al Teatro Milanés −una joya de la arquitectura decimonónica. “Había que llenar localidades” y debíamos ir uniformados a ver las esporádicas funciones de ballet o los artistas de moda que venían de la Habana -a toda hora con el uniforme, desde que amanecía hasta que nos acostábamos. En aquel semiderruido teatro actuábamos en los “festivales de aficionados,” diluidos en el coro gigante de la escuela “Lenin”, mientras interpretábamos “Las noches de mi Moscú” con aquella tristeza rusa lejana a nuestras voces agudas…  Después, el Milanés cerraría con la promesa de una “reparación” que no llegaría a ver concluida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asaltábamos los parques conducidos por nuestros maestros: el gran parque Colón estaba poblado por ancianos tristes, por pastilleros, por vendedores de dólares (¡de cuando estaba a 5 por 1!), y nuestra presencia bulliciosa era más efectiva y menos costosa, políticamente hablando, que una redada policial. Los parques de Cuba estaban llenos de niños que jugaban y cantaban canciones infantiles…: una impecable foto de portada. No recuerdo haber ido a los parques &lt;em&gt;motu proprio&lt;/em&gt;, con familia y bicicleta; con perro y chambelona de colores… &lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIPNzM6ewBI/AAAAAAAAAL8/TsW8coe6fyg/s1600/DSC02230.JPG"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 150px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIPNzM6ewBI/AAAAAAAAAL8/TsW8coe6fyg/s200/DSC02230.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5513476648355151890" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo los desfiles de bandas rítmicas: invadíamos la calle Real con las batutas hechas de boyas sanitarias pintadas de plateado... Recuerdo el Coppelia y tardes enteras de domingo haciendo colas junto a mis padres para comer chocolate; los cines Praga y Zaidén, donde vi “Voltus 5”, “E.T” y “La niña de los hoyitos” −aquel exitazo de taquilla cuyo nombre sirvió para bautizar a la isla cuando empezó la paranoia de cavar túneles para la guerra. "La Casa de la Trova", donde viejitos consumidos por la edad y el alcohol, tan parecidos a Compay Segundo, enterraban el sueño de la fama; las esporádicas visitas al restaurante del 12 Plantas -el edificio más alto de la ciudad- desde el que contemplábamos los techos de tejas naranjas...  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevada de la mano de los maestros, en la tropelía del grupo, en la armazón contagiosa de la masa, la ciudad se quedaba circunscrita a las lozas que no debía pisar… Para colmo, desde los 15 a los 18 años −edad en que podría tantear por cuenta propia la vida de la ciudad- me vi recluida en un preuniversitario, en donde éramos condenados a estudiar bajo el precio de nuestra libertad. En el breve lapso que duraba nuestra independencia -un fin de semana cada dieciocho días- apenas me alcanzaba el tiempo para comer, descansar y preparar nuevamente las maletas. Y a los 18 años me iría a la Habana, y a otra beca y a otros rigores semicarcelarios...   &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Cuando regresaba a casa los fines de semana, al imperio de la placidez, después de haber vencido ese largo periplo de paisajes y heredades abandonadas de mi provincia que contemplé tantas veces subida a la parte trasera de un camión, la ansiedad apenas me permitía dirigirme a otro sitio que no fuese a la calle Maceo, en donde mi madre me esperaba con aquellos filetes que no se comían en toda la semana, aguardando mi regreso. Y cuando conseguía un pasaje en autobús −cuando mi multifacético padre, convertido en guardián de colas y listas, me procuraba un pasaje−, entonces el regreso al origen perdía el olor luminoso de mi infancia. Al llegar a la Estación, un hedor a boñiga seca y a orín infestaba mis recuerdos; los convertía en restos malolientes. Los "carros de caballos" esperaban a los viajantes, como si regresásemos al tiempo de las calesas y las sombrillas de plumas… Y a caballo se iban esparciendo los viajeros por los recovecos cada vez más depauperados de la ciudad. (El Hospital Provincial quedaba en las "afueras" de la ciudad y las urgencias debían asumir el trote lento del caballo a falta de coches o ambulancias. Cierta vez, tuve que ir al Hospital por un ataque de asma, y por el camino, y de tanta desesperación, mi padre se bajó del carro y fue un trecho a nuestro lado, corriendo, como si con su paso agilizara el del animal... Pasado el susto, nos reíamos mucho con la anécdota...). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La provincia nunca pudo ser disfrutada, amada (aunque en algunos de sus rincones amaría con nostalgia). Como si con el hidromiel que tanto añoraba mi abuela −aquella bebida “misteriosa” cuya fórmula emigró junto a sus propietarios después del 59’− se hubiese ido el sabor de la ciudad, mientras los descascarados dinosaurios del Palacio de Guasch −otra joya de la provincia construida en 1909−, con su color deslucido, dejaban de impresionar para siempre a los chiquillos… Toda la belleza que la ciudad fue acumulando en el XIX y el XX −ese neoclásico Museo de Historia, el Parque de la Independencia y el edificio de la Colonia Española, La Catedral, las casonas de tejas…-, toda esa belleza se llenó de la pátina de la vulgaridad y el desencanto.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La playa “Las canas”, la peor de las playas del mundo de tan contaminada y triste,  y cuyos habitantes, pescadores en su mayoría, vivían como dejados de la mano de Dios, quedaba a escasos kilómetros de la ciudad, pero era casi imposible llegar a ella, cuando la gasolina y el transporte público comenzaron a desaparecer. Mi familia vio morir su casa en la playa dos veces: la casa que construyó mi abuelo, trasladando maderas en un bote, de orilla a orilla, cuando la playa era un sitio cuidado y placentero, fue confiscada al triunfo de la revolución y cedida a familias necesitadas del puerto de la Coloma −aquellas mismas dejadas de la mano de Dios que, en los años duros, sacrificaron el portal de madera de su −¿su? ¿mi?- casa para hacer leña… A finales de los 80 y viendo las condiciones paupérrimas de la playa, “devolvieron” las casas a sus antiguos propietarios y mi padre se agarró una lesión incurable en el rostro de tanto sol… Lo vi levantar pilares, echarse a sus espaldas la construcción de la casa para devolver el sueño de su infancia a mi madre. Pocos años pudimos disfrutarla. En los 90 se paralizó el país; no había cómo llegar a la playa y la casa fue donando sus maderas para que los lugareños hiciesen fuego… No sobrevivió al último ciclón… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Disfrutar de la expansión de la naturaleza pinareña es un privilegio que solo hoy mi bolsillo de turista pudiera pagar… Viñales es una huérfana alcancía verde…, el Orquideario de Soroa, una marchita promesa, y María la Gorda y Cayo Levisa, los nombres exóticos de arenas que nunca conseguí pisar. (Ahora contemplo la luz de la Praia Do Vilar y proyecto su naranja de sol poniente sobre el espejismo de mis posesiones perdidas…). Nunca nos enseñaron a amar las vegas de tabaco, las grandes extensiones de cultivo. Las trabajábamos en las etapas al campo y en las escuelas en el campo, y por ello mismo, por la identificación con lo impuesto, las aborrecíamos. Nunca fui de excursión por los montes, nunca tendimos un mantel en el medio del campo y compartimos nuestra felicidad en familia −aunque el cuadro bucólico parezca ridículo−. Galicia es el Pinar que no pude tener, que me arrebataron: reverdecida y solitaria, la Galicia profunda restablece mi robado origen pinareño…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Releo en &lt;em&gt;Paradiso&lt;/em&gt; el breve homenaje que hace Lezama a sus antepasados pinareños, a través de  Eloísa, la madre de José Eugenio Cemí, tan delicada y frágil como las hojas de tabaco. Evoco a través de ella mis ancestros guajiros de San Luis y la ternura de un tío abuelo llevándome a casa grosellas y mamoncillos. En la novela, Eloísa es obligada a abandonar sus vegas para vivir en el Central Azucarero &lt;em&gt;Resolución&lt;/em&gt;, propiedad del esposo Vasco, lo que precipita su muerte. Quiero leer esta muerte como el vaticinio de lo que sería la identidad cubana bajo el sempiterno régimen autoritario -primero, el de la dominación hispana; después, el del caciquismo castrista. Ese “Resuelvo en el Resolución”, sentencia que repite con terquedad el esposo Vasco de Eloísa, bien puede ser la redundancia del poder cayendo sobre toda la isla. Resolución… Revolución… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Cenicienta nunca llegó a ser Princesa, aunque nos lo prometieran en los discursos con esa retórica infantil con la que parecería que se aceptaba la puerilidad "fronteriza" del pinareño (un eslogan revolucionario suponía que Pinar del Río, otrora "Cenicienta de Cuba", se convertiría en "Princesa"). Ni antes fue una mendiga, ni en 50 años llegaría a ser noble... porque probablemente nunca se le preguntó si quería aceptar las normas de palacio, los zapatitos de ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace años que perdí la silla y no he podido regresar al río y a los pinares, si es que alguna vez existieron. En la casa de la calle Maceo ya nadie me espera con los filetes adobados...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5252015747937592814?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5252015747937592814/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/ni-cenicienta-ni-princesa.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5252015747937592814'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5252015747937592814'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/ni-cenicienta-ni-princesa.html' title='[16] Ni Cenicienta ni Princesa'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TIPNzM6ewBI/AAAAAAAAAL8/TsW8coe6fyg/s72-c/DSC02230.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6680634879403274866</id><published>2010-08-06T12:53:00.008+02:00</published><updated>2010-08-07T08:53:50.104+02:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFwFkZOFXbI/AAAAAAAAAJ8/qhNOxOXTYL8/s1600/foto+3.bmp"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 274px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFwFkZOFXbI/AAAAAAAAAJ8/qhNOxOXTYL8/s320/foto+3.bmp" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5502278967543291314" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(Foto de Orlando Luis Pardo Lazo)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;De las palabras, las manipulaciones y los recuerdos (2), por Amir Valle&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es de tontos negar que todos los niños cubanos teníamos derecho a educación gratuita. Es también de tontos negar que luego de 1959 la isla se llenó de escuelas, incluso en aquellos sitios tan intrincados de las montañas adonde no llegaban ni las señales de radio. Pero también es tonto negar que cada una de las clases que recibíamos eran inyecciones muy sutiles de doctrina, un muy fino, cuidadoso y sostenido lavado de cerebro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace unos meses, un amigo me trajo desde La Habana dos de las libretas que utilicé cuando estudiaba en el nivel secundario para copiar las clases de literatura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para seguir leyendo haz click &lt;a href="http://lavidadenos-otros.blogspot.com/2010/08/de-las-palabras-las-manipulaciones-y.html"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6680634879403274866?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6680634879403274866/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/la-vida-de-nos-otros-los-blogs-son_06.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6680634879403274866'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6680634879403274866'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/la-vida-de-nos-otros-los-blogs-son_06.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFwFkZOFXbI/AAAAAAAAAJ8/qhNOxOXTYL8/s72-c/foto+3.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6907539727707221212</id><published>2010-08-03T11:25:00.010+02:00</published><updated>2010-08-07T08:56:14.741+02:00</updated><title type='text'>LA VIDA DE NOS-OTROS</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFvti0-2N0I/AAAAAAAAAJM/OdUH3StSmgE/s1600/peerless1%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 165px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFvti0-2N0I/AAAAAAAAAJM/OdUH3StSmgE/s320/peerless1%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5502252552356771650" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Agradezco el milagro de leer las vidas de los otros... A Orlando, por ese retrato esparcido en nuestra errancia, que nos empeñamos en borrar para que los días no nos señalen con la culpa de la ceguera... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;TODO SOBRE MI PADRE&lt;/strong&gt;, por Orlando Luis Pardo Lazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi padre no pidió limosna, aunque dependió de un hermano y otro hijo en USA. Mi padre no tuvo que salir a la calle a vender un paquetico de nada, aunque dio clases de inglés a domicilio como un caballo. Mi padre vivió en casa hasta los 81, cuando prácticamente ya era sólo el padre de mi madre (se llevaban 17 años). Mi padre, el abuelo que nunca tuve de grande.&lt;br /&gt;Cada día regreso de la calle con mi padre en la cámara Canon y la cabeza calcinada por tanto sol y tanta soledad. Casi no hice fotos de mi padre en vida. Y ahora pago el precio de ese descuido de adolescente (fui su hijo de la vejez).&lt;br /&gt;Por eso me lo encuentro por las aceras y soportales cubanos. Boqueando, mal afeitado. Con ropa humildísima que olía siempre a cigarros Populares de 1.60 pesos (un aroma que extraño: todos los fumadores apestan, excepto él). Un tipo tan tierno, cuando yo me atrevía a decirle al menos media palabra. Tan torpe para las cosas prácticas, tan iluso para las letras inútiles. De mirada inmortal cuando mi psico-rigidez me permitía decirle de vez en cuando (de voz en cuando): papá…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para seguir leyendo haz click &lt;a href="http://lavidadenos-otros.blogspot.com/2010/08/todo-sobre-mi-padre.html"&gt;aquí&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6907539727707221212?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6907539727707221212/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/la-vida-de-nos-otros-los-blogs-son.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6907539727707221212'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6907539727707221212'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/08/la-vida-de-nos-otros-los-blogs-son.html' title='LA VIDA DE NOS-OTROS'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFvti0-2N0I/AAAAAAAAAJM/OdUH3StSmgE/s72-c/peerless1%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-89508532917184882</id><published>2010-07-30T09:20:00.008+02:00</published><updated>2010-10-27T19:59:27.081+02:00</updated><title type='text'>[15]  1989</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFKBfsprwuI/AAAAAAAAAI0/BqmpxF57gJM/s1600/MURO-DE-BERLIN%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 244px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFKBfsprwuI/AAAAAAAAAI0/BqmpxF57gJM/s320/MURO-DE-BERLIN%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5499600476534719202" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un compañero de estudios me confiesa misteriosamente que estaban tumbando el Muro de Berlín. En ese momento, con 14 años, era tal mi ignorancia política que no sabía de la existencia “real” de aquel muro. Con aire de superioridad aclaré: “El muro no existe; es una metáfora”. Ya por esa época me creía escritora y leía la realidad en términos poéticos. Pensaba que las dos Alemanias estaban divididas por una frontera natural, geográfica: un río, una cordillera, pero nunca por una muralla medieval construida por los hombres. Creía que se trataba de un símbolo -cuestiones tropológicas y no topológicas-, como la “muralla” del poema de Guillén musicalizado por Ana Belén con la que se separaba fácilmente el bien del mal: “al corazón del amigo… ¡abre la muralla!; al veneno y al puñal… ¡cierra la muralla!”. Mis padres tuvieron que romper la barrera de lo que no se hablaba para sacarme medianamente de las tinieblas. Ninguna imagen de la &lt;em&gt;caída&lt;/em&gt; en el Noticiero Nacional.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En noviembre, mientras el mundo celebraba las alianzas con apoteósico despilfarro de ilusiones, en casa aplaudíamos frente a un pequeño cake, animando a mi abuela a que apagara las velitas de su 80 cumpleaños. La familia había hecho confluir los caminos para que ese día nos reuniéramos todos en torno a aquel pilar fundamental y venerábamos su resistencia: era la que nos mantenía unidos. Mis tíos habían dejado de ser embajadores tres años antes y tuvieron que poner los pies en tierra de una forma violenta. Antes de irse a Filipinas de misión vivían en la provincia oriental y al regreso, no tenían ningunas intenciones de retornar a aquella casa olvidada. Después de 12 años de servicios, se vieron obligados a deambular por las casas de los amigos -a veces dormían en el coche- hasta que lograron una permuta de Santiago de Cuba para la Víbora, en La Habana.  En ese proceso de reacomodo vendieron muchas de las cosas “traídas”.&lt;br /&gt; La mansión de la Víbora estaba prácticamente en ruinas: una viejita centenaria la llevaba cuidando 30 años en espera de que sus “señores”, que se habían largado a inicios de la Revolución, pudieran regresar a recuperarla. Aquella criada santiaguera había emigrado a La Habana y allí se había quedado varada. Ahora, gracias a la permuta, regresaba a su tierra natal. Recuerdo haber pensado, con las palabras propias del discurso oficial, que gracias a la revolución la “servidumbre” había sido erradicada, a pesar de que en mi casa, Mercedes, una negra inmensa, con unas manos sumamente grandes de tanta sábana lavada en su vida, “ayudaba” a mi abuela en las labores de casa. Las dos tenían edades similares y junto a ellas almorcé muchas veces fantaseando con la abuela negra y la abuela blanca y me embelesaba con los cuentos que me hacían, provenientes de experiencias tan dispares. Por supuesto que la palabra “empleada” nunca osó pronunciarse en casa (¡y prohibida en el colegio!) a pesar de que mi madre le pagara, no solo con la mesada acordada, sino también con comida y cuanta ropa me quedara chica –destinada a su nieta Catalina que tenía mi edad. (Esta señora siguió yendo a casa a “trabajar” aún cuando mis padres se ocuparan de enmendar su trabajo: estaba tan viejita como mi abuela y apenas podía ya hacer las labores, pero necesitaba el sustento y cada vez se conformaba con menos, aunque fuese con un plato de comida).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquel cumpleaños de la abuela, la familia estaba preocupada por los acontecimientos mundiales y nacionales, por la carestía de la vida... Mi tío bebía en demasía y no paraba de decir aquella frase machista de doble sentido que ya entendía perfectamente y con la que resumía su frustración: “Tim tiene, Tim vale” (o “Tim tiene timbales”). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese infinito año 89 habíamos estado siguiendo durante un mes el último –y uno de los más impactantes- “culebrón político” con el que se mantenían vivos los ardores revolucionarios y entretenido al país: el terrible juicio sumario que terminó con el fusilamiento por tráfico de drogas y alta traición del General Arnaldo Ochoa, de su ayudante Jorge Martínez, del Coronel del Ministerio del Interior Antonio de la Guardia y del Mayor Amado Padrón (Causa No. 1 y 2). &lt;br /&gt;Los “muros de la vergüenza” seguían alzados en Cuba: frente a aquellos paredones fueron fusilados antiguos servidores y un “Héroe de la Patria” convertidos entonces en traficantes de marfil y drogas… El 13 de julio, a solo un mes del 63 cumpleaños de Fidel, a unos pocos de la caída del Muro de Berlín, o del fusilamiento de Ceausescu y su mujer, el máximo líder autorizaba la ejecución de cuatro de sus hombres bajo el amparo de la ley. Recuerdo que mi madre tuvo que explicarme esto como si fuese lógico: “el código militar así condenaba a los traidores”…, y el pueblo reclamaba el paredón como lo hiciera 30 años antes, al triunfo revolucionario. Siempre hemos vivido en ese círculo de ascensos y caídas; aunque ahora nos entrenábamos con los saltos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese infinito año, todos saltamos con aquel lema de “el que no salte es yanqui”, y las paredes se llenaron de consignas de la &lt;em&gt;u jota ce&lt;/em&gt; -entre ellas la de “mi honda es la de David”, que podíamos encontrarla escrita con o sin hache. (En un examen de historia debíamos enunciar logros recientes de la Revolución y le “soplo” la respuesta a un compañero de aula: “el Blas Roca”, le digo, refiriéndome al Contingente que se crearía en esos años. Su versión de lo escuchado fue memorable: “el Hotel Las Rocas”. En ese mismo control había que explicar la frase “mi honda es la de David”, y al salir nos dice con ingenuidad que había dejado la pregunta sin responder pues no sabía quién era ese tipo con tanta onda. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El artífice de aquella renovación histérica fue Roberto Robaina, que instaba a brincar a la masa al inicio de cada acto como si fuese un ritual afrocubano para despojarnos de los maleficios… O para euforizar -y extenuar- al cuerpo joven de la nación, que ya empezaba a sufrir de hambre y desencanto… Coincidí con aquel dirigente saltarín en un acto y cual estrella mediática, después de su show de brinco y consignas, le pedí un autógrafo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Acababa de inaugurarse aquella seguidilla de 31 y pa’lante, a la que se le sumaría cada año una cifra: 32 y pa’lante, 33 y pa’lante... Cuba era -es- el único país del mundo que da nombre a los años, en Asamblea de Diputados. El año en que yo nací -1975- fue bautizado como “Año del I Congreso del PCC”. Los años eran dedicados a fechas históricas, a conmemoraciones, a metas por alcanzar, a héroes…, pero en el intervalo “especial” los nombres escogidos demostraban la urgencia de sumar y sumar años, de no caerse. Junto al nombre oficial (“Año 31 ó 32 ó 33 ó 34… de la Revolución”), el nombre en jerga “juvenil”: “31 y pa’lante”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese infinito año 89’ comenzó la “Operación Tributo”. Había acabado la guerra de Angola y, tal como lo prometió el Comandante, regresaban a la isla más de dos mil féretros de jóvenes internacionalistas. (El año en que yo nací fueron enviados a Angola los primeros batallones de jóvenes, muchos provenientes del Servicio Militar Obligatorio, apenas unos niños de 18 y 19 años. Fidel había vaticinado -en un discurso en la ONU en 1976- que “de Angola, cuando termine la guerra, solo nos llevaremos la satisfacción del deber cumplido, y los restos de nuestros compañeros caídos”. &lt;em&gt;Ave Caesar, morituri te salutant!&lt;/em&gt;.  Evidentemente, con el juicio de Ochoa se probaba que algo más se habrían de llevar de Angola, aunque no quedase muy claro quién ordenaba el tráfico…)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto a un grupo de “pioneros” formé parte de la guardia de honor que cuidaría una de las cuatro esquinas de uno de los féretros de los 130 jóvenes de Pinar del Río que caerían en combate. Uno de tantos que había saludado y ofrecido su vida al César… Recuerdo que mirábamos con ansiedad aquellas fotos de jóvenes hermosos, casi niños, y brindábamos cálidas miradas a las tranquilas madres que a nuestro lado velaban a sus hijos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día 7 de diciembre de 1989 fue de los más tristes de mi adolescencia. Se decían frases enardecidas con música de fondo, pero yo había visto y oído lo suficiente (como el &lt;em&gt;testigo&lt;/em&gt; de Gastón Baquero); había estado allí cuando el acto había terminado, y en esos breves minutos en que la familia se despedía de sus muertos, una madre comenzó a gritar enloquecida provocando el desorden. Se rasgaba la garganta contra Fidel, el asesino que había entregado a su hijo a la muerte a cambio de una consigna. Gritaba, como cualquier madre lo hubiese hecho, menos las que estaban allí, que habían sido previamente amoldadas al papel de madres de la patria, de Marianas Grajales (no por gusto aquel día era un 7 de Diciembre y todas las alegorías redundaban en la fecha). A aquellas mujeres impávidas se les prohibió el llanto, el espectáculo; sus hijos ya no eran suyos, sino del pueblo. En el acto público un dirigente había dado un discursillo sobre el trueque de jóvenes por héroes, y ahora, a puertas cerradas, aquella mujer gritaba que no quería un héroe, que quería a su hijo. Eso fue lo último que alcancé a oír, cuando se abalanzaron sobre ella y se la llevaron a rastras. &lt;br /&gt;Regresé caminando a casa bajo la lluvia sin apenas apresurar el paso; estaba en una especie de shock, y mi madre, que tanto celo había puesto para evitarme el espectáculo de la muerte familiar, no podía entender cómo se nos hacía partícipe de la muerte colectiva… Confieso que lloré por muchos días y escribí, escribí, escribí... para desahogarme, para contar qué se sentía frente al heroísmo indeseado, impuesto… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro años después de aquel infinito 1989, Roberto Robaina, ya bastante entrenado en su oficio, daría un gran salto en la política al ser ascendido a Canciller, para luego caer estrepitosamente desde lo más alto. Sería fusilado, en este caso metafóricamente, y desterrado del panteón heroico al dejar de ser el saltimbanqui que entretenía a las fieras…  Siempre hemos vivido en ese círculo de ascensos y caídas y ya nada podría sorprendernos. (Su sustituto, Felipe Pérez Roque, también caería en el 2009). Solo los “muros de la vergüenza” seguían en pie…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1990 empezaría el “Período Especial”, y descubriría, en carne propia, que la caída del muro de Berlín era mucho más que una metáfora.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-89508532917184882?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/89508532917184882/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/1989.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/89508532917184882'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/89508532917184882'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/1989.html' title='[15]  1989'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TFKBfsprwuI/AAAAAAAAAI0/BqmpxF57gJM/s72-c/MURO-DE-BERLIN%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5264713190989339370</id><published>2010-07-21T09:47:00.010+02:00</published><updated>2010-10-27T19:58:32.263+02:00</updated><title type='text'>[14] El maleficio escondido</title><content type='html'>&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TEIRgdUSAlI/AAAAAAAAAIA/wI2QWESSGMw/s320/DSC02090.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5494973744668607058" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(&lt;em&gt;A Lorena, porque la traición es un pan demasiado salado...&lt;/em&gt;)&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En mi segunda etapa al campo, con trece años, descubrí esa mezcla de sensaciones, texturas y olores que nos hace presentir, en un relámpago de lucidez, que somos apenas fragmentos dispersos, piezas incompletas…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo el campamento estaba reunido en una improvisada competición deportiva y los contrincantes voceaban frenéticos el nombre de quien cruzaría la línea de meta con un impulso extraordinario.  En el intervalo de segundos que pudo haber demorado la carrera, distinguí aquel cuerpo, con el que tantas veces me hubiera tropezado sin apenas notarlo. Y ese cuerpo tuvo para mí, ese día, un rostro, un nombre y un nacimiento. Como nunca podremos saber qué suma de misterio y casualidad interviene en el instante en que construimos esa bella ficción que llamamos &lt;em&gt;enamoramiento&lt;/em&gt;, decidí que aquella figura que cortaba el aire como si se tratase de un ser inasible y escurridizo, fuera la encarnación del &lt;em&gt;amor&lt;/em&gt; en mi mirada. Lo detuve en mi contemplación −apenas un flash fortuito− para extraerlo de la difusa niebla del anonimato y convertirlo en la pieza que se añade al cuerpo solitario. La pieza que nos duplica y ensancha. &lt;br /&gt;De aquella historia guardo el recuerdo de su bondad, mezclada con una torpeza infantil, casi ingenua. Y la dulzura de la timidez, cualidad que habría de perseguir, a partir de aquel instante, en cada elección. Supe que en el momento en el que los ojos se tropiezan, estrábicos, segundos antes de que la boca digiera el susto del primer beso, se comunican los deseos más limpios, los que apenas se olvidan.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Al cabo de varios años, ya en la Universidad, coincidimos una vez más. Vivía en La Habana y vestía un uniforme verdeolivo tras el que escondía la misma torpeza infantil. Presumía de esa nueva virilidad que el uniforme le brindaba y me ofrecía su casa, recién estrenada, junto a otras comodidades, como un auto estatal: prebendas todas obtenidas por su oficio. Me sorprendió verlo convertido en "oficial", posicionado en un poder que le quedaba muy grande -desde los primeros encuentros adolescentes supe que la agudeza no era su fuerte-, aunque evidentemente tenía talento para obedecer y eso era más que suficiente.&lt;br /&gt;Corrían los días del Festival de Teatro de La Habana y me invitó a ver una obra, sabiendo que sería un buen comienzo. Al llegar al Trianón enseñó dos credenciales y pasamos inmediatamente sin detenernos en una cola infinita que auguraba la calidad de la pieza. Yo estaba exultante, porque me había sido imposible ver algo en aquel festival en el que las entradas se acababan al instante y poco después valían el doble, en las manos de los revendedores.&lt;br /&gt;Cuando salimos, anotó algo en una libreta y me pidió que le comentara de qué trataba la obra pues le costaba entender exactamente algunos parlamentos, algunos signos escénicos demasiado crípticos. Después de mi charla, volvió a anotar en la libreta y comenzó lo que sería el descenso a los infiernos: me proponía, a cambio de una credencial especial, que reseñara las obras que viese, que apuntara si decían algo inconveniente, "contrarrevolucionario" y las reacciones del público. Después continuó explicando el por qué de nuestro reencuentro.&lt;br /&gt;Lo que en un principio supuse como un cruce fortuito de caminos había sido, sin embargo, una premeditada búsqueda. Trabajaba en la “zona” donde estaba enclavada la Beca Estudiantil de F y 3ra, y le habían encomendado un estudio sobre el consumo de drogas en el edificio y las posibles consecuencias disidentes de la campanilla y la marihuana. Necesitaba informantes, sobre todo en los pisos de Artes y Letras, y pensó en mí (o mejor, me buscó en el ordenador, registró mi expediente y consultó mi posible captación, como me contó después).  Quería saber qué se cocía en aquellas orgías de letrados a las que no podría entrar; qué brujos oficiaban el rito y quiénes eran los posesos. Y para eso estaría yo y otros tantos que ya habían sido captados (información que redobló mis paranoias). Debía exprimir a mis amigos e indagar hasta el sabor de la médula de los que compartían conmigo estancia, profesión y simpatía. Trabajar para él, con él. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquella ocasión volvió a ser el anónimo sin rostro, sin nombre, sin nacimiento que pasaba por mi lado, en una frenética carrera hacia una Ítaca lejana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por increíble que parezca, ese "reclutamiento" lo padecí en varias ocasiones.&lt;br /&gt;Cierto día (creo que en 1995, segundo año de la carrera), cojo una "botella" con destino a la Víbora en un coche de "chapa verde", y en el trayecto, el militar me pregunta por qué estaba tan callada. Sin pelos en la lengua le respondo que porque mi hambre era tal que apenas podía hablar. Me pide explicación y le comento que la comida de la beca es intragable y que a veces, cuando ya estoy al límite del desmayo, visito a mi familia en la Víbora para reponer fuerzas. Creo que mi confesión lo aturdió: me miró con tristeza y me invitó a que fuera a su unidad militar (cerca de la Beca); allí me daría una tarjeta para el comedor. Días después, fui al sito sugerido no sé si porque aquel hombre me había parecido amable y convincente (era, en definitiva, un Capitán del Ejército), o porque el hambre convence de una manera más rotunda, lo cierto es que comí, en esa ocasión, mucho mejor que en casa de mis familiares. Pero en la segunda visita el Capitán me citó, previamente, a su oficina. Después de una corta entrevista saqué una cosa en claro: o trabajaba para ellos o no habría más "papa". Ante mi negativa, y como dirían los versos martianos, volví "hosca a mi rincón, el alma trémula y sola"  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos años antes había sufrido, en carne propia, los acosos de la Seguridad del Estado. Unos acosos que fueron realmente lacerantes porque se disfrazaron de conquistas amorosas, jugando con mi vulnerabilidad adolescente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1993 −y junto a una delegación de 100 cubanos bulliciosos− visité por algunas semanas Francia, en lo que sería mi único viaje antes de emigrar definitivamente de la isla. Compartí vuelo con un joven villaclareño que se sentó &lt;em&gt;casualmente&lt;/em&gt; a mi lado y ya en París me acompañaría por unos días confesándome su amor, pegajoso y asfixiante, en cada esquina luminosa de la ciudad. El viaje se volvía un infierno con el martirio de su compañía, hasta que grité a los cuatro vientos que me dejara en paz (para colmo, en el mirador de la Torre Eiffel, rompiéndose para siempre el sueño romántico del viaje). Justo ese día conocí a un estudiante universitario que reemplazaría al pedante y que no me dejaría sola durante las semanas siguientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad -como luego supe- me proponía su amor a cambio de vigilancia, y todo porque antes de salir de Cuba, en un delirio de grandeza o imaginación sin límites, yo había comentado a viva voz que mi apellido era francés y que intentaría localizar mis ancestros. Aquel sueño inocente parecía un plan bien urdido, pues cuando alguien intentó indagar cómo lo haría, afirmé sin titubear: “pues busco una cabina telefónica, consulto la guía y llamo al primer Suquet que encuentre”. Así de fácil. Como si del otro lado hubiese algún francés dispuesto a entender mi español y a ofrecerme sus brazos “familiares”. Esta ingenuidad puso en funcionamiento todas las alertas. Parecía ser una posible desertora y había que impedirlo a toda costa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando descubrí que aquel joven guapísimo que me acompañaba por los campos Elíseos no era estudiante de Derecho −su coartada−, sino un oficial de la Seguridad del Estado que cumplía con su deber (en total eran 25 los que nos vigilaban, o sea, la cuarta parte del grupo, y entre ellos, el villaclareño seductor y la chica con la que compartía habitación), la madurez le dio un manotazo certero a mis dieciocho años, dejándolos envejecidos, irreconocibles. Al saberme ilusionada, no pudo mantener por más tiempo la farsa y me contó la paranoia que lo dominaba cada vez que me perdía de su punto de mira. Mi exilio podía arruinar su carrera de contrainteligencia para siempre. Agradecí la sinceridad y no interrumpí su misión (de lo contrario me espiaría otro sabueso farsante). Siguió el resto del tiempo “prendado” de mí, aguantando mis insufribles bromas que consistían fundamentalmente en despistarlo, en inventar fugas o deserciones que lo hicieran sudar y expiar su fraude.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi regreso −ya a las puertas de la universidad− nunca más volvería a apostar por un ideal desalmado. Mi desencanto amoroso fue también la ruptura con un idilio mayor, más esencial. Debía certificar que los niños se morían de hambre en la Francia capitalista y yo certificaba otras cosas más tangibles: la delegación arrasaba por donde pasara. En cada lugar a donde íbamos (escuelas, fábricas, museos…), desaparecían los jabones del baño, los rollos de papel sanitario, las toallas… Mi conocimiento de inglés -un poco mayor que el de la media que me acompañaba- propiciaba que mis compañeros me usaran para pedir "grabadoras" de música, y hasta ropa para bebés imaginarios (una chica del grupo fingió estar embarazada para que le regalaran una canastilla que guardaría para cuando la mentira se hiciera realidad). En ese viaje se quebraron muchos sueños. Y mi ingenuidad también. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguna vez más visité en su unidad militar al "estudiante de derecho", convertido en amigo a fuerza de compañía, hasta el día en que me pidió que compartiera su oficio, que me convirtiera en la amante ficticia de algún joven inconforme. Pienso que, desde entonces, no volví a creer en ángeles protectores si no me enseñaban, de antemano, el maleficio escondido.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5264713190989339370?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5264713190989339370/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/la-vida-de-nos-otros-los-blogs-son.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5264713190989339370'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5264713190989339370'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/la-vida-de-nos-otros-los-blogs-son.html' title='[14] El maleficio escondido'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TEIRgdUSAlI/AAAAAAAAAIA/wI2QWESSGMw/s72-c/DSC02090.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5559668759764759079</id><published>2010-07-17T21:29:00.019+02:00</published><updated>2010-10-27T19:45:27.051+02:00</updated><title type='text'>[13] Etapas al campo: de fantasmas y aparecidos (detalle)</title><content type='html'>En las etapas al campo era común que se vocearan rumores de aparecidos y fantasmas. Poco a poco nos íbamos asustando de tal forma que, a la segunda semana, casi nadie se atrevía a sacar una cabeza fuera del mosquitero de madrugada ni para ir a las letrinas que estaban fuera del albergue. A veces, cuando nos apuraba la necesidad, reclutábamos a varias amigas y formábamos una especie de cadeneta temblorosa encabezada por la más valiente, con linterna en mano. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas de aquellas historias nacían de ese placer de los alumnos mayores por aterrorizar a los pequeños. Pero también fueron utilizadas para controlar los albergues, para sembrar ese terror a la nocturnidad que permitía que todos fuéramos disciplinadamente a la cama y no osáramos levantarnos hasta el de pie matutino, cosa que, sin embargo, supieron aprovechar los “listos”: oíamos pasos, sonidos de cadenas y candados, maletas que se abrían, y sólo al otro día comprobábamos que los potes de mermelada habían desaparecido, pero ¿quién tenía el valor de descubrir al ladrón? ¿Y si el cleptómano era el mismísimo fantasma? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El catálogo de “aparecidos” era invariable: la mujer vestida de blanco −¿traje de novia?- el negro encadenado −esta imagen de la etapa esclavista convenía para solapar el sonido de las cadenas y los candados de las maletas abiertas−; la “taconúa”- una mujer que andaba en tacones por todo el albergue−, el ahorcado… También, cuando trabajábamos en aquellas casas de tabaco inmensas y alejadas, siempre “aparecía” un guajiro de la zona y nos llenaba la cabeza de leyendas. Una compañera solía decir, con convicción de quien repetía lo que tantas veces le habían aconsejado, que había que tener más miedo a los vivos que a los muertos. Y en efecto, la única agresión que recuerdo de aquellos años provino de uno de los profesores que debía cuidarnos, y que en realidad nos cuidaba con celo… Apilando “cujes” -palos enormes que servían para colocar las hojas ensartadas- una de mis amigas (más "desarrollada" que la media), se dio un golpe en un seno, y aquel profesor de Historia se empecinó en que le mostrara el golpe y como si fuese médico, le palpó el pecho ante nuestros ojos sorprendidos… "Hay que frotar bien para que no te queden hematomas", decía mientras hacía. Aunque intuímos que aquella “preocupación” era excesiva, sólo muchos años después aquilaté la dimensión del abuso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En mi segunda etapa al campo viví una experiencia sobrecogedora. En mi brigada había una chica triste y delgada, cuyos padres habían fallecido años antes, en un accidente de tráfico. A veces, en media faena, y en aquellos desolados campos, entraba en una especie de shock que le hacía gritar despavorida al vacío como si recriminase a alguien su presencia. Cuando explicó lo que le sucedía todos en la brigada huyeron de ella como de si de una enfermedad contagiosa y altamente letal se tratara. ¡Solavaya! ¡No querían compartir tareas con una "medium"! La chica afirmaba que se le aparecía su madre y que insistía en hablarle, pero que ella no se sentía preparada para este encuentro. Parece ser que era más fuerte el miedo que el deseo de comunicación metafísica. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de aquellos ataques, la chica tardaba en recuperarse y nuestra brigada también, por lo que casi nunca podíamos cumplir con las normas del día. Como jefa de brigada sufrí varios regaños y cuando explicaba los motivos del incumplimiento, tenía que soportar que se burlaran de mi credulidad, que me dijeran que la tal alumna me estaba tomando el pelo para no trabajar. Pero si se trataba de un ataque histérico con el que justificaba su imposibilidad de trabajar una jornada entera al sol, con más razón debía haberse tenido en cuenta por la dirección del campamento. Los síntomas son una expresión del cuerpo, una denuncia codificada de un mal, físico o psíquico… Nosotros podíamos levantar los hombros y exclamar: “está completamente chiflada”, pero los adultos debían haber sido más cautelosos… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La única solución que encontré para defender mi honor fue la de trabajar junto a mi compañera todos los días en espera de que se presentara la “aparecida”. En aquellas largas jornadas supe que mi amiga no era feliz en su nuevo hogar, pues a cada paso su tía le recordaba que su orfandad era un peso molesto que debía cargar, y su prima solía burlarse de su timidez y tristeza. Siempre que leo aquella frase que Doña Augusta le dice a José Eugenio Cemí en Paradiso: “la caca del huérfano hiede más”, evoco el rostro de aquella chica, deprimida y solitaria. Supe que casi nunca la visitaban los domingos; que apenas tenía comida extra para refugiarse después de los malos sabores del campamento. Su voz era tan frágil, y su miedo tan potente que no sé si la figura fantasmática era ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de unos días de trabajar con mi compañera, la “aparecida” acudió a la cita. Decidí mirar hacia el lugar donde me señalaba, histérica, mi compañera y gritar como una poseída: “¿No ves que te tiene miedo? ¡Si de verdad eres su madre y la quieres, no te le aparezcas más, que le haces daño!” Y añadí unas “palabras mágicas” que contuvieron los síntomas: “Si quieres decirle algo, díselo en sueños”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca más −durante esa etapa− volvimos a tener otro incidente de aparecidos en mi brigada. La chica me contó que, efectivamente, desde ese día tenía bellos sueños en los que aparecía su madre y le daba ánimos −y, lógicamente mudó la histeria por una especie de narcolepsia bienhechora−. En uno de esos sueños, y como si de una burla se tratara, la progenitora le había confesado que quería darme las gracias por lo que había hecho. Mi amiga me lo decía así, tan tranquila: prepárate sicológicamente, que mi mamá difunta te quiere dar las gracias…&lt;br /&gt;Desde ese momento la que entró en histeria fui yo: tenía miedo de que lo de la aparecida fuera real y que se empecinara en cumplir su palabra: nadie sabe qué ética puede regir a los fantasmas. Necesité la ayuda de algunos amigos que apelaron a mi “ateísmo” como psicoterapia y me adulaban con dosis de "con lo inteligente que tú eres...". Recuerdo, incluso, que emigré algunas noches para la cama de una compañera incondicional, hasta que los dolores de su espalda pusieron fin a su tolerancia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche sentí a alguien merodeando por mi litera y el mosquitero se movió con un aire inexplicablemente intenso durante unos segundos. Creí oír un susurro, pero era tal mi terror que no moví ni una sola pestaña: me quedé paralizada bajo la colcha. Desde ese día veía presencias por todos lados: pequeñas ofrendas que me dejaban en mi taquilla, dulces, flores… La medium juraba que era su madre y se aferraba a aquella idea con un placer increíble. &lt;br /&gt;Era tan “frikie” que agradecía en voz alta cada regalo, diciendo algo así como “quien quiera que seas y donde quiera que estés, gracias”. Pero también logré ser consciente de la felicidad momentánea que le daba a aquella chica triste y delgada, con la que nunca más intercambié palabras una vez acabada la “etapa al campo”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de algunos años, supe de una noticia horrible que me dejó sin aire: la tía y la prima de aquella compañera habían tenido un accidente mortal.  Llovió mucho por aquellos días y los tragantes de la ciudad estaban desbordados: madre e hija fueron arrastradas por el agua, y deglutidas por un hueco sin fondo, hasta parar al río.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5559668759764759079?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5559668759764759079/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/en-mi-segunda-etapa-al-campo-con-trece.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5559668759764759079'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5559668759764759079'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/en-mi-segunda-etapa-al-campo-con-trece.html' title='[13] Etapas al campo: de fantasmas y aparecidos (detalle)'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-7607594170471507602</id><published>2010-07-11T13:36:00.013+02:00</published><updated>2011-02-20T12:56:58.394+01:00</updated><title type='text'>[12] Las "etapas al campo"</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TDmxsWCy8uI/AAAAAAAAAH4/_u8Nvu6NsV0/s1600/DSC02061.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 150px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TDmxsWCy8uI/AAAAAAAAAH4/_u8Nvu6NsV0/s200/DSC02061.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5492616595944698594" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(Febrero 1990. Tercera "etapa al campo")&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;A los doce años cambié de uniforme y dejé atrás los tirantes de la primaria. Me afeité por primera vez las piernas, por que así lo ordenaban las leyes secretas de la adolescencia −lo que provocó el espanto de mi madre− y tuve por primera vez la regla. Casualmente esa “primera vez” fue un 28 de enero: estuve todo el desfile agotada, con dolores desconocidos, pero no quería −ni podía− abandonar la fila: era la jefa de escuela, y como tal, tenía que dar el ejemplo. Al llegar a casa descubrí de qué se trataba. Y todo se gestionó de una forma silenciosa; mis padres se confabularon: él debía ir a la farmacia en busca de algodón y ella debía hablar con su hija de responsabilidades y embarazos que, dada mi proverbial niñez, me parecían entonces un disparate. Esos primeros ciclos fueron solucionados con compresas caseras, en cuya manufactura participábamos madre, hija y primas: un trozo de algodón envuelto en gasa y de dimensiones variables, según la necesidad. (Parece que las “íntimas” ya empezaban a escasear en las farmacias). Solo sé que a la tortura de las nuevas obligaciones de la feminidad, debí incorporar la exasperación que provocaba la textura de la gasa y el inmenso cuerpo extraño que me imposibilitaba andar sin hacerme daño o sin que se desplazara hacia cualquier sitio, debiéndolo recolocar a cada paso, con discreción.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese año, también por primera vez, me separé de mis padres por un lapso de 45 días. La etapa al campo era un rito de paso obligado y como tal se vivía. Se basaba en un "principio" martiano -y a toda hora se nos instaba a "conjugar el estudio con el trabajo", como si se tratasen de verbos irregulares que había que memorizar con dificultad. En realidad, el tal "principio" era más bien una multiforme aglomeración de citas sacadas de aquí y de allá y podadas convenientemente. En ninguna frase extraviada por las Obras Completas del "Maestro" podía hallarse la justificación para que se impusiesen, en su nombre, intensas jornadas de trabajo a cuerpos prácticamente infantiles -obligados a abandonar los estudios por un mes y medio y someterse a los rigores del sol. Tras esa cubierta ideológica se escondía, sobre todo, la necesidad de mano de obra barata para los desolados e improductivos campos cubanos. Se nos ofrecía un bono de "cumplidor" -espejitos donde reflejábamos nuestro orgullo- a cambio del oro de nuestra edad -de las manos encalladas por las guatacas pero convertidas en un valor productivo. ¡De alguna forma habría que pagar los estudios! ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo especialmente una frase martiana que se rotulaba en las paredes de los campamentos en forma de axioma atemporal, descontextualizado: "Somos jóvenes y si no hacemos lo que la naturaleza espera de nosotros, seremos traidores". ¿Qué se suponía que la "naturaleza" esperaba de nosotros?  Este impreciso enunciado podía ser contextualizado a voluntad por las reglas que los directores de los campamentos se inventaban cada año. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para nosotros, aquellas etapas en que abandonábamos las aulas, significaban ante todo sobrevivencia (vivir por encima o más allá de lo que, hasta entonces, habíamos vivido: todo "campo" es una sobrevivencia). Conocimos de una vez, y en una difusa mezcla de felicidad y hastío, la solidaridad, el miedo, las ranas en los baños, las letrinas sucias, las primeras “giardias” −que demoraron en abandonarme, casi hermanas interiores−, las comidas desagradables en bandejas metálicas, los bailes en las noches, los primeros amores −las afortunadas, los primeros besos−, los primeros camiones o carretas abordados como si quisiésemos matarnos y todo para “coger sitio” en las barandillas, y desabordados después  −a la vuelta al campamento y con idéntico frenesí−, esta vez para alcanzar una ducha personal, todo un privilegio de los más fuertes. El resto terminaba lavándose de forma colectiva: el agua escaseaba y un campamento de unas 400 personas tenía que ducharse en 2 horas. Recuerdo que junto con otra amiga, ambas enclenques, creamos una alianza con una “forzuda” -gran amiga desde entonces-que, a base de golpes y empujones, nos procuraba una ducha. A cambio, le dábamos nuestra bandeja de comida que, de lo contrario, tiraríamos casi intacta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las etapas al campo, en dependencia de la secundaria en la que se estudiase, podían ser épocas muy duras: la fiebre del sobrecumplimiento tenía adormecida la cabeza de nuestra directora, necesitada de medallas, por lo que los surcos por escardar, guataquear y sembrar se multiplicaban cada día. Las metas eran inalcanzables y llenábamos nuestro trabajo de chapuzas y mentiras: saltábamos de surco, dejando alguno cubierto de yerbas, botábamos las “posturas” para sentarnos hasta que nos trajeran más mazos, y así sucesivamente. También intentábamos hacernos daño para quedarnos un par de días en la enfermería o en el campamento haciendo las labores de limpieza, que llamábamos “guardia vieja”: nos echábamos tierra en los ojos, nos torcíamos un pie. Algunos llegaron a partirse un brazo: dormían toda la noche con una toalla mojada alrededor del miembro y al despertarse, solo era necesario un golpe contundente para quebrar el hueso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los que se marcharan a casa sin pretexto justificado se les llamaba “rajaos”, y tener tal apelativo era como entrar al invierno polar del último círculo dantesco. En fin, que no podía caerse más bajo. Allí, seguramente convivirían con Caín, Bruto y Judas, los cobardes, los débiles, los enfermizos, los mariquitas, los religiosos -fundamentalmente los “Testigos de Jehová”- sepultados por el "hielo" de nuestro rechazo. Todos formaban parte de la presumible “fauna” de traidores de aquel sistema de formación del hombre nuevo, anclado en el principio de endurecimiento y de virilidad, propio de ese estado de paranoia en el que se vivía. Repetíamos a coro en los matutinos aquel lema machista y sacrificial: “Sólo los cristales se rajan, los hombres mueren de pie, y nosotros, los pioneros, ¡moriremos como el Che!”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese año, 1986, comienzó el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, que sumió al país en una efervescencia de reuniones, debates y denuncias contra los modelos “acapitalizados”, y surgió aquel lema de “abanderados del 2000”. Quien no cumpliera con sus normas productivas, no podría llegar al nuevo siglo con las banderas en las manos… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra historia, con tintes de hazaña, era la que vivían nuestros padres, forrajeando por toda la ciudad durante la semana para procurarnos, los domingos de visita, comida bien elaborada, jabones, leche en polvo y un arsenal de provisiones que no caducara (galletas o pan tostado, miel o leche condensada), con el que me mantenía nutrida hasta el próximo fin de semana, negada como estaba a tragar aquellos chícharos malolientes que me ofrecían cada día en el campamento. (Cantábamos, parodiando a “Bahama Mama” de los Bonnie M., aquello de “más jama, más jama, jama: arroz, chícharo y huevo a la semana”). &lt;br /&gt;Aquellos domingos nos dábamos unos atracones gigantescos, frente a la cara despavorida de nuestros padres. Todo nos sabía a gloria. Mi delgadez y depauperación era tal que a mi madre le costaba mirarme a la cara. Los viernes sufríamos el desabastecimiento y añorábamos haber tenido la suerte de otros que trabajaban con naranjas o tomates. La siembra del tabaco no proporcionaba ninguna satisfacción alimenticia. (Un día nos escapamos hacia un campo bastante distante donde había matas de mango: subimos a tractores, carretas de bueyes y camiones… hasta llegar, y allí mismo nos dimos un atracón desaforado. En aquellos caminos desiertos tuve la certeza de que algo podía pasarnos. Regresamos al campamento al oscurecer con una mochila cargada de mangos que, para colmo, nos fue requisada por quienes dirigían.  No supimos la suerte que corrieron aquellas frutas, aunque la sospechábamos.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De todas formas, entre tanto cansancio y resignación, siempre recuerdo, hacia al final de aquellas etapas, la emoción que sentía al mirar alguno de los campos sembrados por nuestra brigada y ver cómo las posturas se habían convertido en crecidas plantas de tabaco a punto de la floración. Más allá de la cuestión ética -que no me la planteaba- de que contribuiría a destrozar los pulmones de algún futuro consumidor, lo que me satisfacía era la posibilidad de que mis manos de ciudad se unieran, secretamente, a las de mis ancestros vueltabajeros (el tronco familiar de mi bisabuelo materno), todos cultivadores de tabaco y que, al triunfo revolucionario, debieron entregar sus rentables fincas para que cooperativistas, voluntarios y niños de secundaria, las sembraran.&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-7607594170471507602?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/7607594170471507602/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/las-etapas-al-campo.html#comment-form' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7607594170471507602'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7607594170471507602'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/las-etapas-al-campo.html' title='[12] Las &quot;etapas al campo&quot;'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TDmxsWCy8uI/AAAAAAAAAH4/_u8Nvu6NsV0/s72-c/DSC02061.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-1640252517983438052</id><published>2010-07-06T13:48:00.003+02:00</published><updated>2010-07-06T14:23:53.455+02:00</updated><title type='text'>Más muñequitos rusos</title><content type='html'>&lt;object width="480" height="385"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/wFxYA7uXbd0&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/wFxYA7uXbd0&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="480" height="385"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Buscando la animación que comentaba en el post anterior (el niño que sueña que está solo en el mundo), encontré este otro dibujo, de 1986. A pesar de que no lo pasaron por la televisión cubana, pues los que veíamos entonces eran mayoritariamente de los 60-70, me parece interesante. Es también un niño soñador que el deseo se le convierte en pesadilla. Pero ahora el mundo soñado no subraya la soledad que puede provocar el consumo -y que en aquel muñequito era aterradora-, sino la posibilidad de la abundancia y el placer sin límites, que como todo lo desmedido, provoca hastío, saturación. Un mundo consumista puede estar a las puertas del comunista y hacia ahí se dirigen las críticas. &lt;br /&gt;Sorprende el homenaje inicial a los "muñequitos rusos", cuyo visionado excesivo también puede desequilibrar. El niño podría ser cualquier cubanito frente a la tele (la banda sonora de "Deja que te coja" apoya esta similitud) y la abuela, nuestra "Chucha": el parecido es sorprendente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-1640252517983438052?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/1640252517983438052/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/mas-munequitos-rusos.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1640252517983438052'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1640252517983438052'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/mas-munequitos-rusos.html' title='Más muñequitos rusos'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-5898359319050349939</id><published>2010-07-03T13:26:00.009+02:00</published><updated>2010-10-27T19:13:16.757+02:00</updated><title type='text'>[11] Bajo el reinado de los muñequitos rusos</title><content type='html'>&lt;object width="480" height="385"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/8rBlpYrsNLk&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/8rBlpYrsNLk&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="480" height="385"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Últimamente se ha visto un revival nostálgico de lo muñequitos rusos que se exhibían en Cuba en los 70'-80'. El blog de Akekure  (http://munequitosrusos.blogspot.com/) es ya un espacio fundamental para revivir emociones.     &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por mi parte, llevo toda una tarde viendo muñequitos de infancia y tratando de rescatar mis sensaciones de entonces. Pero como vi los mismos dibujos una y otra vez; como crecí viéndolos y ya era casi una muchacha y aún seguía embelesada frente a la pantalla, me cuesta recordar alguna sensación puntual, detenida en el tiempo. &lt;br /&gt;El mismo muñequito fue odiado e incomprendido a veces y amado otras tantas. Me producían hastío o asombro; fascinación o tristeza, en dependencia de quien fuera ese ‘yo’ que los miraba en cada período. Los muñes de “palo” -aquellas marionetas que hoy he aprendido a revalorizar-, los de “plastilina”, el &lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=VVEZZWLLxao&amp;feature=related"&gt;Cheburashka &lt;/a&gt;indefinible -¿mono, niño, osito?- junto al cocodrilo Gena, aquellas imágenes abstractas como las del &lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=VxX8w6LydCo&amp;feature=related"&gt;“fantito que va a regar la espiga”, &lt;/a&gt;las alegorías y los símbolos que nos costaba desentrañar, la inquietante belleza de una energía reeducadora que nos mordía la conciencia, la música que nos entristecía… era todo un proceso de descubrimiento de matices, formas, sentidos. Y a veces, de des-descubrimiento, de fastidio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si en la primera infancia se precisa de esa especie de estructura neurótica de repetición en pos del equilibrio -por lo que los niños sienten placer viendo mil veces las mismas escenas-, en Cuba teníamos satisfechas estas cuotas de reproducción los trescientos y tantos días al año, de seis a siete de la tarde. Pero no se está en la primera infancia toda la vida; aunque a veces sea lo deseado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Repetidos cada día, se volvían predecibles; se cantaban o recitaban imitando la lengua extraña y se dejaban de pensar, de recibir como un mensaje aleccionador. Eran más bien una costumbre, parte de la rutina diaria: a las seis nos tocaba ver los muñequitos como a las ocho, irnos a dormir tras la calabacita. Pocos niños se irían a dormir a esa hora, como pocos, también, nos dábamos cuenta de que tras cada historia había un comprometido proceso de selección, para que cada cuadro no basara el regocijo en la patraña de un gato corriendo indefinidamente tras su presa, incluso por el vacío, sino que se anclara en el rincón oscuro de la conciencia en forma de aprendizaje ritual.  Cuando el gato y el ratón aparecían fortuitamente, era una delicia verlos correr, morir una y otra vez y resucitar tras el estallido de la bomba, la caída al precipicio. Eran dibujos nítidos y "superficiales", como nuestra niñez. Pero el respiro duraba minutos; después volvíamos a los densos y elaborados mensajes que adorábamos a costa de repetición y conformismo. La expresión contracultural y resistente de aquellas piezas de animación -hoy revisitadas como "joyas"- se volvía, en nuestro caso en un obligatorio ejercicio de contemplación que, como norma importada, nos llevaba a revivir cuentos tradicionales ajenos a nuestra tradición y a disfrutar de la extrañeza de las imágenes junto con los zumos de manzana y las matriuskas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que aprendimos a minimizar la fuerza de aquel tremendismo usando hasta el cansancio las frases que nos parecían inusuales y simpáticas en su extrañeza, aún cuando proviniesen de los personajes negativos. Convertíamos el absurdo en bandera. Aquello de “¡&lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=yeLLxPoD7pY&amp;feature=related"&gt;viejuca, dame de comer&lt;/a&gt;!” − justo lo que censuraba el hada hechicera−, se convirtió en una expresión identificatoria. Condensábamos los cuentos en aquellas frases y esperábamos resignados a que llegara el momento en el que el rajá, ansioso por la llegada del &lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=Ql-FrP9akyI&amp;feature=related"&gt;antílope dorado&lt;/a&gt;, preguntara al guardián con insistencia: ¿no viene nadie?, ¡nadie!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salvo ese variado repertorio de frases y gestos que identificaban a los que crecimos bajo el reinado de los muñequitos rusos, su huella, tan ajena como impuesta, no logró imprimirse en nuestra estética de (auto) representación. Para contrarrestar los perfiles oscuros y voluminosos de aquellos héroes −como los de Mashenka y el oso− el ICAIC producía unos muñequitos que se encargaban de re−cubanizarnos y de cimentar una autoctonía basada en el mambí, verdadero “pillo manigüero” que −como nos lo creíamos entonces, y lo seguimos creyendo− consolidó la idea de que los cubanos éramos infinitamente más hábiles y astutos que cualquier habitante de la aldea mundial; que a fuerza de arrojo y picardía ganaríamos cualquier “guerra” en la que nos aventurásemos. Y con esa ilusión, todavía, se sigue cruzando el océano, para conquistar un mundo reglado por otras competitividades. En este caso, y como Jinks, nos caemos al precipicio a mitad de la carrera. &lt;br /&gt;Los muñes cubanos estaban rebozados de comicidad para que apenas sintiésemos el sabor de la historia patria que recreaban una y otra vez. Todavía disfruto con el ingenio de Juan Padrón y aquella versión disparatada del ejército español regido, en pleno combate, por el toque de una tuba, pues los mambises habían robado la trompeta. Aquella frase de: "¿&lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=U9xHYoHwD70&amp;feature=related"&gt;y ahora qué estará tocando ese&lt;/a&gt;?" y la respuesta del compañero: "si se oye clarito, clarito: ¡retiradaaaaaaa!" me arranca aún hoy una buena carcajada.        &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que miraba indefectiblemente "Listo Estudio" para ver qué sentido tendrían mis tardes; si me entristecería, me aburriría infinitamente o me lo pasaría feliz. Por entonces, el amor o el hastío por los muñequitos podía ser un índice para medir la adultez. Se estaba en camino de hacerse mayor cuando se podía llegar a mirar los dibujos con desprecio y exclamar o preguntar asombrado: ¡pero todavía ponen los mismos muñes que ponían en “mi” época?!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero evocar un muñequito “ruso” que formó parte de mis pesadillas de exterminio y soledad. Un dibujo que me calaba hasta los huesos, como el más frío de los inviernos en el exilio.  (Lo he rastreado en la web y no lo encuentro, así que apelaré exclusivamente a mi memoria, y a sus auténticas traiciones)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La historia parte del deseo inconfesado de cada niño de vivir en un mundo reglado por sus caprichos, en el que los mayores desaparezcan para siempre. Pero, en esta trama, a diferencia del Señor de las Moscas -donde los perversos infantes crean su sociedad-, el niño está absolutamente solo en el mundo. Se dibuja, entonces, un universo distópico en el que el consumo, los bienes materiales, la tecnología, los espacios de ocio, la aterradora y fría cortesía de las máquinas, los paisajes sin ruido y presencias, refuerzan el umbral de esa sensación pesadillesca que es cruzada en pos de una autonomía.&lt;br /&gt;La vida deshumanizada y solitaria es la amenaza a la invocada aspiración de ser el dueño y señor del universo: quien quiera vivir para sí y olvidarse de la comunidad, le espera una terrible pesadilla.  El parque, antes lleno de niños que se disputaban las atracciones, está ahora vacío y ofrece sus asientos para que el niño disfrute con la excitación de quien no tiene normas ni contrincantes que lo ladeen. Pero el imperio absoluto del silencio va haciendo estragos en su egoísmo, y la culpa por haber soñado aquel mundo ideal empieza a perfilar el tormento. En la tienda de juguetes, el niño estalla en la plenitud de disfrutar sin la timidez del acecho, pero ¿qué hacer con tanta libertad sin fiscalizar o compartir?; ¿a quién mostrar la felicidad o el desafío? &lt;br /&gt;Abandona todos los juguetes y al marcharse, un mono mecánico y gigante lo despide con una letanía de máquina programada: “Gracias por su compra” −¡Pero si yo no he comprado nada!, explica el niño con una congoja creciente. “Gracias por su compra”,  repite el mono una y otra vez. Y ya, para ese entonces, mi tristeza es tal que corro a abrazar a mi madre que, desentendida, devuelve el gesto de cariño. &lt;br /&gt;Regreso a la sala y sigo contemplando la fábula: en su camino de desesperación, el niño encuentra un osito de peluche abandonado en un banco y con él, como único compañero inerte, llora su eterna soledad. Justo entonces descubrimos que la historia ha sido un sueño: la madre compasiva entra a la habitación avisada por los gemidos del niño, lo abraza e intenta anular su pesadilla. &lt;br /&gt;Pero, la mía, al extremo que después de tantos años recuerde el dibujo con semejante nitidez, ¿quién la anula?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-5898359319050349939?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/5898359319050349939/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/bajo-el-reinado-de-los-munequitos-rusos.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5898359319050349939'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/5898359319050349939'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/07/bajo-el-reinado-de-los-munequitos-rusos.html' title='[11] Bajo el reinado de los muñequitos rusos'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-1712373505351223070</id><published>2010-06-28T12:37:00.005+02:00</published><updated>2010-11-08T19:14:07.308+01:00</updated><title type='text'>[10] El peso de los nombres</title><content type='html'>Mi nombre es extraño en España. En Cuba tenía un aire vetusto, de familia antigua, algo que se reforzaba con la idea de que mi madre se llamaba igual (y creo que en honor a su madrina): nunca coincidí con ninguna Mirta contemporánea y deseaba haber tenido un nombre complicado, exótico, de moda. Mi apellido, por el contrario, despertaba derivaciones simpáticas (azuquita, la más común). Vivía orgullosa de mi extraño apellido, que me identificaba señeramente en un mundo de Martínez y Rodríguez. Después supe que mi apellido pertenecía a la jerga gastronómica catalana −pescado al “suquet”, o sea, al jugo− y que emigró a la isla en los papeles de un bisabuelo que fundaría esa rama exótica de árbol trasplantado del que muchos años después nacería yo. Cuando fui por primera vez a Cataluña y comprobé que el apellido con el mi padre reforzó su "aura" de profesor mítico, no tenía nada de sublime, casi muero de risa (no pude evitar retratarme a la puerta de los restaurantes). Ahora es mi nombre la pieza de identidad: nadie lo conoce por estos lares y me obligan a deletrearlo pacientemente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una amiga comentaba que uno de los mayores atrevimientos en la isla durante estos 50 años había sido el divorciarse con facilidad. Yo creo que la libertad pasaba, también, por la disposición descontrolada de las mujeres al aborto (practicado casi como método anticonceptivo). Abortar en Cuba era −supongo que siga siendo− muy fácil y se tomaba como uno de los logros de la igualdad de la mujer. Por supuesto, que la tal igualdad no iba por ese camino, pues era el cuerpo femenino el que se exponía al trauma físico y psíquico del aborto, y las campañas en torno al control de esta práctica brillaban por su ausencia. Una vez que se decidía mantener el embarazo, la libertad pasaba por la creatividad a la hora de nombrar a los hijos. Pero muchos de estos nombres no fueron elegidos caprichosamente. Respondían a ideologías concretas, a huellas históricas e influencias intervencionistas que se &lt;em&gt;naturalizaban &lt;/em&gt;en el cuerpo cubano a través del nombre.&lt;br /&gt;De padres a hijos los nombres fueron dejando el hilillo moribundo de las doctrinas y los amores políticos, como si de la huella sangrante de un miembro amputado se tratase. Mi amiga Yunieska se casó con Vladimir y nombró a sus hijos Brian y Kevin. Sus padres habían visitado al Kremlin en su época de esplendor - como parte de los "viaje de vanguardias"- y adoraban el modelo bienhechor del país socialista. Por eso la llamaron así. Actualmente mi amiga vive en los Estados Unidos: torció el rumbo después de haber estado un año de misión médica en Haití y sus hijos llevan en sus inscripciones las huellas de este viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra contemporánea se llama Ernesallen, la síntesis lo más eufónica posible entre Ernesto Guevara y Salvador Allende. Hoy vive también "allende" los mares, intentando que sea esa parte del nombre la que signifique algo: el fin de aquella etapa que prometía grandes sueños atados a grandes nombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Natacha me ha arropado con su nombre de gélidos parajes desde que la conocí en la Universidad, y Walfrido, con ese peculiar nombre de saga germánica, pasó a ocupar el rol del esposo que en la imaginación de niña nombrara de manera más romántica.  &lt;br /&gt;De nombres extraños estaba empedrado el camino por el que debería andar: saltaba de una Irina a un José Julián (por Martí); de un Volodia a un Camilo; de una Mariuska a un Abel Ernesto. Un caos de ideología casera y modelos culturales importados se resumía en los apelativos de nuestra generación: de los ídolos foráneos −los “amigos” eslavos− al héroe patrio. Atrás habían quedado aquellos "Onedollars" o aquellas "Usnavy" anteriores al 59'. Tampoco abundaban ya los Candelarios y las "Modestas" como se llamaba mi abuela; porque los santorales habían dejado de ser la solución más socorrida por las familias a la hora de nombrar el nuevo retoño. Nuestros santorales eran otros y un amigo no pudo evitar llamarse "Lenin" porque nació el 22 de abril como el fundador de la URSS.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue a finales de los setenta cuando se hizo popular el gusto por la Y, como si emigráramos por el abecedario en busca de una autoctonía y solo nos quedara hueco para improvisar con las letras marginales, con las últimas. Una ola de Yanisleidis, Yenisei, Yurina… refrescó a la isla con su disidencia sonora. A veces los nombres se componían con fragmentos del de los progenitores. La furia por marcar la diferencia crecía, como si se pretendiera recomponer una identidad herida, fragmentada; una identidad que era abocada, desde el discurso oficial, a no reconocerse en el pasado, en la descendencia hispana. Recuerdo especialmente un nombre− rompecabezas. Los padres pusieron en papelillos las sílabas de sus nombres y eligieron al azar. ¡El compuesto resultante fue Nopisami!, y así se nombró al niño -el hijo de la bibliotecaria de mi escuela primaria-. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Y mientras nos llamábamos de maneras tan diversas en busca de una libertad aunque fuese sólo nominativa; mientras en una misma familia se transitó del nombre español de los abuelos al ruso de los padres y al americano de los nietos -y en cada trayecto se llenaron las maletas de ideales geopolíticos, de ilusiones o pesadillas colonizadoras, para soñar con el viaje a través de una palabra-, el Poder seguía teniendo una sola designación, un nombre y apellido de origen latinos que nos predestinaban un retorcido futuro, síntesis de fidelidad y castración. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que recuerdo el crescendo histérico de aquellos malos versos que debía recitaba en los actos revolucionarios mi garganta se tensa. Repetíamos el Nombre como si necesitásemos confirmarlo a cada instante. El poema concluía así:&lt;br /&gt; “Y esto que las hieles se volvieran miel,&lt;br /&gt;se llama...&lt;br /&gt;¡Fidel!&lt;br /&gt;Y esto que la ortiga se hiciera clavel,&lt;br /&gt;se llama...&lt;br /&gt;¡Fidel!&lt;br /&gt;Y esto que mi Patria no sea un sombrío cuartel,&lt;br /&gt;se llama...&lt;br /&gt;¡Fidel!&lt;br /&gt;y esto que la bestia fuera derrotada por el bien del hombre,&lt;br /&gt;y esto que la sombra se volviera luz,&lt;br /&gt;esto tiene un nombre, sólo tiene un nombre...&lt;br /&gt;¡Fidel! &lt;br /&gt;¡Castro! &lt;br /&gt;¡Ruz!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizás les ponga a mis hijos Anxo o Antía, para marcar en sus cuerpos mi gratitud por Galicia; para que mientras corran, no importa por qué plazas de qué mundo pueda llamarlos en voz alta y recordar que siempre hay una tierra dispuesta a acogerte cuando en la tuya el peso de un nombre aplasta todas las libertades e ilusiones. O quizás les ponga nombres más abiertos o fluyentes, menos atados a un país y sus fronteras: Mar, Lluvia, Luz.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-1712373505351223070?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/1712373505351223070/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/el-peso-de-los-nombres.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1712373505351223070'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1712373505351223070'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/el-peso-de-los-nombres.html' title='[10] El peso de los nombres'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-1763418078025817695</id><published>2010-06-21T20:12:00.017+02:00</published><updated>2010-07-18T12:20:11.868+02:00</updated><title type='text'>[9] Por si acaso...</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TB-v2xlpnDI/AAAAAAAAAGo/NFA5m-Ug_vQ/s1600/5985707335139069%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 222px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TB-v2xlpnDI/AAAAAAAAAGo/NFA5m-Ug_vQ/s320/5985707335139069%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5485296226719603762" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;("Bodegón con batidora rusa". José Luis Hernández Castillo)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi casa es un baúl gigante de tarecos y recuerdos.  &lt;br /&gt;En la sala, los muebles de cedro y pajilla estilo “renacimiento criollo”, de cuando mis abuelos se casaron, tropiezan con el juego del matrimonio de mis padres; en el cuarto, un “chiforrover” de caoba de un bisabuelo se conserva &lt;em&gt;como nuevo&lt;/em&gt;...  Abro una gaveta y me encuentro unos espejuelos sin una pata, y cuando pregunto a mis padres por qué los guardan, me dicen con toda la lógica del mundo: &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;el tornillito de la pata que queda se puede usar de repuesto. Los frascos vacíos ni se botan ni se reciclan, se acumulan &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;hacen falta; algunas medicinas se atesoran &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;escasean cuando se necesiten. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una batidora nueva, por muy sofisticada que sea, jamás echará a la basura la batidora rusa con el vaso de aluminio. Cuanto más, la desplazará hacia un lugar menos estratégico en la meseta. Y en efecto, mis padres saben lo que hacen: los equipos rusos parecen eternos, irrompibles. Las lavadoras Aurika continúan funcionando, aunque la mayoría esté mutilada -es preferible exprimir la ropa con las manos a cambio de tener un potente ventilador en casa, hecho con el motor de la centrífuga. Y la Aurika de mis padres no se usa porque otra más moderna hace su trabajo, pero está ahí, como la reina vaga de la casa, &lt;em&gt;por si&lt;/em&gt;. (Cuando me torcí el pie en mi último viaje a Cuba me aconsejaron que me diera un “hidromasaje” en la lavadora, una práctica que hasta los fisioterapeutas recomendaban. Al principio pensé que era una broma, pero no, era en serio: con “varias sesiones de Aurika” presumiblemente se quitaba el dolor) [&lt;a href="http://vagn204.blogspot.com/2010/06/en-el-discurso-de-graduacion-del-primer.html"&gt;Véase en este enlace un fragmento de discurso de Fidel sobre la escasez de lavadoras en Cuba&lt;/a&gt;]&lt;br /&gt;En el patio de la casa, todo lo que sirva para guardar agua se utiliza: desde botellas plásticas de &lt;em&gt;tu kola &lt;/em&gt;hasta cubos o cubetas. Cada dos días se llenan los recipientes (eso le supone a mi padre unas 2 horas de trabajo) y todo &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;falta el agua al otro día. Muchos de esos envases se apilan, &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;se necesitan cuando se vaya a comprar pasta de tomate a granel, yogur de soya, aceite…: el pomo de &lt;em&gt;tu kola&lt;/em&gt;, junto a la jabita, es una pieza fundamental del que "forrajea" comida. Por eso, tengo que ahorrarme la vergüenza de que mi padre vaya con uno de ellos a todas partes, &lt;em&gt;por si&lt;/em&gt;. El &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;acaso ocupa buena parte de la lógica de subsistencia diaria. Y esas costumbres se van convirtiendo en manías, poco a poco. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el fondo del refrigerador un frasco vivía eternamente: lo sacaban y metían cada vez que descongelaban la nevera y nadie osaba tirarlo ni mucho menos comer de él. Eran unos higos secos tan antiguos que nadie recordaba el año en que habían llegado a casa, presumiblemente en la época del comercio con los países socialistas. Yo fabulaba con que eran mágicos (como los frijoles de Jack), pero no los comía porque temía que se alterara un secreto orden familiar, un acuerdo íntimo que desconocía. Se convirtieron en el talismán de la nevera, en su seña de identidad. En 1999, mi amiga Mabel, en una visita a mi casa, los descubrió y llegó a comer algunos antes de que nuestro grito de pánico la detuviera: no se intoxicó y creo que hasta los encontró “sabrosos”. Así funcionaba mi casa: se ponía una cosa en un sitio y ahí se quedaba, como sucedió con la alcancía rota que siempre estuvo en la cómoda de mi padre, como recuerdo de los años infantiles de mi hermano -hoy con 44-.  Supongo que esto les ayudaba a detener el tiempo, a crear pequeños &lt;em&gt;sets&lt;/em&gt; donde “filmar” la vida en familia sin que ningún avatar pronosticase cambios, ausencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando a finales de los 80’ comenzaron a ser tolerados los árboles de navidad, mi madre se sumergió en el “cuartico” (como llamábamos al cuarto de desahogo) y después de revolver un poco, sacó una caja antigua en la que había bolas de colores, luces, colas de gato... Eran los adornos que mi abuela había quitado la última vez que desmontó su arbolito, a inicios de los 60’. Así, mientras los pinos del entorno fueron vestidos con chapas aplastadas de botellas y cadenetas de papel, el de mi casa ostentaba orgulloso sus bolas despintadas.  La puerta del “cuartico” era como el espejo de Alicia: me permitía entrar a una dimensión paralela donde todo era posible. Y cuando digo TODO me refiero al eclecticismo más puro, la anarquía, el disparate, como encontrar un abrigo de visón de mi abuela comido por las polillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa filia por almacenar cosas, derivada de tantos años de escasez y desabastecimiento de todo tipo de productos u objetos, lleva la traza del &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;hace falta, del &lt;em&gt;por si&lt;/em&gt; desaparece, del &lt;em&gt;por si &lt;/em&gt;alguien lo necesita, aunque en el diccionario de trastornos psicológicos tenga una entrada bien definida como “acaparamiento compulsivo”. Es un síndrome que adquirí desde pequeña y que todavía conservo. Cuando camino por la calle, me cuesta no recoger alguna cosa que le vea una posible utilidad, tal y como hacía mi padre, quien siempre regresaba a casa con algo en el bolsillo: una junta de cafetera, un tapón para la olla, tuercas y tornillos… Gracias a este “almacenamiento”, a esta locura preca/vida tuvimos jabones cuando se “perdieron” de la bodega; pude usar “íntimas” durante todo un año, antes de llegar a rasgar sábanas viejas, y cuando se acababa la pasta Perla -porque el tubito que daban no alcanzaba para el mes- usábamos temporalmente un tubo de Colgate prehistórico que luego se volvía a guardar hasta una próxima urgencia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando arreció el período especial, mi madre se zambulló en el “cuartico” y puso en funcionamiento su imaginación delirante: transformó cuanta ropa vieja encontró en prendas ‘usables’. Iba todas las tardes a la “Casa Comisionista” (una especie de “Casa de empeño” socialista) a ver si algo había tenido “salida”. Vendimos trastes que nunca imaginé que interesaran a nadie: equipos rotos para piezas de repuestos; libros y revistas “SPUTNIK” o “La mujer soviética”, para forrar las libretas del colegio o para “papel sanitario”: nos daban 1 peso por cada libro; los más valiosos, los dejamos en casa para disfrutarlos antes de ser sacrificados hoja por hoja. Cuando no hubo nada más que vender del “cuartico”, mis padres tuvieron que dejar las aulas temporalmente, e instalar un puesto de fiambres y refrescos en un circuito ferial. La casa se llenó de moldes para pudines y vasos desechables. Cinco años después, dos habitaciones se convirtieron en aulas particulares en las que se instalaron una docena de pupitres y dos pizarras y entonces el polvillo de la tiza, los libros de matemáticas y los alumnos se apoderaron de la casa. Al mudarse a La Habana dejaron los pupitres, pero el resto de ese TODO -incluyendo los higos y la alcancía rota- se transportó íntegramente. Y poco a poco volvieron a reordenarse las cosas en el sitio de siempre. Los tarecos y los recuerdos. El “cuartico” de Alicia también se trasladó: la nueva casa no tenía trastero y se vieron precisados a construirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Actualmente, mi madre adorna su tocador con dos frascos de perfumes: uno, es el emblema de unos años que no se anima a dejar atrás; el otro, un perfume que siempre deseó tener y que sólo ahora, al precio impagable de la fragmentación familiar, ha podido disfrutar: Moscú Rojo -el perfume anhelado por la mujer cubana de los 80’- junto a Channel, algo que rompe cualquier esquema ideológico y estético. Esto no es representativo de ningún hogar; no creo que muchas personas conserven un Moscú Rojo. Pero mi madre sí lo tiene en ese país caótico que se ha construido y donde es feliz. Cuando le pregunto por qué no lo tira, me responde con orgullo: “aún le queda un poco”. A qué olerá, es algo que no sé, ni quiero saber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TB-tJPZvB4I/AAAAAAAAAGg/4iolNkWaS2M/s1600/P3020239.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TB-tJPZvB4I/AAAAAAAAAGg/4iolNkWaS2M/s320/P3020239.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5485293245425452930" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-1763418078025817695?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/1763418078025817695/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/mi-casa-es-un-baul-gigante-de-tarecos-y.html#comment-form' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1763418078025817695'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1763418078025817695'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/mi-casa-es-un-baul-gigante-de-tarecos-y.html' title='[9] &lt;em&gt;Por si acaso...&lt;/em&gt;'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TB-v2xlpnDI/AAAAAAAAAGo/NFA5m-Ug_vQ/s72-c/5985707335139069%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6313930596292728472</id><published>2010-06-13T12:48:00.013+02:00</published><updated>2010-11-15T16:02:52.137+01:00</updated><title type='text'>[8] Nubes o Mapas</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TBS-o_h2C1I/AAAAAAAAAGY/d4RWipusdhw/s1600/dibujo+mirti.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 214px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TBS-o_h2C1I/AAAAAAAAAGY/d4RWipusdhw/s320/dibujo+mirti.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5482216257874168658" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Crecimos fingiendo ver un caimán donde realmente veíamos el dibujo de un país, tan caprichoso como el de cualquier archipiélago. Nunca creí que las fauces cerradas fueran mi provincia -¿o la cola?- y que la panza fuera Cienfuegos.  La Isla tenía forma de isla o, si había que imaginar algo, apostaba por una nube alargada. (Siempre prefería jugar con mi abuelo a las nubes que a los mapas: en el primero, inventaba formas y mentía libremente con la excusa de que la nube ya se había transformado; en el segundo, cada cosa tenía su nombre y había que recordar.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para colmo de coincidencias, en una pared del trabajo de mis padres y cual si se tratara de una obra de arte, colgaba un caimán disecado que me miraba con ojos tan falsos como hipnóticos. Muchas tardes, después de la escuela, debía vagar por aquel sitio mientras mis padres escribían ecuaciones en las pizarras. Me escapaba entonces, con una amiga a observar el caimán, con esa mezcla de fruición y pavor que siempre se siente frente a lo prohibido: estaba segura que de un momento a otro reptaría por la pared y tendríamos que huir todos despavoridos -incluyendo padres y alumnos. Por eso mismo, me negaba a habitar un sitio que se pareciera a un lagarto. ¿Qué niño querría vivir, por ejemplo,  en un país-rana, país-vaca, país-murciélago? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo digo en una clase y se ríen. &lt;em&gt;Tengo escasa imaginación&lt;/em&gt;. Para el próximo día deberé llevar dibujado un inmenso caimán dormido que me desvela toda la noche. El dibujo debería conjugar varios caprichos: ser a la vez un caimán y un hombre; una isla con uniforme verde-olivo, o un lagarto con barba, o con un fusil al hombro (¿pero cómo un lagarto puede tener barba, hombros?). Los símbolos pueden ser muy complejos para un niño y sumirlo en un universo mágico del que le costará salir... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final me decanté por calcar la isla de un mapa escolar y encima de La Habana poner una gorra como la del Comandante. Se me ocurrió sacar un brazo de la Ciénaga de Zapata y convertir a la Isla de la Juventud en una mano empuñando un machete (este "golpe de efecto" hizo que seleccionaran el dibujo para enviarlo a “Revista de la Mañana”, aunque al final se quedó varado en las gavetas de mi padre, junto a fragmentos de cabellos de mi niñez y postales antiguas).&lt;br /&gt;Volviendo a mirar mi “obra”, me sorprende la especie de acto de suicidio que había dibujado: el machete apunta hacia la “garganta” de la isla.  Cubro de símbolos y héroes toda la página, como si un &lt;em&gt;horror vacui &lt;/em&gt;me dominara: había que dejar claras las adhesiones, o más bien, las adhesiones hablaban por ti, desplazaban la imaginación que seguramente, de haber sido potenciada, me permitiría dibujar otras cosas.  Aquello fue mi particular encuentro surrealista de la máquina de coser con el paraguas, en una mesa de disección. Una máquina (¿Singer?) que zurcía en el mapamundi los contornos de una figura inexistente -el paraguas sustituido por un machete-, mientras éramos nosotros los sometidos al corte, a la incisura…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Veíamos en la tele al &lt;em&gt;caimán&lt;/em&gt; vestido de miliciano asestándole un golpe al &lt;em&gt;tiburón&lt;/em&gt;. Los códigos estaban muy claros: el tiburón era el Imperio, o en realidad, todo lo que estuviese merodeando a la Isla, todo lo que osara despertar al caimán, dormido en su letargo. Esta imagen, sin embargo, era -es- demasiado perversa como para haber sido utilizada como metáfora. Los tiburones existían realmente y cercaban a la isla como una barrera hambrienta dispuesta a digerir a los inconformes, tantos y tantos lanzados al salado -que no dulce- abismo. Desde la canción ramplona de &lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=C6F2DKK1FKs&amp;feature=related"&gt;Farah María&lt;/a&gt;, hasta la patriótica de Rubén Blades se nos recordaba que el mar estaba lleno de tiburones acechantes. Que era mejor la quietud de la tierra en la que estábamos plantados como árboles o yerbas silvestres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy leo una versión metafórica muy diferente para evocar a la Isla. Una versión en la que tampoco me reconozco. Ya no es un "hombre aguerrido", sino una “trigueña antillana” exhibiendo sus encantos seductores a embriagados turistas. Curiosamente, la Isla de La Juventud ahora se ha transformado en un "arete": ha abierto el puño, ha soltado el machete y ha renunciado al suicidio heroico...&lt;br /&gt;Desde los noventa volvió a activarse, a pesar del empeño puesto en su borradura, la imagen colonizadora que convertía a la Isla en ese espacio femenino de placer. Así (d)escribe una joven de 17 años a su país, de una manera tan hermosa que hasta podría aparecer en una revista turística:&lt;br /&gt;"Llave mágica y sensual, permanente invitación a la aventura. Tu silueta se recuesta pudorosa al Atlántico y nos hace recordar que eres la perla escapada de manos de un pirata [...] Cofre de tesoros ocultos con un gran arete prendido al sur de La Habana. De valles y playas, eres esa trigueña antillana que llena de ilusión a los viajeros y los envuelves en tus aromas de café y tabaco, de lírico alcohol y de azucenas, de mariposas blancas y de azares. Cómo no amarte, Cuba, en una eterna embriaguez enamorada",por Galia Luz, 17 años, 11º grado. (http://www.editorialox.com/concurso.htm#cuba)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este texto hace que retroceda a mi anterior viaje a Cuba. &lt;br /&gt;Mientras cruzaba el océano en la barriga de un avión, unos españoles, sentados tras de mí, iban soltando su baba de perros en celo al imaginarse el contoneo de las mulatas caribeñas. Decían que el avión a Cuba debía ser ya una discoteca para ir entrenándose. Casi me giro para fulminarlos con la mirada o con alguna palabra hiriente. Pero no lo hice. Permanecía sentada, semidormida. Como si quisiera profundizar en una herida abierta años atrás evoqué, entonces, aquella solicitud de sexo que me hiciera un mexicano. Se había sentado a mi lado en el malecón, rompiendo abruptamente mi privacidad. Al explicarle que se había equivocado y que, aunque estuviera en aquel sitio "tomado" por las jineteras, yo era una estudiante más bien sosa que jamás se había asomado al mundo de la prostitución. Me insistió: "yo sé que lo necesitas, estás pasando hambre, tus sandalias están casi rotas… " Y en realidad leía en mi rostro (¡y en mis 40 kilos!) las penurias que me imponía la beca de F y 3ra entre los años 1993-1999. &lt;br /&gt;También hilé otras hebras dolorosas del pasado: era una triste "aracné" tejiendo mi propia trampa para acortar las horas de vuelo. En mi primer viaje a Cuba, mientras  caminaba por Obispo, desubicada y pretendiendo reconocer aquellas calles por las que tanto había transitado -y que ya eran más bien estrechos pasadizos de nostalgia-, divisé un rostro lejanamente conocido que pensé me socorrería, me daría alguna pista para reencontrarme. Sin embargo, se acerca y me pregunta la nacionalidad en tono neutro de máquina programada: “¿italiani?”, “¿española?”. Trataba de leer de dónde provenía mi ajenía para ponerle precio. Ahora era yo la que podría pagar por un servicio y él, inmediatamente, quien se ponía a enumerar carencias, sandalias rotas... Le digo que nos conocemos -era un antiguo compañero de colegio; acto seguido nos reconocemos con un saludo fugaz, e inmediatamente, nos desconocemos: él sigió empeñado en saber las nacionalidades de las "yumas" que pasaban por su lado y yo por comprar algunas cosas que se necesitaban en casa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estábamos a punto de aterrizar y quise ver el caimán desde lo alto, comprobar cuánto de cierto tenía la comparación, mientras mis vecinos, borrachos, exclamaban haber llegado a la bacanal. Pero un tupido celaje ocupaba el lugar de la Isla como una señal que me enlazaba con el pasado, cuando prefería jugar con las nubes, con la incertidumbre de las formas y la ilusión de los cambios, más que con los mapas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TBS-W4q9aGI/AAAAAAAAAGQ/DLtfiMuZGq8/s1600/habanube.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 267px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TBS-W4q9aGI/AAAAAAAAAGQ/DLtfiMuZGq8/s320/habanube.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5482215946795706466" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Foto de Orlando Luis Pardo Lazo)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6313930596292728472?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6313930596292728472/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/crecimos-fingiendo-ver-un-caiman-donde.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6313930596292728472'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6313930596292728472'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/crecimos-fingiendo-ver-un-caiman-donde.html' title='[8] Nubes o Mapas'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TBS-o_h2C1I/AAAAAAAAAGY/d4RWipusdhw/s72-c/dibujo+mirti.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-6543454663491008983</id><published>2010-06-05T12:55:00.008+02:00</published><updated>2010-10-27T03:30:38.280+02:00</updated><title type='text'>[7]  La hora de la telenovela</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAozSAhMUbI/AAAAAAAAAFI/d4z_HuFYy3Y/s1600/DSC01990.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 150px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAozSAhMUbI/AAAAAAAAAFI/d4z_HuFYy3Y/s200/DSC01990.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5479248281119510962" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es la hora de la telenovela. La vida en Pinar del Río se detiene para que la esclava Isaura llore a plenitud en las pantallas de la televisión. En mi casa se reúnen algunas amigas de mi madre: quieren ver las tonalidades de los vestidos; la diversidad de los colores que el televisor Caribe que tienen en sus casas no les puede ofrecer. Apenas me doy cuenta que crecer con un televisor japonés en la sala es un privilegio de pocos. Mis tíos son embajadores y por doce años vivo con mis primos, además de mi hermano: cuatro niños mayores que me miman como su juguete preferido. &lt;br /&gt;Tenemos un equipo de música, una plancha de vapor extrañísima -no para mí, sino para mis amigas que la inspeccionan con curiosidad- y dos refrigeradores -un Westinghouse de la abuela y uno nipón-. Cuando trasladaron este último a la casa, envuelto en una caja inmensa con letreros de "fragile" por todos lados, a las pocas horas vino la policía a cuestionar su procedencia ante la denuncia de un cederista. Era la primera vez que aquellos uniformados entraban en mi casa, pero por las caras sosegadas de mis padres, supimos que no había por qué temer. A los embajadores se les permitían aquellas posesiones a cambio del desprenderse de su familia, de los riesgos que corrían -atentados fallidos, encuentros con la CIA- y de su fidelidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los “equipos” poblaron la casa junto con mis primos; mientras, mis padres granjeaban salud, educación y subsistencia diaria para todos -cinco muchachos con temperamentos muy diferentes y dos ancianos enfermos-. Intentaban conjugar el oficio de padres de familia numerosa, sin dejar de ser excelentes maestros de matemáticas que se dejaban el pellejo en el aula. También multiplicaron las visitas a los preuniversitarios, los deberes a revisar y los maletines a hacer: mi madre planchaba los domingos un bulto inmenso con “Palmas y Cañas” de fondo, al mismo tiempo que mi padre embetunaba más de cinco pares de zapatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Crecí admirando las proezas del tío embajador cuando nos visitaba en las vacaciones  -aunque los cuentos empezaban a ser narrados de manera dinámica para terminar indefectiblemente, en la medida en que las botellas se vaciaban, en una lentitud e incoherencia que nos exasperaba. Viajar era un verbo que solo podía ser utilizado en dos frases opuestas: se viajaba si se era &lt;em&gt;gusano&lt;/em&gt; o &lt;em&gt;dirigente&lt;/em&gt;, malo malísimo o bueno buenísimo. Y para mí estaba muy claro, en ese momento, qué alternativa debía elegir.&lt;br /&gt;Las fotos que mandaban eran increíbles: Filipinas era un lugar encantado, otro mundo de bueyes gigantes, flores rosadas y verdes extensiones de arroz; y Tokio, un sueño intergaláctico.  En ellas, mis tíos aparecían rodeados de un bienestar desconocido por mí y bastante alejado de la epopeya en la que los imaginaba: cenas, recepciones, trajes sofisticados... Su estatus los obliga a disfrutar de los &lt;em&gt;males capitalistas&lt;/em&gt;. Era parte ineludible de la &lt;em&gt;misión&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hurgando entre los papeles y las fotos de la familia encuentro una carta de mi madre pidiéndole a mi tía que no mandara ningún paquete de chicles para nosotros -los chicles eran la metonimia perfecta del capitalismo, la improductividad pura: algo que se mascaba para nada. Y por ello, mascar un chicle en Cuba era ser acusado inmediata y rotundamente de "diversionismo ideológico". De esa plaga hablaré en algún momento; solo sé que mi madre descontaminaba los bultos que mandaban los tíos, no vaya ser que enfermáramos de repente y fuera imposible hallar la cura.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Al cabo de unos años, cuando estoy en la secundaria, (y ya mis tíos &lt;em&gt;sobre&lt;/em&gt;viven en La Habana después de haber cumplido su misión) aún reutilizo algunos &lt;em&gt;pulovers&lt;/em&gt; gastados de mis primas, que son, evidentemente, de factura extranjera. En cierta reunión para elegir los "vanguardias" del año alguien señala que una de mis compañeras -de las mejores alumnas del aula- no podrá ser seleccionada por vestirse con &lt;em&gt;ropa del enemigo&lt;/em&gt;. Para colmo, habían visto a la chica, semanas antes, paseando felizmente acompañada de unos primos que recién habían venido de Miami. (Cuando aquello las barreras aduanales se habían abierto para que los marielitos visitaran a sus familias y, de paso, dejaran por el barrio los simbólicos cartones de huevos. De esta forma, “reponían” los que un día les fueron tirados en los actos de repudio. Por aquel tiempo corría un chiste en el que una visitante le reprochaba a su vecina el haberle gritado “traidora”, a lo que la vecina le responde: ¡No, no me entendiste! Yo te decía: ¡trae dólar!, ¡trae dólar!) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una revancha lógica, mi compañera aclaró que si ella no podía ser “vanguardia”, yo tampoco, pues también usaba ropa de la “yuma”. Inmediatamente expliqué, como si fuese la respuesta más natural del mundo, que no, que mi ropa era “made in Philippines”, y además, traída por mis tíos al servicio de la Patria, cosa que tuve que probar llevando al otro día mis camisetas y enseñando las etiquetas a toda la clase. Probablemente la Jefa de los Pioneros, a la que todos temíamos por sus gritos e intransigencia -¿revolucionaria?-, habría pensado que el tal país de los tíos sería socialista, como Vietnam, como China, aunque realmente el único nombre que espantaba era el de “Estados Unidos”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pienso, años después, que si hubiese tenido que repudiar a mis propios primos para obrar dentro de ese sistema hubiese sido muy infeliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando voy de viaje a Cuba me reúno con la pandilla que aún queda allí -una de mis primas y mi hermano también viven en el extranjero- y recordamos las andaduras de nuestra familia numerosa. Sin embargo, mi tío no acude a las citas: ha borrado de su estrecho mapa ideológico a todos los que no vivimos en Cuba; nos llama "traidores" o lo que es peor, no nos llama, no existimos. Vive en su pasado glorioso -con botella de ron de por medio y cuentos contados una y otra vez hasta que la lengua se le traba-, y no perdona que hoy algunos miembros de su clan sean los que viajen, entre otras cosas, para reponer aquellos electrodomésticos que ya apenas funcionan y que mis padres no podrían comprar con sus salarios de maestros retirados.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es la hora de la telenovela y en mi actual barrio de Marianao se detiene la vida para que la heroína de turno llore su conflicto. Esta vez, la vemos en un televisor recién comprado por mí, después de veinticinco años de tener el mismo equipo japonés en casa. &lt;br /&gt;Siempre ha debido ser alguien de &lt;em&gt;afuera&lt;/em&gt; -dirigente o “traidor”- quien premie el sacrificio de mis padres -ni dirigentes ni “traidores”- y para quienes la isla es una gran aula, y también, o sobre todo, una jaula.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-6543454663491008983?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/6543454663491008983/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/es-la-hora-de-la-telenovela.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6543454663491008983'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/6543454663491008983'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/06/es-la-hora-de-la-telenovela.html' title='[7]  La hora de la telenovela'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAozSAhMUbI/AAAAAAAAAFI/d4z_HuFYy3Y/s72-c/DSC01990.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-3854013551348260760</id><published>2010-05-29T12:41:00.012+02:00</published><updated>2010-10-27T02:41:15.628+02:00</updated><title type='text'>[6] Cómo nos vestíamos, 2da Parte</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAD7a4jCmGI/AAAAAAAAAEg/Ab2fsZp96Bw/s1600/P2130031.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAD7a4jCmGI/AAAAAAAAAEg/Ab2fsZp96Bw/s320/P2130031.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5476653586157049954" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(&lt;em&gt;Foto de tarjeta de productos industriales, año 1991. Nótese que se quedó sin usar. Nada podía comprarse en las tiendas: el Período Especial había comenzado)&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había varias cosas sagradas en la “cómoda” de mi madre. Una de ellas, un pequeño cofre estilo japonés donde vivían enterrados fragmentos de cadenas de oro, aretes solitarios, anillos sin piedras y alguna que otra joya servible, pero condenada al letargo por ser demasiado ostentosa para lucirse en las colas de las tiendas o en las aulas de los preuniversitarios, prácticamente los dos únicos espacios por donde mi madre podía desfilar cada día. En las almohadillas del cofre, donde debían reposar los anillos había, sin embargo, un ensarte de alfileres y agujas que socorrían a mi madre cuando hacía “costuras”, y a veces, junto a las cadenas, los carreteles de hilos enredaban sus madejas formando una algamasa de oro y colores que simulaba exóticas joyas. El cofre tenía, entonces, doble función: era el joyero y el costurero de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La otra cosa intocable, como si fuese una estampilla de santo consagrada, era una delgadísima libreta con números, letras y líneas para rasgar. Aquel cartoncillo era casi más venerado que las joyas rotas de la familia. Con ella, mi madre compraba en las tiendas, de vez en vez, los zapatos del año, los juguetes de reyes -básicos, no básicos y adicionales-, alguna que otra ropa imprescindible, y metros y metros de tela -poplín chino de colores, laster, nylon: tejidos calurosos de diseños horribles-que almacenaba en una gran gaveta para cuando tuviese tiempo y pudiera convertirlos en lujosas prendas de vestir. &lt;br /&gt;Había una sola casilla al año para “ropa interior”, algo absurdo para las mujeres que dio pie a una canción obscena en la que se enumeraban las dos partes involucradas en esa especie de “decisión de Sofía” tropical: había que elegir tapar una u otra. &lt;br /&gt;Pero estas compras eran posibles si coincidían milagrosamente algunos factores: que ese mes “surtieran” las tiendas, que el “surtido” fuera el adecuado como para arriesgar un cupón, que “tocara” nuestra letra y que, por último, ese día mi madre pudiera escapar de su trabajo y dedicar la jornada a las colas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Arriesgo el precio de una llamada a Cuba para recuperar estos datos y una voz ilusionada se anima a repoblar mi memoria.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas recuerdo cómo se compraba en aquel entonces. Solo conservo la imagen de la libreta intocable y las largas colas en las tiendas: yo tirada por el piso, cansada de estar de pie por horas, y mi madre suplicándome que aguantara un poco más, que ya estábamos a punto de llegar al mostrador, aunque al final, la cola se bifurcara en pliegues infinitos y calurosos como los mismos rollos de telas. Vivíamos haciendo colas y eso lo aprendimos desde la infancia. Nunca alcanzábamos lo que queríamos; llegábamos a casa deprimidas y con el color más opaco, la textura más áspera, el juguete menos atractivo, o a veces, nada. &lt;br /&gt;Recuerdo que muchas veces se compraba por comprar: después de tres horas de estar de pie, cuando al fin lograbas mirarle la cara a la vendedora, le decías ya casi sin aliento: "dame lo que queda" (y ese "lo que queda" quedaba vegetando por las gavetas o colgado en el fondo del escaparate). Si era una talla mayor lo que nos ofrecían, pues mejor, podría ser usado más adelante. (Tengo la sensación de que siempre llevábamos la ropa poco entallada, de tal forma que sirviera para varios años, y dentro de la cual, como en &lt;em&gt;Alicia en el País... -¿en Cuba?-&lt;/em&gt; el cuerpo iría acomodándose hasta, finalmente, desbordarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como una letanía que justificaba su fracaso, mi madre repetía que los hijos de trabajadoras no tenían los mismos derechos que los de las &lt;em&gt;coleras&lt;/em&gt;. Por suerte, tanto ella como mi abuela sabían coser y cuando decidían ponerse manos a la obra, convertían la casa en un espléndida anarquía de retazos deshilachados: abrían el cofre japonés de los alfileres, instalaban la máquina &lt;em&gt;Singer&lt;/em&gt;- y lograban hacer del laster más vulgar una bata preciosa que lucía con orgullo -previas jornadas, claro está, de "pruébate esto", "cuidado no te pinches", vuélvetelo a probar".&lt;br /&gt;Aún guardo en casa el vestido con el que me disfracé de Pilar para un desfile por el 28 de enero, en homenaje a José Martí. Aquella bata rosa con grandes lazos a la espalda se volvió una tortura cuando el laster, incitado por el sol, olvidó la nueva función que le había sido otorgada y empezó a picar indisciplinadamente. Pilar tenía ganas de llegar a casa y regalarle el vestido a la primera niña que pasara por delante, como el personaje del poema de Martí, feliz de andar descalza y semidesnuda por la playa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que nunca alcancé los juguetes básicos y no básicos (que eran los más grandes y por los que se “mataban” en las colas). De todas formas, algo siempre me “tocaba” y cuando no era de mi agrado, ahí estaba la foto de "Paulita" -aquella niña pinareña, como yo, que acariciaba un leño por muñeca-, para recordarme que debía estar feliz y ser agradecida por los siglos de los siglos. La imagen de Korda (tomada antes del 59') me acompañó siempre. Fue el chantaje perfecto para sintetizar las figuras de los &lt;em&gt;reyes&lt;/em&gt; -que ni siquiera podían ser los padres- en un solo Dador, aquel que nos ofrecía juguetes a cambio de cupones.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAD_g26UNnI/AAAAAAAAAEo/ScEfCKRNQPw/s1600/2797948566_02c7345939%5B1%5D.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 143px; height: 200px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAD_g26UNnI/AAAAAAAAAEo/ScEfCKRNQPw/s200/2797948566_02c7345939%5B1%5D.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5476658086843528818" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordando los juguetes que tuve, rememoro un pinocho plástico cuya nariz era un peligro para mis ojos, pero al que amaba incondicionalmente. Un día me regalan un pinocho más pequeño y decido que éste será el hijo de aquel y se llamará “Pinochet”. Evidentemente el nombre sonaba tanto en los noticieros que lo creí aceptable, y por supuesto, desconocía su origen, su peso nefasto en la Historia. En una de esas tardes de juegos estaba en casa celebrando el cumpleaños del muñeco cuando mi madre me pide que la acompañe a hacer alguna gestión urgente. Salimos "disparadas" y no nota que llevo en una mano el juguete y en la otra un letrero, como hacíamos en los desfiles, hecho con mi mejor caligrafía. Iba por la calle mostrando, orgullosa, mi pancarta. Sin embargo, empezamos a notar que la gente nos mira asombrada, y cuando mi madre descubre el por qué -el letrero decía “¡Viva Pinochet!”- me grita en plena calle como nunca y de su enfado solo entiendo que deberé ponerle a mi muñeco otro nombre y ¡punto!. Teme que alguien haya avisado a la Policía y regresamos a casa prácticamente a trote, con el sudor frío del miedo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de esta etapa de colas y tejidos nacionales vendrían las “Tiendas de la Amistad”, donde se podía encontrar productos de los países socialistas de Europa del Este y de mejor calidad que los autóctonos. (En realidad ambas alternativas coincidieron en el tiempo, pero mientras una fue empobreciendo su oferta cada vez más, la otra se iba encareciendo). No se necesitaba cupón alguno para estas tiendas amistosas, pues la limitación eran sus precios. La moda se sovietizó radicalmente, aparecieron los sweaters de cuadros y las matriuskas adornaron casi todos los hogares, junto a las "flores plásticas".&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Cuando desaparecieron estas tiendas -porque desaparecieron los países socialistas y las ayudas beneficiosas a cambio de aplausos, y por ende, "la amistad indestructible"-, justo a punto de cumplir mis quince años, mi madre contactó con una señora que vendía ilegalmente la ropa que le mandaban de Estados Unidos. Subimos las escaleras de aquella casa con una mezcla de miedo y ansiedad. Francamente creía que estábamos introduciéndonos en un antro peligroso -el del mercado negro que, en los 90', llegaría a tener colores más luminosos, exhibidos a plena luz del día-, y que de un momento a otro nos podrían llevar presas. Pero nos alentaba el descubrir y poder usar, de una vez y por todas, aquella moda contemplada solo en las revistas. Cuando nos abrieron la puerta quedamos heladas: la "trapicheante" era mi maestra de primer grado. Gracias a ella me vestí de “princesa” quinceañera (o lo que entendíamos por tal), pero el impacto de ver a aquella mujer que me enseñó a escribir, en tales mercadeos, fue imborrable. &lt;br /&gt;Aunque pensábamos que en los noventa lograríamos, al fin, vestirnos de pasarela &lt;em&gt;made in USA &lt;/em&gt; ,fue por esa época que se pusieron de moda los vestidos de Mikey Mouse y del Pato Donald; prendas que, en realidad, eran económicos ropones de dormir comprados "al por mayor" en tiendas extranjeras –junto con otras tantas baratijas- y diseminados por toda la Isla a través de ese verdadero río “cauto” del mercado sumergido. &lt;br /&gt;Las casas escondieron en los rincones las matriuskas y se llenaron de objetos frágiles y dorados -como aquella lámpara de celdas florescentes que coloreaba la sala de intermitentes matices y con la que, por cierto, solía atemorizar a mi perro quién sabe por qué misterios de la percepción canina. Las flores aquirieron la consistencia nueva de la tela; el plástico estaba ya demasiado punteado por las moscas.  &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Esta tarde he sacrificado el precio de una llamada a Cuba para repoblar mi memoria.&lt;br /&gt;Mi madre me suelta alguna de sus perlas por teléfono cuando se percata que pregunto demasiado por el pasado. Activa inmediatamente la autocensura y la retórica oficial. Aclara que las cosas se vendían “a precios irrisorios”, que el shampoo “Fiesta” era excelente, y el jabón “Batey”, insustituible (aquel que, decíamos, servía para bañar a los perros), y otra vez la niña con la muñeca de palo, y otra vez el pánico del encierro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuelgo el teléfono y busco en mi joyero el único anillo del cofre familiar que sobrevivió al cambio en la “Casa del Oro y la Plata”: ese engendro con el que los cubanos entregaron las pocas prendas heredadas que guardaban, a cambio de otros bienes de inmediata premura. El país necesitaba oro, y lo trocaba por espejitos. &lt;br /&gt;Con aquellos restos de sus prendas intocables que había enterrado en el cofre japonés, mi madre compró la ropa y los zapatos que su hija usaría en La Habana, en la Universidad. Esta vez la cola era menos larga y la moneda más exclusiva y dolorosa. Ya la libreta había dejado de existir y las tiendas en pesos cubanos vendían su desolada libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El anillo de compromiso que mi abuela se negó a ofrecer o que nadie se atrevió a pedir, está aquí conmigo. Nada sagrado queda, ahora, en la cómoda de mi madre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-3854013551348260760?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/3854013551348260760/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/como-nos-vestiamos-2da-parte-habia.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/3854013551348260760'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/3854013551348260760'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/como-nos-vestiamos-2da-parte-habia.html' title='[6] Cómo nos vestíamos, 2da Parte'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/TAD7a4jCmGI/AAAAAAAAAEg/Ab2fsZp96Bw/s72-c/P2130031.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-4514020055770967391</id><published>2010-05-25T12:30:00.005+02:00</published><updated>2010-07-18T12:26:13.354+02:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_unD4hnJDI/AAAAAAAAAEQ/zOqQowOtVgQ/s1600/DSC01980.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_unD4hnJDI/AAAAAAAAAEQ/zOqQowOtVgQ/s320/DSC01980.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5475153457153778738" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;[0] Les dejo esta huella de mi punto cero, cuando el “contador” empezó a funcionar…&lt;br /&gt;Me lo han enviado mis padres, que lo guardaron con celo estos 34 años, como si fuese una reliquia que les diera fuerzas (ahora, ancianos, se desprenden de ella, y eso me desvela). En ese instante aún no tengo nombre, solo soy una prolongación de mi madre con peso, color y fecha de existencia. También soy un cuerpo con sexo y con raza. Y, aunque no se dice, el espacio se expresa a través de la precariedad del material: he nacido y creceré en un país del Tercer Mundo.    &lt;br /&gt;Toda mi vida pudiera estar resumida en ese cartoncito identificatorio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-4514020055770967391?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/4514020055770967391/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/les-dejo-esta-huella-de-mi-punto-cero.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4514020055770967391'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4514020055770967391'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/les-dejo-esta-huella-de-mi-punto-cero.html' title=''/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_unD4hnJDI/AAAAAAAAAEQ/zOqQowOtVgQ/s72-c/DSC01980.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-3596350959082000238</id><published>2010-05-23T11:51:00.008+02:00</published><updated>2010-10-27T14:06:01.678+02:00</updated><title type='text'>[5] Instantánea de aquellos años (detalle)</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_j655x-yzI/AAAAAAAAAEA/dLoXDJWN7yY/s1600/DSC01962+5.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 240px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_j655x-yzI/AAAAAAAAAEA/dLoXDJWN7yY/s320/DSC01962+5.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5474401219738782514" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero mirar mi felicidad en esta foto. &lt;br /&gt;Recordar que cada mañana tenía pequeñas certezas que me tiraban de la cama; mínimos obsequios que eran suficientes para estar en paz: un perro olisqueando las sábanas, una abuela hirviendo la leche en la cocina, una madre enloquecida porque siempre se hace demasiado tarde… Eran años tranquilos, en los que aún la familia podía canjear su felicidad por un desayuno escueto pero decoroso: el vaso de agua azucarada vendría después. &lt;br /&gt;(En los 90’ tomábamos agua fría con azúcar para suplir la leche, y agua caliente con azúcar para sustituir una buena infusión. Lo cierto es que esto último, como la mejor de las tilas, nos granjeaba el sueño a pesar del estómago vacío.) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miro la foto y rememoro mi uniforme rojo vino. “El” uniforme. Cuando tenía 12 años  mi cuerpo empezó a querer estallar las costuras, y los botones de los tirantes estaban ya casi en el borde, dejando la marca de su constante migración. Pero solo nos permitían comprar un uniforme al año y el cuerpo debía adaptarse a las medidas de la economía nacional. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solíamos llevar unas medias blancas -según las normas de mi colegio provinciano-, y para sostenerlas en la pantorrilla, las madres confeccionaban unas increíbles ligas -elástico blanco adornado con los encajes del baúl de la abuela. Si renunciabas a las ligas entonces las medias se caían a cada paso, resbalaban pierna abajo dejándote en la más absoluta vergüenza: los chicos te preguntaban si tus medias eran “checas”, un chiste que completaba su sentido cuando te decían “de las que che caen solas….” &lt;br /&gt;Aunque sobrevivíamos gracias al campo socialista, sus productos eran constantemente devaluados a través del chiste popular: siempre había un americano, un ruso y un cubano involucrados en la comparación y la burla: el americano, inteligente pero prepotente; el ruso, brusco y torpe, especie de oso polar en el trópico; y el cubano, pobre pero listo, listísimo. Un amigo fue expulsado de una clase por decir que “las tizas eran rusas”, al ver que a la maestra se le partían sin cesar….&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la cabeza llevo unos lazos que me hacen recordar a la vecina búlgara que tarde en la noche visitaba mi casa para vendernos aquellos adornos o unos bombones poco dulces para nuestro paladar. Hablaba con infinitivos y los masculinos los feminizaba -decía, por ejemplo, &lt;em&gt;la colegio&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;la problema&lt;/em&gt;-, pero se comunicaba con todo el vecindario con tal de sobrevivir. Casi todas las niñas que llevábamos lazos los habíamos adquirido de aquella extraña manera que nunca levantó sospechas en las autoridades (estoy siendo irónica, por supuesto). Semejante moda no se comercializaba en las tiendas nacionales pero llevar ese peinado era lo bien visto, lo correcto, así que las madres estaban abocadas al incesante trapicheo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro tanto sucedía con los zapatos negros. Una especie de consenso daba por sentado que quien se ponía otro tipo de calzado -sandalias, tenis…- vulneraba una norma imprescindible, y como tal, debería sentir vergüenza, esconderse en la foto de nuestra feliz homogeneidad. En fin, no servía para &lt;em&gt;representar&lt;/em&gt;. Por eso, los que me conocieron uniformada de azul -en el preuniversitario- recordarán también los zapatones que llevaba y mi especie de chancleteo descuidado por los pasillos -que no era un estilo, sino una necesidad-, pues heredé los zapatos de una prima que calzaba dos números más que yo. La esperanza era que en tres años me creciera el pie, pero evidentemente ya por aquel entonces había alcanzado las medidas definitivas. Una amiga me cuenta que, por el contrario, su pie de hermanastra tuvo que sufrir los rigores de un zapato pequeño con tal de disfrazarse de esa princesa uniformada que se le exigía ser. Hoy tiene algunas deformaciones en sus dedos como prueba de aquel suplicio. Mi generación no tuvo, por suerte, que calzarse los "kikos" plásticos -una especie de pariente Neanderthal de los actuales zapatos de goma Crocs-. Aquellas cárceles antitranspirantes que sí aprisionaron con impunidad los pies de mi hermano y de mis primos en los años 70, eran repartidas con el uniforme escolar y debían ser usadas obligatoriamente, entre otras cosas, porque no había otro tipo de calzado disponible. Aún podía ver, cuando formábamos en el patio de la escuela primaria, algunos desafortunados que habían heredado sus zapatos de hermanos mayores. Los miraba con lástima porque había oído en casa los innumerables inconvenientes del plástico, que alcanzaba altas temperaturas al pisar el asfalto tropical. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miro las escasas fotos que tengo de esos años. Prácticamente todas coinciden con aquellas fotos-postales que nos hacían en el colegio por el día de las madres, o con actividades revolucionarias: en una marcha, cuidando una urna electoral, recitando un poema… No tengo fotos familiares; fotos de picnic, de playa, de comidas al aire libre con perro incluido, ni siquiera de cumpleaños o de primeras citas. Seguramente pocos de mi generación las tendrán: si podías acceder a la tecnología del momento y tener una cámara rusa pesada y difícil de enfocar, por demás, en blanco y negro, se te frustraban aquellos rollos-vampiros al sacarlos a la luz, o si no, no había papel de revelado en los “Estudios”; y los recuerdos quedaban almacenados para siempre en el fondo de una gaveta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso, mi memoria fotográfica está circunscrita al colegio, al uniforme y la uniformidad, pero también, a la placidez de las mínimas certezas que me hacían levantar cada día con la voz de mi madre de fondo gritando que no hay tiempo, que se nos hace tarde…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-3596350959082000238?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/3596350959082000238/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/instantanea-de-aquellos-anos-detalle.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/3596350959082000238'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/3596350959082000238'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/instantanea-de-aquellos-anos-detalle.html' title='[5] Instantánea de aquellos años (detalle)'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_j655x-yzI/AAAAAAAAAEA/dLoXDJWN7yY/s72-c/DSC01962+5.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-7093701578186137707</id><published>2010-05-19T10:28:00.010+02:00</published><updated>2010-10-27T00:44:03.975+02:00</updated><title type='text'>[4] Aprendiendo a anestesiar al Poder</title><content type='html'>&lt;A href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_OiNnizkMI/AAAAAAAAADY/coiHwlVq7YQ/s1600/DSC01963.JPG"&gt;&lt;IMG style="WIDTH: 320px; HEIGHT: 240px; CURSOR: hand" id=BLOGGER_PHOTO_ID_5472896327022252226 border=0 alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_OiNnizkMI/AAAAAAAAADY/coiHwlVq7YQ/s320/DSC01963.JPG"&gt;&lt;/A&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre me gustó cantar. Si estorbaba, silbaba obsesivamente hasta que me doliese la boca. Aunque parezca una patraña de la memoria, recuerdo que mi tío -alguien del que hablaré en otro momento- me pidió varias veces que lo acompañara a la Estación de Policía para que yo, esa rubita vestida con una bata casera y con lazos en la cabeza según la moda soviética, cantara para los polis y, como si fuese un milagro, le cancelaran la sanción de tráfico. (En los 80’-90’ se nos enseñaba que un policía era el mejor amigo de un niño. Un spot televisivo anunciaba esta marca ideológica a toda hora: un chiquillo que apenas sabía articular palabras decía con una voz tartamuda: “policía, policía, tú eres mi amigo”. Muchos soñábamos con ganar un prestigioso concurso, “Amigos de las FAR” [Fuerzas Armadas Revolucionarias], para ir al encuentro de Raúl Castro -ese era el premio- y que aquel hombre, tan “cercano”, te arropara en sus brazos). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La canción preferida (¿por los policías?, ¿por mi tío?, ¿por mí?) era un himno de guerra en aquel entonces: todos repetíamos aquello de “viva la patria entera embravecida, ruge el coraje de su pecho herido”, de &lt;A href="http://www.youtube.com/watch?v=TLcEyHe6_r4"&gt;Osvaldo Rodríguez&lt;/A&gt;, un cantante ciego que se ponía unas gafas enormes y que a los pocos años se exilió en los Estados Unidos, dejando a la patria “enfurecida”. &lt;br /&gt;Seguramente mi tío me creó esa fantasía que ahora cuento, y tras mi canción, iba y pagaba su multa como cualquier infractor sin que yo lo supiese; pero lo cierto es que desde entonces comprendí que mi singularidad era cantar, y sin importar si era manipulada o no por los adultos, yo pagaba el costo con el placer de la actuación. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, empecé a subirme a los podios, a cantar el Himno en los actos revolucionarios y después, un poco mayor, y a causa de mi escaso miedo escénico, a representar a los estudiantes en las organizaciones comunistas. Representar era una peculiar forma de encarnar al Líder, de que su espíritu se metiera adentro (previas misas colectivas de invocación), y sin acomodarse lo suficiente en el cuerpo de una niña, empezara a fluir por tu boca con palabras demasiado rugosas para gargantas infantiles. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;EM&gt;Representar&lt;/EM&gt; significaba repetir lo que los adultos (que a su vez representaban a otros adultos que a su vez representaban a otros adultos…) habían pensado y dicho para ser repetido, con una retórica que era muy fácil de corear: las mismas fórmulas, los mismos mensajes &lt;EM&gt;ad infinitum&lt;/EM&gt;. Leía “comunicados” que otros escribían: comunicábamos la felicidad, el agradecimiento y, sobre todo, la libertad de poder comunicar -otros niños del mundo no podían expresarse abiertamente, eso nos decían. Recitaba poemas a viva voz; lloraba cuando olvidaba alguna estrofa -y los adultos frente a mi, mirando perplejos la incapacidad de una niña para memorizar los largos, larguísimos poemas del Indio Naborí. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;EM&gt;Representar&lt;/EM&gt; era, justamente, actuar, y actuar era todo un oficio intensamente aprendido. No me exculpo: ya mi tío me había enseñado el truco de anestesiar al Poder. Lo importante era sobrevivir: algunos, repitiendo arengas que no entendíamos en toda su complejidad, y otros, callando y actuando &lt;EM&gt;como si&lt;/EM&gt;, pero en definitiva, repitiendo el silencio que tampoco entendían en toda su complejidad. Mi generación creció en este juego ideológico en el que las reglas, tan evidentes y previsibles, nos parecían naturales. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era cuestión de perspectiva: el Poder, como las iglesias, tiene una escala demasiado distinta a la de la persona. Nuestro cuerpo empezaba en la piel y se extendía a esa masa difusa que marchaba -codo a codo- en la Plaza, mientras el Líder nos veía desde lo alto. Éramos los cronometrados píxeles de una pizarra humana -como las que se pusieron de moda por entonces. En definitiva, un perfecto dibujo animado. (Y ensayábamos, no parábamos de ensayar: tablas gimnásticas, coros, bandas, desfiles: la vida era una actuación perpetua) Por eso, en aquel entonces me parecía natural que me diesen por escrito la pregunta que debía hacer en el Congreso de Pioneros, en la que fui representando a mi provincia. Y al cabo de algunos años fue natural vivir en carne propia cómo se orquestaban las mentiras. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy por segunda vez en el Palacio de la Convenciones -tengo 26 años y ahora no represento a nadie; voy con una amiga para satisfacer el morbo de ver al Líder envejecido y disfrutar del banquete- y un pionero pasa por mi lado aprendiéndose unas décimas que llevaba escritas en el papel. Le comento a mi amiga que habrá “actuación”. Más tarde, el Líder, antes de comenzar su discurso, le pide a ese pionero que le improvisase un poema. Se trata, dice, de un “gran decimista", un logro cubano de la invención y la espontaneidad. Y todos ríen y todos aplauden la actuación del niño genio, y el propio viejito recalca, para darle más lustre a su fidelísimo retoño: “esto no ha sido preparado, les juro que esto es fruto de la improvisación”. No culpo al niño: alguien debió enseñarle el truco para anestesiar al Poder.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;(Les dejo esta secuencia de 1:42 mint del corto "Utopía" de Arturo Infante. Una sátira sobre el Hombre Nuevo, ese Golem que no podrá encarnarse diciendo palabras prestadas, inentendibles, cual ventríluoco. Golem, en la mitología judía, era un ser animado a partir de la materia inerte: de la basura, de la roca, de la madera; hoy, en hebreo moderno significa "tonto".Como el cuerpo desencajado, crecido y siempre infantil de esta "niña", así, el Hombre Nuevo)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;object width="320" height="266" class="BLOG_video_class" id="BLOG_video-911f239f0e9b11" classid="clsid:D27CDB6E-AE6D-11cf-96B8-444553540000" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/get_player"&gt;&lt;param name="bgcolor" value="#FFFFFF"&gt;&lt;param name="allowfullscreen" value="true"&gt;&lt;param name="flashvars" value="flvurl=http://v3.nonxt6.googlevideo.com/videoplayback?id%3D00911f239f0e9b11%26itag%3D5%26app%3Dblogger%26ip%3D0.0.0.0%26ipbits%3D0%26expire%3D1331280117%26sparams%3Did,itag,ip,ipbits,expire%26signature%3D7A0610685B25DC15E9CBD684FC36739057D7AF92.5EEE23A74D5BBDE089C80E78F1900C4C9E8A3E39%26key%3Dck1&amp;amp;iurl=http://video.google.com/ThumbnailServer2?app%3Dblogger%26contentid%3D911f239f0e9b11%26offsetms%3D5000%26itag%3Dw160%26sigh%3DqLA6Ca6ifNxpZdqyaEa1OFu77A8&amp;amp;autoplay=0&amp;amp;ps=blogger"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/get_player" type="application/x-shockwave-flash"width="320" height="266" bgcolor="#FFFFFF"flashvars="flvurl=http://v3.nonxt6.googlevideo.com/videoplayback?id%3D00911f239f0e9b11%26itag%3D5%26app%3Dblogger%26ip%3D0.0.0.0%26ipbits%3D0%26expire%3D1331280117%26sparams%3Did,itag,ip,ipbits,expire%26signature%3D7A0610685B25DC15E9CBD684FC36739057D7AF92.5EEE23A74D5BBDE089C80E78F1900C4C9E8A3E39%26key%3Dck1&amp;iurl=http://video.google.com/ThumbnailServer2?app%3Dblogger%26contentid%3D911f239f0e9b11%26offsetms%3D5000%26itag%3Dw160%26sigh%3DqLA6Ca6ifNxpZdqyaEa1OFu77A8&amp;autoplay=0&amp;ps=blogger"allowFullScreen="true" /&gt;&lt;/object&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-7093701578186137707?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/7093701578186137707/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/siempre-me-gusto-cantar.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7093701578186137707'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/7093701578186137707'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/siempre-me-gusto-cantar.html' title='[4] Aprendiendo a anestesiar al Poder'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_OiNnizkMI/AAAAAAAAADY/coiHwlVq7YQ/s72-c/DSC01963.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-4036041144685826618</id><published>2010-05-16T11:28:00.003+02:00</published><updated>2010-10-27T00:37:53.631+02:00</updated><title type='text'>[3] Tengo nueve años...</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_Eoaj5Y8yI/AAAAAAAAABg/iovHQ8V1NhQ/s1600/DSC01974.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_Eoaj5Y8yI/AAAAAAAAABg/iovHQ8V1NhQ/s320/DSC01974.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5472199459009524514" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo nueve años.&lt;br /&gt;A esa edad se alteró por primera vez la composición de mi familia. Mi abuelo dejó de sentarse en su sillón de siempre. &lt;br /&gt;Después, su ausencia se convirtió en una marca corporal punzante y dolorosa, como el recuerdo mismo: toda la familia tuvo que inyectarse en el brazo algo que llamaban “tuberculina” y esperar unos días. Si se inflamaba la piel tendría la muerte de mi abuelo en las entrañas -algo así pensaba yo- y me miraba obsesivamente el brazo… A la única que le creció un bulto enrojecido fue a mí. Sesión de inyecciones y nunca más hablar de lo sucedido. Los libros de lectura escolar explicaban claramente que aquella enfermedad -junto a otras tantas- era un residuo del pasado. Y mi abuelo, claro está, era un residuo del pasado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que la enfermedad la adquirió en su juventud y la mantuvo en su cuerpo -sin saberlo y a su pesar- como un símbolo de resistencia: no todo pudo ser erradicado, ni todos se amoldaron al higienismo revolucionario: esa mezcla de ideología y darwinismo que prometía un salto evolutivo sin precedentes, ya se sabe, el hombre nuevo. El cuerpo ocultaba sus secretos, sus obstinadas convicciones. Es curioso que los síntomas del cuerpo tuberculoso de mi abuelo no hayan aflorado hasta su muerte (su cuerpo se negó a lo lineal, se ramificó por dentro como si quisiese rescatar raíces, sembrarse de nuevo mientras veíamos de él un tallo en-callado en su silla).  O lo que sería peor, no fuimos capaces de leer esos síntomas, adoctrinados en el nuevo abecedario. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo nueve años y el delirio de una invasión no me deja dormir tranquilamente. Hace calor por las noches pero debo dormir con una bata larga y más bien gruesa: mi madre responde ante el pánico de una evacuación repentina resguardando el cuerpecito de su hija que empieza a desarrollarse. Las sirenas no paran de sonar en mi cabeza: el claxon de un coche, una ambulancia, las campanas de una iglesia lejana… cualquier sonido prolongado y extraño me tira de la cama con angustia y me coloca de un salto entre mis padres. Le temo a los aviones. &lt;br /&gt;Por esos días, un avión espía había sobrevolado el territorio nacional y el país estaba en pie de guerra. En los domingos de la defensa tirábamos falsas granadas y avanzábamos por la hierba, arrastrados y felices. La defensa de la patria era, en ese instante, solo la libertad de correr al aire libre y untar los cuerpos con barro. Pero por las noches, la defensa de la patria se volvía pesadilla, temor a vivir las escenas con que nos bombardean en el noticiero, a convertirnos en los otros. El otro siempre era -es- o el niño famélico de África -el niño que seríamos si el enemigo destruyera la Revolución-, o los cuerpos ensangrentados y moribundos por los conflictos armados.    &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El país se llenó de refugios. Mi padre tuvo que dejar las aulas por unos meses y  convertirse en topo, ciego cavador de túneles. Eso decía y todos reían el supuesto chiste mientras yo imaginaba un extraño ratón humano con la cara de mi padre. Cuando volvía a casa en su forma humana me enseñaba sus manos encallecidas, sus cicatrices, sus uñas negras de tierra (y a lo mejor pensaba que cavaba con sus propias manos transformadas en pezuñas). El país era una inmensa tumba y los adultos colaboraban para que los huecos se hicieran a tiempo, para que cuando la sirena sonara y los aviones cortaran el aire, pudiéramos escondernos bajo tierra y simular un país vacío. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de tantos años mi marido se despierta sobresaltado algunas noches. Alguien le da el “de pie” a gritos, alguien lo tumba de la cama y le dice que es un mal soldado. Su pesadilla es otra; es la huella del servicio  militar. Mi insomnio recuerda, sin embargo, las noches en que oía sirenas y en que corría a enterrarme en el vientre de la isla, que era, en aquel momento, el intestino agitado de la Patria.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-4036041144685826618?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/4036041144685826618/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/tengo-nueve-anos.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4036041144685826618'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/4036041144685826618'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/tengo-nueve-anos.html' title='[3] Tengo nueve años...'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_Eoaj5Y8yI/AAAAAAAAABg/iovHQ8V1NhQ/s72-c/DSC01974.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-8547989544547397004</id><published>2010-05-15T00:56:00.002+02:00</published><updated>2010-10-27T00:35:05.431+02:00</updated><title type='text'>[2] Nombrando las cosas</title><content type='html'>…Y Dios entró a mi vida, quiero decir, oí por primera vez la expresión Dios cuando la primera amiga del colegio me dirigió su palabra. Mi encuentro con alguien ajeno a mi familia, el primer rostro que recuerdo cuando intento ponerle un perfil a la palabra amigo, es el de esa chica. Y coincide milagrosamente con mi primer encuentro con la Trascendencia. No es de extrañar esta ignorancia a los 6 años viviendo en un país en el que la religión católica -y todas las demás- se practicaban en la culpabilidad silenciosa de las casas, y los templos eran como alucinaciones de paseantes estólidos que los veían cada día al caminar por la ciudad pero, como los engaños del desierto, sabían que no pertenecían al entramado citadino, que existían justamente para ser negados y continuar la travesía. En mi casa toda imagen, toda idea, toda minúscula referencia al pasado religioso fue abolida. Ya adulta, encontré una edición de la Biblia, de finas páginas con reborde dorado, dedicada por mi abuelo a su reciente esposa, y a través de esas palabras pude reconstruir su dolor por la renuncia a Dios, ese miembro amputado necesariamente, después del 59, para que sobreviviese la familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amiga rezaba en silencio por cosas simples: castigos levantados, madre comprensiva, clase sin deberes; me enseñó a persignarme, a desear lo improbable y sobre todo a ocultar cualquier señal de lo aprendido. Me recuerdo encerrada en el baño de la escuela pidiéndole a ese Dios de mi amiga que mi amiga regresase al colegio, después que la dirección decidiera que no podía continuar contagiando con el virus de dios al resto de niños sanos. Pero esto sucedió después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes me había pedido que entrelazáramos las manos y rogáramos por su padre que estaba preso. Lo dijo con una paradoja que debí consultar con mi familia, algo así como: “está preso por la libertad”, o “su cabeza está libre aunque su cuerpo esté prisionero”. Antes, mi amiga se volvió sospechosa con sus secretos de dioses y padres extraños con cuerpos fragmentados; y mi madre debió ir al colegio a indagar por el origen de mis preguntas. Antes yo hice mi primer soplo, mi primer chivatazo, mi primera delación política en toda regla, y como somos un recipiente de culpas que nos pasamos la vida intentando vaciar, justo escribiendo esto descubro que la palabra traición está ligada al nombre de mi amiga y al extraño perfil de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de que mi madre fuera al colegio, la profesora nos dio una lección que no esperábamos para ese día. Recuerdo su fanatismo como si se tratase de una posesa repitiendo lo que un muerto le dictase -eso lo supe después, cuando de adulta fui a toques de santos. En aquel momento solo escuché el timbre de una voz que no me era familiar y que usaba palabras ¿presas?, mientras su cuerpo en peligrosa libertad daba golpes en la mesa. Recuerdo enunciados sueltos: ¡no podíamos pisar una iglesia: ni siquiera el césped colindante con la acera, ni siquiera entrar al jardín, ni siquiera… ¡Debíamos cruzar la calle y mirar al frente! Supongo que haya construido sentencias a la manera de los poemas kitsch comunistas para decirnos que la Verdad, el Camino y el Caminante, la Trinidad y las &lt;em&gt;Cinco virtudes del pájaro solitario&lt;/em&gt; (como diría San Juan de la Cruz), eran en definitiva UNA: la mezcla de Historia, Revolución, País, Socialismo y Fidel. Agregó que la religión era &lt;em&gt;el opio de los pueblos&lt;/em&gt; (juro que no supe el significado de la palabra 'opio' hasta por lo menos 10 años después, cuando satanizando a un escritor simbolista otro preceptor habló de oscuras prácticas derivadas de la droga: aun así, y lo confieso, la frase me pareció hermosa como para recordarla: seguramente interpreté algo muy distinto a lo que me estaban diciendo), y por último, hizo poner de pie a mi amiga para que repitiese en voz alta: DIOS NO EXISTE.&lt;br /&gt;Justo escribiendo esto descubro que la palabra valor tiene también el perfil de mi amiga.&lt;br /&gt;Nunca más volví a verla. Mis rezos en el baño no surtieron efectos y su rostro de palabras nuevas desapareció. Poco después sería, además, la primera persona en llamarse exilio sin despedida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-8547989544547397004?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/8547989544547397004/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/y-dios-entro-mi-vida-quiero-decir-oi.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8547989544547397004'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/8547989544547397004'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/y-dios-entro-mi-vida-quiero-decir-oi.html' title='[2] Nombrando las cosas'/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3746991639014156697.post-1762346239108778364</id><published>2010-05-14T23:39:00.008+02:00</published><updated>2010-05-23T12:40:27.581+02:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_EhQTf-ATI/AAAAAAAAABQ/zAO10VGFzA0/s1600/DSC01979.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_EhQTf-ATI/AAAAAAAAABQ/zAO10VGFzA0/s320/DSC01979.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5472191586227847474" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt; [1] Repaso mis ires y venires, mis reencuentros y desencuentros con el sitio en el que nací; esa demarcación geográfica que te hace hablar, pensar, sentir -y creer que hablas, piensas y sientes- de una manera particular. Curiosamente, tratando de recordar el fragmento de vida más lejano, aparecen las figuras prodigiosas del suelo de mi casa. Las formas y colores del enlosado de los años cincuenta; las luces verdes y amarillas de los cristales que presidían las puertas y que reflejaban su vitalidad sobre el piso y los muebles. Recuerdo una atmósfera, un estado de cosas detenido en el tiempo, como si fuese el inicio de un sueño. Mi abuelo en su sillón de siempre, en su duermevela sempiterna; yo sentada al piano, tocando una misma nota sin cesar (tengo sólo tres años) y la casa inmensa, vacía (mis padres en el trabajo; mi hermano en la beca) era una extensión solidaria en la que vivir era un placer.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;En aquel entonces jugaba a colonizar espacios, municipios y provincias aún no nombradas; a descubrir gavetas cerradas, a frecuentar el escaparate del abuelo en el que veía objetos demasiado extraños como para pertenecer a un hombre atado a un sillón: cables, piezas de un armatoste raro -¿un radio deshecho?- huellas desconocidas de la juventud de un ingeniero en telecomunicaciones. En el fondo del armario de mi abuela, escondida, perdida para siempre, descubrí una lámina extraña que no recuerdo qué sentido pude haberle dado con tres años. Sólo sé que durante mucho tiempo me escabullía para contemplarla, con arrobo y terror. Era una placa de rayos x de cabeza. ¿Suya?, ¿de sus hijos?, ¿de quién? Nunca lo supe. ¿Mi primer encuentro con la muerte, o con la irrealidad? ¿La primera puerta a la tristeza, o al exilio del cuerpo…? ¿Acaso sería esta extraña contemplación mi estadio del espejo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Tenía un columpio en el portal, y me mecía en él como si fuese un barco. Lo paraba, me bajaba, recorría el portal y decía: esta es la tierra más hermosa del mundo -versión infantil de la frase de Colón que tanto solía repetirse en cualquier sitio. Las doctrinas ya había entrado en mi cabeza sin saberlo, pero yo aún era la fundadora de una casa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ese estado inicial de la infancia en el que un país es una casa, regreso muchas veces, ya hoy, cuando soy yo la que construyo la atmósfera en la que quiero vivir.&lt;br /&gt;Claro que pronto descubrí que el país entraba delirante a la casa; que era el dueño, el huésped que nunca se iba y que, a la vez, nunca anunciaba quedarse, mientras vivíamos como si su presencia no fuese molesta. Solo en la adultez comprendí algo tan simple como el esfuerzo de mi padre para que el huésped no llegara a tomar del todo la casa y, a la vez, su secreta lucha interior para que nosotros creyéramos que se trataba de algo natural: que un país es la prolongación de un hogar; que una ideología, una forma de gobierno, una retahíla de símbolos, metáforas y consignas es la realidad misma; que un jefe de estado es el Padre de familia y que una familia -cualquiera que fuese- era el extracto, la síntesis -breve sinopsis para noticiarios- de la Nación. Mi padre calló su tristeza toda la vida, aún hoy, cuando lo veo ir con una botella vacía, sucia y pegajosa a buscar en el cambalache del barrio un poco de aceite para que mi madre cocine. Sus hijos aprendieron a amar a ese otro padre impuesto, a esos hermanos adoptivos tan iguales con los que se convivía desde la infancia -en las duchas, los matutinos, las aulas, los actos, las histerias colectivas, los amores- hasta que descubrieron la trampa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Repaso mis ires y venires y trato de comer el recuerdo delicioso de unos plátanos fritos que mi madre acaba de hacer; trato de oler el recuerdo de aquellos almuerzos sencillos; de tocar el recuerdo de mi mano acariciando el pelo de mi madre, agradeciéndole la mesa servida a pesar de la tristeza por su familia errante. Y el recuerdo viene a mí como un gato obediente, adiestrado en los años de exilio; viene a mí para acurrucarse a mi lado y hacerme recordar que, a veces, mientras construyo la atmósfera en la que quiero vivir, la casa de la infancia es lo único que puedo evocar de un país. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3746991639014156697-1762346239108778364?l=losdiasnovolveran.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/feeds/1762346239108778364/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/repaso-mis-ires-y-venires-mis.html#comment-form' title='15 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1762346239108778364'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3746991639014156697/posts/default/1762346239108778364'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://losdiasnovolveran.blogspot.com/2010/05/repaso-mis-ires-y-venires-mis.html' title=''/><author><name>Mirta Suquet (1975)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18095758072509345100</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z5TO2M0qTjY/S_EhQTf-ATI/AAAAAAAAABQ/zAO10VGFzA0/s72-c/DSC01979.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry></feed>
